Reforma energética y sociedad

Antonio Salgado Borge (*)

Ballena azul

Mientras no logremos corregir los conceptos, no será posible que obremos sobre el medio físico en tal forma que lo hagamos servir a nuestro propósito -José Vasconcelos, filósofo mexicano
 

Siendo el mamífero más grande sobre este planeta, la ballena azul es un blanco relativamente sencillo para su principal depredador: el ser humano. Es precisamente debido a su monumental tamaño que este cetáceo no necesitó desarrollar las defensas requeridas para repeler las agresiones que le infligen quienes, por una u otra razón, buscan medrar con su muerte.

Pocos se han atrevido a poner en duda la necesidad de reformar un sector energético nacional arcaico y anquilosado; pero la combinación entre los modos seguidos en este proceso de reforma y la naturaleza de los cambios implicados en el mismo dejan un tufo cuyo hedor es reconocible para quienes estamos familiarizados con una historia plagada de atracos, de entreguismos y de imposiciones. Me parece que, si pretendemos cambiar el guión de esta narrativa, es necesario entender las condiciones que permiten que una y otra vez se tomen decisiones a espaldas de los ciudadanos.

La primera capa con la que nos topamos en este proceso analítico es la apatía o indiferencia que nuestra sociedad suele exhibir ante los asuntos de interés público. Y es que, acorde con las altas horas de la madrugada en que se legisló, y a pesar de que se trata de un asunto de trascendental importancia para la definición del futuro de este país, la reforma energética aprobada en la Cámara de Diputados el 12 de diciembre de este año ha pasado de noche para un importante número de mexicanos.

Con la mayoría de la población alienada es fácil entender que se nos den, sin empacho, explicaciones a todas luces inverosímiles o aporéticas, sin que exista indignación o consecuencia alguna: la niña Paulette, reportada como desaparecida, murió asfixiada en un espacio entre la cabecera y el colchón de su cama sin que nadie se percatara de ello durante varios días; la activista veracruzana Digna Ochoa “se suicidó” en 2001 dándose tres disparos; conocidos personajes de la política mexicana continúan libres y en activo, cuando diversas grabaciones registran sus explícitos actos de corrupción o componendas criminales…

Esta misma lógica, que se caracteriza paradójicamente por su aparente ausencia de lógica, impregna todo el proceso seguido por la reforma energética. El PRI es capaz de impulsar y de defender públicamente una propuesta que hace apenas unos cuantos años, cuando estaba en la oposición, rechazó calificándola de privatizadora; se nos pide que confiemos en los beneficios de la privatización y se nos dice en la publicidad oficial que con la Reforma Energética “el cafecito nos sabrá mejor cuando veamos que pagaremos menos por el gas”, cuando tenemos un carillón de experiencias recientes que apuntan en el sentido contrario o se entrega discrecionalmente la explotación de gas shale a mineras acusadas de actividades ilegales en áreas protegidas y sagradas para comunidades indígenas.

El abanico de posibles causas para la inacción de la sociedad mexicana es muy amplio. Es fácil entender que un individuo cuya vida transcurre en condiciones de miseria material difícilmente podrá acceder a medios de comunicación diferentes a la enajenante televisión abierta o a aquellas herramientas intelectuales que, sólo ejercitables en el tiempo de ocio, son requisito indispensable para razonar sobre asuntos que van más allá de la solución de necesidades básicas. Debido a sus condiciones materiales, en términos relativos, la mayoría de los mexicanos se encuentra en este segmento.

Mucho más complejo resulta entender qué lleva a millones de seres humanos, aquellos que sí cuentan con las condiciones necesarias para interesarse en la cosa pública, a pasar de largo ante temas que, paradójicamente, terminarán teniendo un impacto significativo en sus vidas. Sin duda un importante factor es lo que la filósofa Martha Nussbaum ha calificado en su libro “Sin fines de lucro” (Katz, 2010) como una “educación para la renta”. Al estar orientada a producir ganancias económicas, este tipo de educación fetichiza la vida de consumo paliando la humana necesidad de disfrute mediante formas de entretenimiento irreflexivas por las que usualmente también es necesario pagar.

Así, la adquisición de la más reciente versión de un producto para satisfacer un deseo -con disfraz de necesidad- o un triunfo de la Selección Mexicana -un producto propiedad de una empresa privada tan nacional como Televisa- pueden convertirse en asuntos de mucho mayor importancia que el desarrollo personal o la falta de garantías detrás de la entrega de nuestras reservas de energía no renovable a particulares.

Es por ello que Nussbaum postula la necesidad de constituir un modelo educativo en el que ocupen un papel central las humanidades y las artes. Éstas son la base para la constitución de la autodeterminación, el pensamiento crítico, la reflexión sobre asuntos políticos, el interés en los otros y la concepción del bien común de la nación como un todo; elementos centrales en una democracia auténticamente humana.

Es evidente que la magnitud de la problemática descrita rebasa el ámbito de una reforma específica. Y es que, mientras las mayorías no sean plenamente conscientes de su enorme tamaño y de su potencial fuerza, es altamente probable que continuemos surcando las mismas aguas; inermes ante aquellos pequeños depredadores que insistimos en ignorar.- Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*) Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor de la Universidad Marista




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