Salvando a “Cachetes”

Silvia GONZALEZ ROMERO (*)

Mes del amor

Puedo decir que fue amor a primera vista. Apenas noté su presencia en el porche de mi casa, mi corazón latió con emoción y aunque no alcancé a verle la cara pude percibir su belleza escondida en esa flacura tan pronunciada.

Llegaba a mi casa cómo a las 7:30 p.m. y al meter el coche al garaje lo vi echado encima del tapete para limpiar los zapatos, y de momento pensé que podía estar lastimado porque vivo en una avenida muy transitada y suelen ocurrir accidentes.

Para no asustarlo entré a mi casa por una puerta lateral y ya desde adentro lo observé, estaba flaquísimo, pero tenía unos ojos preciosos y unos cachetes pronunciados que le daban mucha personalidad; afortunadamente no tenía heridas así que le preparé dos cazuelas, una con agua y otra con croquetas y con cuidado me acerqué y se las puse. Me metí de nuevo y por el cristal lo observé ponerse de pie con trabajo ya que su grado de desnutrición era muy alto y primero se bebió toda el agua, luego comió algunas croquetas; se notaba que no sabía qué eran y volvió a echarse.

Era una de esas noches muy frías de enero, le saqué una cobija de mis perros y se la puse en un lugar de la terraza con menos vientos cruzados. Pasado un rato vi que se fue a acostar sobre la cobija. En ese momento pude ver mejor su carita, sus ojos eran café claro y su cola estaba cortada, me pareció un precioso perro mestizo, de la calle, decidí que si se quedaba su nombre sería: “Cachetes”.

Por la hora, no pude obtener el servicio de la veterinaria, pero quedé con ellos que si en la mañana todavía estaba en mi terraza, les llamaría y ellos vendrían por él para checarlo, bañarlo, desparasitarlo y vacunarlo. Me advirtió la doctora que si al intentar ponerle el collar tiraba a morder no iban a poder llevárselo. En ese momento lo único que pude hacer fue cerrar la reja de la casa para que no se fuera, pero estaba tan flaco que seguramente pasaría entre los barrotes si lo intentaba, y encomendárselo a Dios.

A media noche oí ladrar a “Nena”, mi preciosa perra mestiza que me cuida con la ferocidad de una tigresa y me ama con el corazón de una leona, me despertó y pensé que esos feroces rugidos podían asustar a “Cachetes”; decidí asomarme a ver si estaba todavía y tristemente ya no estaba. Me volví a acostar sintiendo pena por él.

Tempranito, como todos los días, bajé las escaleras para sacar al patio a mis perritos chihuahuas y me asomé a ver si de casualidad estaba “Cachetitos” y con la sorpresa de que ¡sí! se encontraba echado en la cobija azul. Con ayuda de mi asistente que llegó en ese momento lo fui atrayendo con comida hasta lograr ponerlo seguro y al poco rato vinieron para llevárselo a bañar, afortunadamente no opuso resistencia, se mostró manso.

Ya tiene más de tres semanas conmigo. Va ganando peso y es muy cariñoso, agradecido, efusivo, inteligente y un excelente guardián. Mis otros perros lo van aceptando y ya todos ladran en equipo. Ya comencé el proceso de juntarlo con la “Nena” y será su compañero.

La vida es sorprendente. Ese día sin duda le cambió la suerte a “Cachetes” y a mí también. Las historias de amor son tan diversas y ésta sin duda es una de ellas, hay muchas clases de amor que también hay que celebrar en este mes.

No conozco amor más incondicional que el de mis perros. Me aman, me cuidan, me acompañan, me divierten y no les importa si estoy despeinada, en fachas, ellos me miran cómo si vieran a la mejor y más bella persona del mundo.- Mérida, Yucatán.

[email protected]

—–

*) Presidenta de Voces de Prevención




Volver arriba