Un año hace cien: la Gran Guerra

Un año hace cien: la Gran Guerra

Descontento y desconfianza hacia la democracia

Joaquín Estefanía (*)

La semana que viene comienza el primer centenario de la Gran Guerra (1914-1918). Los historiadores que la han estudiado y que ahora lanzan sus libros conmemorativos (por ejemplo, “1914″, de Margaret MacMillan, Turner) subrayan que el mundo de hoy se asemeja en algunos aspectos, no en todos, al de los años previos a 1914, es decir, al que fue barrido por la guerra.

Hoy no hay alternativas ideológicas tan potentes como las que se extendieron en aquellos años y los siguientes (el comunismo, el nazismo, los fascismos), ni tampoco un nacionalismo económico tan potente, con su componente repugnante de odio y desprecio hacia los otros. Pero las sociedades se enfrentan a desafíos similares en cuanto al papel de Europa, el auge de los populismos, de las protestas sociales marcadas por el descontento, la desconfianza hacia la democracia por su falta de resultados, el estancamiento en las condiciones de vida (si no el retroceso) y un desengaño que conduce a un pesimismo creciente.

Esa guerra puso fin a un largo periodo de prosperidad, a una época en la que se hablaba de progreso y en la que la gente confiaba en que sus hijos iban a vivir mejor que ellos. Una época de efervescencia cultural en la que Proust estaba en busca del tiempo perdido, Freud desnudaba almas en el diván, Stravinski celebraba la primavera, Kafka, Joyce y Musil tomaban el mismo día un café en Trieste… “y en el patio del castillo de Schöubrunn, Hitler y Stalin se pasean en lo que será su último encuentro” (“1913. Un año hace 100 años”, Florian Illies, Salamandra).

Todo eso se fue al traste con una contienda que inaugura un tiempo de oscuridad de un cuarto de siglo y que da lugar a otra guerra mundial, la segunda. En ese periodo se acaba la ola de globalización que había comenzado en el último cuarto del siglo XIX y que llega hasta el inicio de las hostilidades bélicas. El siglo XIX fue un periodo extraordinario en cuanto al progreso de la ciencia, la industria y la educación, dentro de una Europa cada vez más próspera, aunque muy desigual.

Lo cuenta mejor que nadie ese extraordinario europeo que fue Stefan Zweig en sus no menos extraordinarias memorias (“El mundo de ayer”, Acantilado): nada demuestra de modo más palpable la caída terrible que sufrió el mundo a partir de la Primera Guerra Mundial que la limitación de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad. “Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a India y a América sin pasaporte y que en realidad en mi vida jamás había visto uno”.

Los estudiosos recuerdan que la guerra no es un accidente, sino un resultado, y que no se deben subestimar los avisos sobre los peligros de no anticipar las consecuencias de las políticas que se aplican.- Madrid, España.

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*) Director de la Escuela de Periodismo Universidad Autónoma de Madrid-El País




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