Un ángel, un pensamiento

Don Roberto

Mercy Gómez de Bustillos (*)

Y cuando llegue al fin tu despedida, / seguro que feliz sonreirás, / por haber conseguido lo que amabas, / por encontrar lo que buscabas / porque viviste hasta el final… -Napoleón, “Vive”

No pudieron elegir mejor canción para despedir a don Roberto Martínez Gamboa. Él siempre fue al encuentro de la vida. Desde muy joven adivinó que su paso por este mundo estaría trazado por el amor al prójimo.

Tuve la fortuna de conocerlo hace más de 30 años y, en ese entonces, no imaginada cuánto influiría en mi vida su búsqueda constante e incansable de ayuda para los demás y su manera de demostrar amor a su familia.

Para esas épocas, él ya había iniciado la realización de uno de sus más anhelados sueños, la constitución de Grupo Kerigma, A. C., institución que ayudaría a sus prójimos favoritos: los niños.

Grandes amigos de toda la vida lo acompañaron en tan amorosa empresa. La labor que se echó a cuestas, aunque dura, logró consolidarse gracias a su entrega y constante dedicación, su perseverancia, los dones que recibió y que aprovechó muy bien en las tareas que el Señor le asignó; tenía una facilidad nata para hacer que la gente se sumara a sus deseos de servir.

Profesional destacado, servidor público intachable, maestro dedicado y amigo fiel, cuando hablaba de su familia, de su adorada Mireya, de Ceci y Andrea -sus princesas gemelas, su adoración-, sus ojos se iluminaban de manera especial y emitía una sonrisa llena de amor y orgullo.

Entre sus innumerables virtudes su confianza en Dios era la más notable, confianza que demostró siempre ante cualquier prueba; confianza que le permitía caminar con la frente en alto, seguro de sus andares, no precisamente físicos sino espirituales; confianza que agradeció siendo un padre tierno y valiente, un esposo amoroso, hermano cariñoso y tío excepcional; brindando generosidad a manos llenas; confianza que me transmitió cuando, en la organización de un concierto para recabar fondos para la institución me desesperé porque las cosas no salían como esperábamos y dijo: “Mercita, acuérdate que estamos trabajando para el de arriba, todo va a salir bien”, y, efectivamente, así fue.

Tengo muchos recuerdos bonitos de él, entre ellos las veladas maravillosas que pasamos en su casa de Progreso. Era tradición que mi familia y yo los visitáramos cuando menos una noche de la temporada para disfrutar de una “hotdoqueada” aderezada con una charla de lo más agradable, acompañados también por sus cariñosas hermanas Sonia y Lupita. Nos entraban altas horas de la noche y, aunque sus gemelas o mis gemelos tuvieran sueño, no se rendían con tal de seguir disfrutando del momento; su interés porque mi papá aminorara sus molestias en la peor parte de su larga enfermedad es algo que nunca se borrará de mi mente y de mi corazón; cuando se juntaba con su hermano Rodolfo, hacían un par sensacional.

Yo sentía que sin merecerlo gozaba de un afecto incondicional de su parte, pero seguro eso hacía sentir a cualquier persona que conviviera con él, pues la expresión de su rostro denotaba bondad y su espíritu transmitía alegría. Por eso digo al inicio de este escrito que no pudieron elegir mejor canción para despedirlo al depositar sus cenizas, pues consiguió lo que amaba (una familia maravillosa, amigos que lo quisieron mucho y ayudar al prójimo) y vivió disfrutándolo hasta el final.

Sus enseñanzas de vida marcaron a mucha gente, que estoy segura lo recordarán siempre. Que don Roberto estuviera cerca en el camino es una de las cosas por las que agradeceré siempre a Dios. Descanse en paz.

Nota final: “¿El secreto de la vida? Hacer por amor lo que hay que hacer por obligación”, es la inscripción principal de una tarjetita que don Roberto me regaló, de esas que se utilizan para señalar el avance de la lectura de un libro. Esa tarjeta trajo para mí un mensaje de vida. Se volvió mi frase favorita.- Mérida, Yucatán.

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*) Madre de familia y empresaria



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