Una estrella en la frente

Una estrella en la frente

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El diarista que recitaba canciones

Eduardo R. Huchim May

En la mayor parte del Siglo XX hubo en los diarios un área muy respetada e incluso temida por los reporteros, porque ahí tenían que aclarar dudas, confirmar datos, poner grabaciones y a veces evidenciar sus yerros. Se llamaba Mesa de Redacción en los periódicos capitalinos y no siempre así en los estados. Transformada por la tecnología, equivale hoy a las áreas de edición computarizada, si bien sigue siendo válido lo que entonces se decía con una cierta dosis de autocrítica: los abogados encierran en la cárcel sus errores, los médicos los entierran… pero los periodistas los publican.

El “unomásuno”, diario de vanguardia aparecido en 1977, tuvo en sus primeros años una notable Mesa de Redacción donde oficiaron periodistas como Manuel Arvizu, Carlos Ramón Narváez Robles, Humberto Musacchio, Miguel Ángel Piccato, Gonzalo Martínez Maestre, David Gutiérrez, Margarita Ramírez, Rodolfo Sierra… El más cuidadoso de todos era Narváez, editor de excelencia (incluida su capacidad para el buen cabeceo) y un caballero de trato respetuoso y gentil. Tenía un gran sentido del humor y sus ironías eran célebres. En cierta ocasión, un tanto exasperado por las andanzas de un niño en la Mesa, le dijo fingiéndose rudo:

-Niño, cuidado, que aquí es tierra de Herodes.

En aquellos tiempos los originales eran entregados en cuartillas escritas a doble espacio con dos copias (el original revisado se iba al taller, una copia se le entregaba al cabecero-diagramador y otra se quedaba en la Mesa, para cualquier consulta). Una vez realizadas las correcciones de estilo, tarea que varios correctores hacían a mano y a lápiz, los originales eran revisados por los integrantes de la Mesa, en particular los que se publicarían en primera plana. Era en esta labor donde brillaba el talento de Carlos Ramón (como lo llamaba Manuel Becerra Acosta) porque sobre la marcha, con tachaduras y reescrituras, les daba coherencia y brillo a las notas frecuentemente descuidadas de los reporteros.

Carlos, quien había obtenido sus primeros galones en el Excélsior de Julio Scherer, tenía en su afición al alcohol -común a muchos periodistas- un problema que a veces lo hacía inasistir a sus tareas, pero el nacimiento de su primera hija, procreada con la reportera Guadalupe Báez, tuvo la virtud de frenar su afición, además de hacerlo muy feliz.

La edición se cerraba alrededor de las dos de la madrugada y en el “unomásuno” existían dos tipos de guardia: una corta que concluía a esa hora y otra larga que terminaba a las 4 a.m. o después, es decir, cuando ya el tiraje del periódico estaba avanzado. A esta última guardia se le conocía como “la caballona” y estaba destinada a detectar alguna noticia que ameritara el “paren prensas”.

Esas largas vigilias eran el mejor momento para disfrutar las pláticas de don Carlos.

Lo de “don” se le decía no por razones de edad sino en reciprocidad de su trato a los varones, en tanto que a las mujeres les decía “dama” al hablarles.

Pues bien, era común que junto a una de las patas de la Mesa tuviera Carlos su chatita de ron, y si él no la llevaba siempre había algún amigo que se la conseguía. Cuba en mano, ante cuatro, cinco o más compañeros, Carlos ejercía su función de charlista divertido, culto y a veces aleccionador. Solía citar fragmentos de canciones de compositores como Álvaro Carrillo, Agustín Lara… Pero no las cantaba, sólo las decía, las recitaba, o bien utilizaba alguno de sus versos, literal o adaptado, para referirse a algún hecho de coyuntura:

-Ahora resulta que no somos de la estatura de su vida -exclamó una vez en referencia al desplante de algún político.

Llegado a “La Jornada”, a fines del Siglo XX, Carlos era un gran editor, pero refractario al protagonismo y al reconocimiento. Él trabajaba para los demás. Que otros brillaran con su trabajo, no él. Recordar su talento y su modestia, a dos semanas de su muerte, me hace evocar a Sabines, el peatón:

“¿Por qué los poetas (y los editores) no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible o un rayo que les salga de las orejas?”.- México, Distrito Federal.

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@EduardoRHuchim

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*) Periodista




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