¿Qué buscas?

Richard L. Clifford (*)

El toque humano

Entre los excelentísimos maestros que fue mi bendición tener a través de muchos años de estudio hoy me viene a la mente la figura de un amable sacerdote de la universidad que nos encantaba con sus interesantes clases.

Confesor, consejero y amigo personal, al padre Pablo le gustaba desafiarnos con esa inquietante pregunta de San Benito: “¿Quid inde?”.

Literalmente: “¿Qué hay después?”. ¿Cuál es el fin de tus estudios y esfuerzos, anhelos y ansiedades? ¿Cuál es tu meta, ideal, estrella inalcanzable que persigues? ¿Qué es lo que da inspiración e incentivo a tus desvelos y dedicaciones? En otras palabras, ¿qué buscas?

Todos andamos en la búsqueda de aquello que pueda complementar y satisfacer nuestras aspiraciones, dando razón y recompensa a nuestros esfuerzos.

Una decidida, definitiva respuesta a la pregunta del Señor (y de San Benito) es la que da chispa a nuestro compromiso y convicción, sirviendo de brújula para guiar nuestros pasos hacia adelante contra cualquier viento adverso que nos pretenda mover de un lado a otro.

Una vez que perdemos el sentido de nuestra vida y la manera de darle un verdadero valor -dispuestos a enfrentarnos a sus demandas y desafíos- comenzamos a ser indiferentes, indecisos o aun infieles a nosotros mismos y a nuestro compromiso libremente aceptado. En este instante -seamos padres de familia, estudiantes, políticos, religiosos, amantes del arte o la cultura- no sabemos lo que estamos buscando.

Ahora bien, variados son los objetivos que nos pueden convencer: poder y posición, fama y fortuna, una familia bien unida, un armonioso matrimonio, un trabajo bien realizado y remunerado, una carrera feliz y formativa, una vocación de dedicado servicio a los demás, una desinteresada entrega a todo aquello que promueve el bien y el bienestar, una vida digna y ejemplar.

Más de 60 años han pasado ya desde aquellos momentos placenteros y provechosos que me ofrecieron la amable compañía y las acertadas enseñanzas del querido, inolvidable maestro padre Pablo. Afortunadamente, el correr de los años sólo sirve para inmortalizar el recuerdo de su complacida, convincente manera de guiar nuestro esfuerzo y entusiasmo.

Constantemente oigo la voz del padre Pablo insistiendo en que a cada momento debemos estar preparados para dar una absoluta, resonante respuesta a aquella penetrante pregunta que -en dos sencillas palabras- resume el contenido y la convicción de nuestros anhelos y ansiedades. Con insistencia, pero suave, serena y sentidamente, me acompaña su meditativa interrogante: “¿Quid inde?”, “¿Qué buscas?”.- Nueva York, Nueva York.

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*) Misionero de Maryknoll, presbítero católico




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