Tragedia que aún perdura

El murmullo del frío

Por Carlos Martín Briceño (*)

In memoriam de los cuarenta y nueve niños fallecidos en el incendio de la guardería ABC

Aquí está otra vez el frío. Viene de mi interior, lo sé. Desde ese día no he vuelto a ser la misma; aun cuando en esta ciudad la temperatura sobrepase los 40 grados esta hiriente sensación no me abandona, me recorre el cuerpo, se adentra en mi torrente sanguíneo y, aunque han pasado dos años, me obliga a recordar a diario los hechos, a rememorar la mañana, la mala hora en que te dejé en aquella trampa.

Nada más escuchar el timbre del despertador y despegar los párpados lo primero que hago es mirar tu rostro; alzo la mirada y busco tus ojos en el retrato colgado en la pared. ¡Qué me importa que lo desaconseje el psicólogo! Estás sonriendo, a punto de soplar las velas de tu pastel de El Hombre Araña. ¿Recuerdas? Cumplías tres años y, quién iba a imaginar…

Tu cuarto está como si el tiempo no hubiera pasado: los peluches encima del buró; los cochecitos, ordenados por tamaños, en sus repisas; la cama bien puesta, con la colcha de Spiderman que tanto te gustaba. “¿Por qué no convertimos el cuarto del niño en cuarto de tele? -me insiste la abuela-, con recordar eternamente no se gana nada”. Estoy segura de que ella también sufre. Está desesperada de tanto verme llorar y trata de sobreponerse.

“El hubiera no existe. Lo que pasó ya no tiene remedio, es necesario darle vuelta a la hoja. Deje de echarse la culpa”. ¿Qué caraj… puede saber el psicólogo de esta congoja implacable prensándome el pecho? Ni siquiera cuando estoy en el supermercado frente a mi caja registradora, metida en el trabajo, olvido. Cada vez que una señora se acerca con su carrito de compras y descubro un niño de tu edad montado en él, antes de soltar, de rigor, la sonrisa, y el encontró-todo-lo-que-buscaba, obligado, con esa voz amable que nos exigen, debo apretar los labios para no llorar, sintiendo caer sobre mí sus miradas, flechas hirvientes que envían mis compañeros: desde la jefa de área, harta ya de mis lloriqueos, y a la que debo rogar, mes a mes, que me deje salir temprano a llevarte flores al cementerio, hasta los insolentes “cerillos” que parecen burlarse con sus despreocupadas sonrisitas.

Cuando me avisaron estaba en pleno corte. Fue uno de los “viene-viene” quien me lo dijo, llegó corriendo desde el estacionamiento y lo soltó a voz en cuello, como para que no quedara duda: ¡Se está quemando la guardería donde tienes a tu hijo, Sandrita! Me engarroté. Aturdida quise abandonar todo y salir corriendo a buscarte pero la mirada de la jefa me lo impidió. ¡Cómo he de temerle que ni siquiera por saberte en peligro dejé mi caja al garete! Respiré hondo, así como nos enseñan en los cursos de capacitación, ordené mis ideas y recordé que había una manera, una sola, autorizada por la dirección, para cortar caja en situaciones de riesgo. Temblores, siniestros y cosas por el estilo. Al terminar, busqué a la supervisora con la mirada y asintió con la cabeza. Me pareció que ya sabía y quién sabe desde qué hora. La recabro…

Cuando por fin llegué, aquello era una locura. Mucho humo y gente por todas partes. Había un olor insoportable, mezcla de hule y carne chamuscada, tan intenso que hasta ahora no se me quita de la nariz. Por eso no me da hambre, como de a poquitos, nada más para darle gusto a tu abuela.

Los bomberos no me dejaron pasar, habían acordonado el área y cerrado las rejas. Me colgué de los barrotes, gritaba tu nombre, como esperando que aparecieras de un momento a otro en medio de todo ese revoltijo. Me amaché queriendo cruzar la barrera y tuvieron que detenerme entre tres. Forcejeé, rogué, pedí que me soltaran. ¡Ahí está mi hijo! ¡Pónganse en mi lugar! Ninguno hizo caso. Durante el forcejeo me tocó ver claramente cómo iban sacando cuerpecitos carbonizados, tatemados, llenos de quemaduras en brazos y caras; ropas tiznadas de tanto hollín. En mi desesperación, rogaba a Dios que no estuvieras entre ellos.

Quizá segundos o minutos, no sé cuánto tiempo fue. Lo cierto es que cuando estaba a punto del desmayo, alguien dijo que el muchacho de la llantera cercana había logrado sacar a varios niños antes de que el techo se les viniera encima. Corrí hasta donde me indicaron y fue cuando te vi. Te distinguí enseguida, no por tu cara, pues estabas lleno de hollín como la mayoría, sino por tu pijama de Hombre Araña. Ibas, junto con otros cuatro niños, adentro de una ambulancia, listo para ser trasladado al hospital. Un paramédico les daba los primeros auxilios. ¡Déjenme pasar! ¡Soy mamá de aquél!, grité, el índice apuntando, abriéndome paso a empellones entre las demás personas que también buscaban a los suyos. El paramédico me miró compasivo. No tuvo que decir media palabra. A diferencia de los otros que no dejaban de gritar, desgarrados de dolor, estabas quietecito, quietecito, como ángel dormido.

“Había mucho humo espeso, empecé a tentar, tenté carnita y lo agarré. Junto a él había una niña, estaba toda quemada, no hacía nada; no lloraba, tenía los ojos grises. Nomás se me quedó viendo, nada más abría la boca y la cerraba, como los peces”.

Así me lo describió días después el empleado de la llantera, el joven que te sacó cuando fui a darle las gracias y le pedí que me contara cómo fue tu rescate. Cerré los ojos y agradecí a Dios que a ti te hubiera llevado rapidito, que nada más el humo te hubiera envenenado el cuerpo, no como aquellos niños que alcancé a ver, que iban todos descarapelados, como cuando a un tomate se le quita el cuerito.

Desde entonces, por más que me abrigue, este frío no me abandona. Se cuela terco, insolente, entre los resquicios de mis ropas, de mi abrigo y cala hondo hasta los huesos. En el autobús, la gente no me quita la vista de encima. Algunos se han atrevido a preguntar. No entienden nada, no imaginan que con tu ausencia te llevaste todo el calor de mi cuerpo y debo procurármelo con este grueso abrigo.- Mérida, Yucatán.

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*) Escritor

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