Origen de la nacionalidad

Adriano Wong Romero (*)

La Virgen de Guadalupe

Para el pueblo de México la fe católica no es solamente un valor religioso heredado, sino un elemento constitutivo de su identidad nacional. En efecto, antes de la conquista española México no existía como nación; era una variedad de tribus belicosas dispersas por la vasta extensión de su territorio. No había un víncu- lo capaz de unificar aquellas piezas disímiles para integrarlas en un conjunto orgánico.

En el siglo XVI los conquistadores, al apoderarse de los vencidos, transfirieron las formas occidentales sobre los vestigios de las culturas autóctonas. Así, los horrendos sacrificios humanos fueron reemplazados por los ritos incruentos de la liturgia católica. Tras las sombras de los ídolos inertes despuntó la aurora de la civilización cristiana.

Nada niega que el proceso de transculturación haya sido un fenómeno en muchos aspectos injustificado y violento. Naturalmente, como todo proceso histórico, tuvo consecuencias positivas y negativas, aunque no siempre enjuiciadas imparcialmente, con serena objetividad.

De la fusión de la raza hispana con la indígena surge el mestizaje como una apretada síntesis en la que se combinan la arrogancia imperial del conquistador y la sumisión traumática del indio vencido. No sin razón se ha dicho que México nació de España como emerge un hijo del vientre de su madre, porque España le transfundió su sangre y su espíritu. De España heredamos la lengua de Castilla, la cultura de occidente, la riqueza étnica de los iberos, las instituciones de la vida colonial y, entres éstas, la religión católica.

Frailes fueron los primeros evangelizadores de la Nueva España, que adentrándose en la psicología de las razas aborígenes compartían sus angustias y sus legítimos anhelos de redención social. Y no se limitaron a enseñar las verdades del Evangelio. Inspirados en éste, formaron en los nativos una nueva conciencia de su dignidad de personas, los enseñaban a leer y escribir, y los adiestraron en diversos oficios, artes populares y pequeñas industrias.

Sin embargo, la sociedad colonial no dejaba de ser injusta y opresiva. Por eso, como defensores de la clase oprimida, los religiosos no cesaban de clamar ante la Corona de España denunciando el trato cruel e inhumano que las encomiendas daban a los indios. ¿Quién no recuerda con admiración a los frailes como Bartolomé de las Casas, Antonio Montecasino, Julián Garcés, D. Vasco de Quiroga, Fray Juan de Zumárraga, Fray Pedro de Gante, Fray Toribio de Benavente?

Por otra parte, en el corazón abatido del indio abandonado de sus dioses quedaba un profundo vacío que sólo la fe cristiana podía llenar. Esa fe en un solo Dios, Creador del universo y Padre de todos los hombres que por amor envía a su Hijo para salvar al mundo, traía consigo una nueva visión del hombre, del mundo, de la vida y de la muerte. Todo era un mensaje de amor, consuelo y esperanza. Pero más que un bálsamo reconfortante, la religión católica se constituye en el centro de la vida colonial.

Con la Iglesia Católica, las instituciones más sólidas, la Monarquía y el Ejército, constituyen un sistema orgánico y coherente. En torno a esta Iglesia gira toda la vida institucional del país y así se van integrando las estructuras básicas de la nación durante los dos primeros siglos de la Colonia. De este modo la conquista y la colonización nos dieron las instituciones fundamentales de la unidad nacional.

Pero donde la fe católica se manifiesta de un modo peculiar es en la tierna devoción del mexicano a la Virgen de Guadalupe. A raíz del relato de las apariciones, aquella imagen singularmente bella, de rostro hispano-indígena es admirada, reconocida y venerada por blancos e indios. Y es un hecho que a medida en que esa devoción se difundía entre las tribus indígenas y se convertían éstas al cristianismo, se iba formando la conciencia social del México-Nación, como ser distinto de España.

La fe católica actúa allí como poderoso vínculo de unidad y cohesión, y se transforma en alma colectiva del México naciente. De esta suerte el catolicismo colonial no fue simple estrato superpuesto a las culturas prehispánicas, sino origen, esencia y vida de la nación mexicana.

Un eximio soldado de Cortés, Bernal Díaz del Castillo, refiere admirado: “Y miren la santa Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe que está en lo de Tepeaquilla, donde solía estar sentado el real de Sandoval cuando tomamos a México, y miren los milagros que ha hecho y hace cada día y démosle gracias a Dios y a su bendita Madre Nuestra Señora y loor por ello” (Historial verdadera de la Conquista de la Nueva España, Cap. 210). Ya es de suponer la reacción popular ante el relato de las apariciones guadalupanas.

En 1556, el señor Arzobispo Montufar levantó una información oficial sobre el sermón guadalupano del P. Bustamante y en ella señala a un testigo fidedigno que dice: “La gran devoción que toda la ciudad ha tomado a esta bendita imagen, y los indios también y cómo van descalzas señoras principales y muy regaladas, y a pie con sus bordones en las manos, a visitar y encomendar a Nuestra Señora, y desto los naturales han recibido grande ejemplo y siguen lo mismo”. Ya desde entonces la devoción guadalupana va uniendo a blancos e indios.

Como acertadamente observa Alfonso Junco: “Así, a lo largo de los tres siglos del virreinato, el ayate es el imán de indígenas y españoles, inspira el mestizaje de los cuerpos y almas, unifica la nacionalidad, recoge y aprieta el plebiscito de México” (El milagro de las rosas).

Nemesio García Naranjo, en un artículo laudatorio a la Virgen de Guadalupe publicado en Monterrey en 1959, enfatiza: “Desde 1810, no se puede ser mexicano y al mismo tiempo mirar con indiferencia al primer símbolo de nuestra emancipación. A raíz de la conquista, la Madre de Dios se apareció al más insignificante y pobrecito de la Raza derrotada; y 300 años después se acogió a ella el primero de nuestros libertadores…”.

Por razones de brevedad, omitimos otros testimonios no menos valiosos para confirmar la misma verdad.- Mérida, Yucatán.

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*) Presbítero católico. Vicario parroquial de San Francisco de Asís. Coordinador de Ministerios Laicales

A raíz del relato de las apariciones, aquella imagen bella, de rostro hispano-indígena es admirada… y venerada por blancos e indios




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