Vino el remolino… ¿y nos alevantará?

Agenda ciudadana

Por Lorenzo Meyer (*)

Tesis. Según el libro (electrónico e interactivo) que acaba de publicar Sergio Aguayo, “Remolino: el México de la sociedad organizada, los poderes facticos y Enrique Peña Nieto”, (Editorial Ink, 2014), aquí y hoy el pesimismo político no se justifican. Pese al retorno del PRI al poder, “las élites políticas están dispuestas a responder a las exigencias de la sociedad organizada [pero solamente] cuando ésta toma la iniciativa” (p. 377).

Remolino sostiene que pese a que el poder político en México lo ejercen un presidente y un partido de tradición inequívocamente autoritaria, ese dueto difícilmente podrá reimponer una de las condiciones sine qua non del autoritarismo: impedir por represión o cooptación que la sociedad genere sus propias agendas y las apoye con organización y presiones. Aguayo sostiene con datos que la oportunidad está abierta, no para la simplonería de “mover a México”, sino para “cambiar a México”, pero hay que trabajar esa oportunidad.

Para el autor, el posible cambio democrático ya no vendrá de arriba, como “democracia otorgada”, es decir, como una supuesta concesión de las élites. Las múltiples reformas políticas, desde la LOPPE (1977) hasta la de este año o el “Pacto por México”, ya dieron de sí todo lo que podían dar y han desembocado en la política como mediocridad, corrupción y estancamiento. Sólo queda intentar el cambio desde abajo, pero ya no el revolucionario, sino otro menos dramático y más lento, que por la vía de la presión logre vencer a la fuerza de la gravedad política que, en nuestro caso y por nuestra historia es antidemocrática. Para esto se requiere generar “capital social positivo”, es decir, organizar la energía política y canalizarla para sobreponerse a los intereses creados.

Peña. Remolino examina a tres actores: a la sociedad organizada, poderes fácticos y presidente. Peña Nieto es un proyecto en construcción, cuya clave es imprimir “eficacia” al aparato estatal para convertirlo con base en una “presidencia fuerte”. Para ello ha construido un círculo íntimo disciplinado, formado en las peculiaridades de la política del grupo Atlacomulco y del PRI del Estado de México y caracterizado por ausencia de ideología y abundancia de pragmatismo.

Peña Nieto no logró en 2012 el triunfo arrollador que había planeado y no tuvo mayoría en el Congreso. Sin embargo, ese problema lo resolvió explotando el pragmatismo: el de la oposición, que simplemente aceptó la oferta de cooptación del “Pacto por México”.

Los poderes fácticos. Elba Esther y el SNTE, las televisoras y el crimen organizado son ejemplos de poderes fácticos que se habían “salido del huacal” y a los que Peña Nieto se propone volver a su posición original de obediencia. Aguayo abunda en indicadores de esos poderes, pero todos tienen talones de Aquiles que Peña Nieto ha sabido explotar poniendo a Elba Esther en la cárcel, mientras que Televisa, TV Azteca y la familia Slim no pudieron impedir que se les colocara una espada de Damocles con la reforma en telecomunicaciones. Y aunque en 2010 los flujos financieros ilícitos se calcularon en 68,500 millones de dólares anuales, un par de grandes capos está en la cárcel o en la tumba. El único gran poder fáctico al que Peña Nieto no se ha enfrentado, y difícilmente se enfrentará, es al externo, al “factor americano”.

La sociedad organizada. En la parte tercera y última parte de “Remolino”, su autor se transforma de analista en activista, y presenta las vías prácticas para crear o aumentar el capital social positivo mexicano, ese que no se mide en pesos sino en número y calidad de las organizaciones sociales, (Robert Putnam, “Making democracy work: civic traditions in modern Italy”, Princeton, 1993).

Las posibilidades de generar en México capital social positivo están en proporción directa a las fuentes de la inconformidad: la desigualdad, la ineficacia del sistema económico y la inseguridad. La tendencia al crecimiento del capital social positivo es real, según Aguayo: en 1959 sólo el 12% de los mexicanos aceptaba asociarse para solucionar los problemas de su comunidad, pero en 2009 la cifra fue de 49%.

“Remolino” explora a fondo las posibilidades de la sociedad civil mediante la comparación de las culturas cívicas dominantes en dos poblaciones contiguas y similares: la del D.F. y la del Estado de México. Mientras en el segundo hay apenas 10.3 organizaciones de la sociedad civil por cada cien mil habitantes, en el primero ya hay 42.7, (p. 309). Según las encuestas, fuera de los partidos, la mitad de los mexicanos están dispuesto a actuar políticamente, (p. 331). Aquí la divisa es: “La suma de actos individuales sí mueve la historia”, (p. 339).

El poder político en México está fragmentado y una sociedad organizada y movilizada podría llegar a ser “arquitecta de su propio destino”. Para ello, debe proveérsele de un “relato” poderoso que explique y resuma sus agravios e injusticias -el material abunda- y formule la alternativa democrática.

La tarea no es fácil ni su éxito seguro, pero tampoco imposible.

Resumen: Hoy en México los elementos autoritarios, de antigua data, podrían llegar a ser neutralizados por un aumento del “capital social positivo”, pero esa oportunidad requiere trabajo, y mucho.- México, D.F.

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*) Historiador y analista político

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