Por una pionera de lo posible

Denise Dresser (*)

Día de celebrar

Hoy, día de celebrar a mujeres de peso. De significado. Con vidas que trascienden y llenan de luz y van abriendo brechas y van proveyendo respuestas. Que comparten ideas, esperanzas, causas y hasta los miedos. Como mi amiga Lydia Cacho, a quien le dedico estas palabras, con admiración, con amor, con el apoyo incondicional que le envío dondequiera que esté. Lydia Cacho, periodista, defensora de los derechos humanos, luchadora ejemplar, víctima —una y otra vez— de la podredumbre que no logramos erradicar del país. Y a pesar de ello, la sonrisa franca, la solidaridad continua, la espada desenvainada, la lucha inacabada, el despertar cotidiano para volver a empezar.

Y no lo reconocemos lo suficiente. No lo aplaudimos lo suficiente. Somos una tribu de mezquindades y envidias y descalificaciones y críticas. Por ello la necesidad y el imperativo de reconocer —entre los secuestros y la economía entrampada y la impunidad garantizada— a alguien que se lo merece. Alguien que ha tenido el valor de decir que México es un país de pederastas y de políticos que los protegen.

Alguien que ha tenido la integridad de decir que el emperador está desnudo. Alguien que ha tenido la fortaleza interna para no callar, para no voltear la mirada, para no darse por vencida, aun cuando la Suprema Corte la dejó desamparada. Le doy las gracias por no perder su espíritu combativo a pesar de las amenazas. A pesar de las pérdidas. A pesar de haber sido arrestada y encarcelada sin el debido proceso. A pesar de haber sido obligada —ante la falta de protección de las autoridades— a irse del país. A pesar de lo que tercamente no cambia.

La realidad de redes de pedófilos encontrando autoridades que las esconden. La realidad de millones de mujeres víctimas de la violencia doméstica y la depredación sexual, con los ojos amoratados y la sonrisa apagada y la vida arruinada. La realidad detallada en sus libros “Los Demonios del Edén” y “Esclavas del Poder: la explotación con fines comerciales del sexo, permitida por la clase política”. Las 16 referencias a Emilio Gamboa Patrón. Las 27 menciones a Miguel Ángel Yunes en su obra. Y ante ello gobiernos sucesivos que jamás han actuado. Jamás han investigado. Jamás han levantado un dedo para detener el crecimiento del tráfico sexual de mujeres y niños a lo largo del país. Para combatir un negocio multimillonario al cual México contribuye de manera ascendente. Para frenar lo que el columnista de “The New York Times”, Nicholas Kristoff, describe como una plaga mundial; un fenómeno que involucra a más mujeres y niñas que a todos aquellos víctimas del tráfico humano durante los tiempos de la esclavitud. Cifras más grandes ahora que entonces.

Revelando que México sigue siendo un lugar en el cual las mujeres todavía tienen que pelear para que su gobierno las reconozca como seres humanos. Seres humanos como Lydia que despliegan el heroísmo de la indignación. Que en lugar de resignarse ante la realidad de la pornografía infantil, decide exponerla. Que en lugar de retirarse, o protegerse o callarse ha escrito crónicas desgarradoras de lo que ocurre tras puertas cerradas, en condominios por todo Cancún, con la complicidad de gobiernos locales y la protección de políticos federales. Chiquillas violadas y chiquillos acosados. Una niña de cuatro años forzada a tener relaciones sexuales con su hermano, mientras alguien graba aquéllo que han sido obligados a hacer. Menores de edad vendidos al mejor postor por sus padres y comprados por pederastas impunes. Allí, lo que muchos quisieran negar y muchos harían cualquier cosa —entablar demandas, promover juicios, secuestrar, acosar, amenazar— por tratar de esconder. Allí, retratado en página tras página, en columna tras columna: un México que las reformas no alcanzan a tocar. O encarar. O reconocer siquiera.

Por eso el aplauso a quienes sí reconocen, sí entienden, sí están dispuestos a narrar. A quienes —como Lydia— ayudan a combatir la desigualdad, y la violencia y la arbitrariedad, dondequiera que se encuentren. A quienes —como Lydia— generosamente usan su tiempo, y sus ganas, y su energía y su voz para alzarla en nombre de quienes no tienen poder, pero deberían tenerlo. A quienes van cuidando a otros y a otras en el trayecto. Anaís Nin escribió que “la vida se contrae o se expande en función de nuestra valentía”. Celebremos entonces la vida expansiva, valiente, vibrante, importante de Lydia Cacho. Celebremos que existe, piensa, escribe. Yo alzo la copa en su nombre para que sepa que aquí estoy. Para que sepa que aquí estamos.— México, D.F.
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*) Académica y analista política




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