¿Quién soy y para qué estoy aquí?

Gabriela Soberanis Madrid (*)

Conocerse de verdad a uno mismo no es otra cosa que oír de Dios lo que Él piensa de nosotros… San Agustín

 

No existe una sola persona en este mundo que no experimente una cierta inquietud en su interior. Quizás esa inquietud venga en forma de desasosiego o se exprese en forma de intuición de que algo nos falta. Tal vez no podamos precisar qué es exactamente, pero sabemos que está presente la necesidad de algo que no tenemos.

Poseemos cualquier cantidad de ideas sobre lo que creemos que necesitamos y otras muchas sobre la forma en que podemos atender esas necesidades: desde una mejor relación con otros (familia, pareja, amigos), pasando por aspiraciones de índole personal (incrementar nuestros conocimientos en algún área o tener un mejor trabajo) hasta llegar a los deseos que tienen que ver con las posesiones físicas (como una casa o un coche determinados).

Hemos cultivado la falsa idea de que si llegamos a tener tal o cual cosa esto permitirá que desaparezca la zozobra indeterminada, la sensación de carencia. Pero la experiencia nos muestra que nada de lo que podamos adquirir o llegar a ser que venga de afuera nos hará sentir mejor durante mucho tiempo. Lo cierto es que una nueva relación puede ser maravillosa, pero en poco tiempo nos damos cuenta que no nos llenará completamente en la forma en que esperábamos. El auto que queríamos y que por fin conseguimos, es solamente un paliativo temporal. El nuevo puesto en nuestro trabajo trajo grandes satisfacciones… nuevamente, momentáneas. Evidentemente no hay nada que llene ese vacío de forma permanente. Entonces ¿qué es lo que buscamos realmente?

Se nos ha enseñado que la calidad de nuestra vida incrementará en la medida en que mejore nuestra fortuna externa – y no me malinterpreten, los bienes materiales y el reconocimiento sin duda son valiosos, pero no suplen las necesidades más profundas de nuestra alma – . Esta fórmula parece haber fallado desde hace mucho tiempo. Solo mira a tu alrededor ¿cuánta gente realmente feliz conoces?

Por eso tenemos que detenernos y cuestionarnos lo que estamos buscando y saber si podemos recuperar la capacidad de vivir vidas más significativas y gratificantes. Si nos damos oportunidad de reflexionar comprenderemos que lo que realmente anhela nuestro corazón es saber quiénes somos y para qué estamos aquí.

La realidad es que muy pocas cosas en nuestra sociedad y, en el mundo en general, nos motivan a buscar la respuesta a las interrogantes planteadas anteriormente y que son fundamentales en nuestra vida. Digámoslo así: ¿Quién soy? Y ¿Para qué estoy aquí? son las preguntas más importantes y las únicas que necesitamos contestar para vivir una vida con sentido y, sin duda, que debemos responder antes de partir de este mundo físico.

En mi práctica como Coach de Vida innumerables veces me topo con la gran interrogante de las personas ¿Qué supone ser yo mismo (a)? Y como he mencionado anteriormente, sabemos de forma intuitiva que no puede haber nada más importante que “ser nosotros mismos”, pero al mismo tiempo, no sabemos con precisión lo que eso significa.

Si te apasionan como a mi los libros de desarrollo personal, habrás notado que muchos de ellos abordan de forma conmovedora la necesidad que existe en todos los seres humanos de convertirnos en las personas que deseamos ser y que de hecho, ya somos.

Reconocen la importancia de obrar transformaciones en el exterior, a partir de un trabajo interior. Y muchos de ellos nos apoyan en esta búsqueda con preguntas poderosas: ¿Sé por qué me comporto como lo hago?, ¿Sé cuáles de mis creencias me ayudan y cuáles me limitan?, ¿Conozco mi verdadera motivación en la vida?, ¿Qué necesidades tengo?, ¿Cuáles son mis miedos?, ¿Cuáles son mis talentos y mis capacidades para afrontar las diferentes situaciones de la vida?, etc.

Si bien las respuestas a estas interrogantes son de suprema importancia para iniciar el camino del autoconocimiento, solo son un conjunto de señales que nos permitirán seguir descubriendo -como quien pela las capas de una cebolla – quiénes somos. La cuestión es que la pregunta esencial ¿quién soy?, seguirá en el aire. Y no queremos señales. Queremos saber lo que somos y queremos saberlo con certeza.

Si es verdad que siendo nosotros mismos, expresándonos desde nuestro más auténtico ser vamos a alcanzar la plenitud y con ello la felicidad ¿qué pasa?

Me parece que hemos hecho más complejo de lo que es, el camino de nuestro autoconocimiento. Hemos llegado a creer que se trata de un recorrido con tintes esotéricos. Reservado a unos pocos: los que quieren entrar a esa “aventura desconocida” y, los que quieren aventurarse a un recorrido “sin sentido”.

Los cierto al caso es que nuestras almas desean ser libres. Y seremos libres cuando nos despojemos de lo que no somos. Entonces la pregunta es ¿Qué no eres? No eres culpa, ni hostilidad. No eres resentimiento, ni orgullo. No eres quejas, ni celos. No eres dolor, ni angustia. Eso no es lo que eres. Si tienes la bendición de ver a un bebé recién nacido, te darás cuenta que no es nada de eso. Los seres humanos venimos inmaculados. Llenos de bendiciones y grandeza que, lamentablemente, perdemos en el camino.

Es muy sencillo descubrir quién eres. Eres lo que todo ser humano es en el momento que llega a este mundo: unidad, comprensión, amistad, perdón, amor, gratitud, felicidad mutua…

Lo que nos resta es reconocerlo y vivir a la altura de estas cualidades. Dejemos que nuestras almas vuelen alto, abramos nuestros corazones a esta gran verdad: somos todo lo bueno que existe en este mundo. Perdamos el miedo a estrellamos contra el miedo, los hábitos insanos o la falta de conocimiento porque siempre tenemos la oportunidad de volver a empezar y de convertirnos en quienes realmente somos.

Y eso que eres, es justamente para lo que has venido a este mundo: para amar, para perdonar, para agradecer, para comprender, para ser uno con los demás, para ser feliz…

 

(*) Dirección General Enfoque Integral (Consultoría, Capacitación y Coaching)




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