Seguridad en Yucatán:Todos somos autodefensas

Antonio Salgado Borge (*)

Desde luego que un hombre debe luchar por las víctimas; pero si deja de importarle todo lo demás, ¿de qué sirve su lucha? -Albert Camus, escritor y filósofo francés

Entre los actores políticos más relevantes de lo que llevamos del sexenio peñanietista se encuentran los llamados grupos de autodefensa. Se trata de ciudadanos que, desesperados y hartos, se han organizado con el fin de procurarse la seguridad que, por uno u otro motivo, el Estado les ha dejado de proporcionar.

Se dice, con razón, que las autodefensas son un efecto de la inoperancia de las autoridades o de su colusión con grupos criminales. En este sentido, el caso más conocido es, sin duda, el de Michoacán; pero las causas más profundas que explican este fenómeno de ninguna forma se limitan a ese estado ni comenzaron con los actuales gobiernos local y federal.

Muchos de quienes se sumaron a los grupos de autodefensa en Michoacán lo hicieron porque de su dignidad y su seguridad habían sido vulneradas incluso en sus niveles más básicos. En este sentido, el contraste con Yucatán, uno de los estados más seguros del país, es evidente. Por el momento, los yucatecos podemos gozar de una tranquilidad experimentable en pocos estados de la república, aunque, como escribió Dulce María Sauri en su muy recomendable columna del jueves pasado (Diario de Yucatán, 07/05/2014), en algunas regiones o ámbitos locales específicos comiencen a presentarse síntomas muy preocupantes.

Sin embargo, a pesar de los índices que dan cuenta de la seguridad de la que aún gozamos -posición que reluce aún más cuando se presenta en términos comparativos con otras entidades federativas-, me parece sensato tratar de exhibir la presencia de focos de frustración ciudadana que, por insignificantes que parezcan, tendrían las cualidades necesarias para incoar la sensación de que actuar en defensa propia sería en ocasiones la mejor vía para garantizar nuestros derechos.

Para ejemplificar el desamparo en el que podría encontrarse cualquier yucateco emplearé el caso de Samuel, un estudiante universitario que al cruzar la Plaza Grande un sábado alrededor de las 23 horas fue interceptado por otro joven, quien comenzó a hacerle preguntas sin sentido y terminó pidiéndole su teléfono celular. Segundos después estaban los dos en el suelo entrampados en un forcejeo por el teléfono que se encontraba en la bolsa delantera derecha de los jeans de Samuel. Había gente en la plaza y nadie intervino. Policías estatales atestiguaron lo sucedido desde su puesto de vigilancia en el palacio de gobierno, pero no se inmutaron -el Centro Histórico no es su área-. Los policías municipales no llegaron a tiempo.

Samuel perdió la batalla con su agresor y terminó por ser despojado de su teléfono celular. Apenas se pudo incorporar, el estudiante se dirigió a la calle y luego de varios minutos de esperar observó y detuvo a un vehículo de la Policía Municipal, cuyos agentes descendieron a regañadientes. Al explicarles lo acontecido Samuel se percató de que el ladrón seguía en la plaza; lo señaló y los policías se acercaron a éste, a quien identificaron como un “cliente recurrente”. El ladrón negó, desde su sonrisa, los hechos, argumentando que todo se trató de una riña entre viejos amigos. La única opción era llevar a los dos jóvenes a la comisaría y recabar sus declaraciones. Conociendo los antecedentes, desconfiado y temeroso de terminar privado de su libertad víctima de algún trámite burocrático, Samuel se negó a acompañarles y prefirió dar por perdido su teléfono celular.

Este caso es complejo e incluye, además de la evidente falta de seguridad en un espacio público, factores silenciosos como la indiferencia de las autoridades de dos niveles de gobierno, la sensación de desprecio por parte de quienes deberían estar al servicio de la sociedad y el justificado temor de un joven con limitaciones económicas a ser succionado por el sistema de justicia que debería protegerle. Quizás lo sucedido a Samuel sea algo experimentado por pocos yucatecos, pero me parece que si ponemos entre paréntesis el hecho particular narrado y nos quedamos con la sensación de indefensión o frustración del joven, el flujo de empatía hacia Samuel se ampliaría.

Algunos indicadores pueden ayudar a aterrizar el contexto descrito. 27.2% de los yucatecos, porcentaje de ninguna forma tolerable, afirma sentirse inseguro o que 42.7% y 53.5% asegura no sentir poca o ninguna confianza en la policía estatal y municipal respectivamente A lo anterior hay que sumar que en Yucatán apenas 14.5% de los delitos son denunciados (Envipe, 2013).

Gracias a elementos geopolíticos, a factores culturales y a estrategias policíacas exitosas, el grado de violencia y el tipo de crímenes que caracterizan a otros estados son muy poco frecuentes en el nuestro. Dado el estado actual de cosas prevalente en el país, esto es, desde luego, festejable. Sin embargo, me parece que es momento de dar un paso hacia adelante y atender con civilidad y profesionalismo los constantes reclamos de ciudadanos ante temas tan elementales como el ruido excesivo de vecinos, la presencia de jaurías o el consumo de bebidas alcohólicas en su cuadra; demandas que suelen ser desoídas por las autoridades estatales y municipales.

La seguridad no se agota en la protección de la vida o de los bienes personales de cada individuo. Para ser verdaderamente comprensiva, ésta debe abarcar la salvaguarda de temas tan etéreos pero tan fundamentales como la dignidad humana, la privacidad o el disfrute pleno de espacios públicos.

No veo motivo para no tomar el estado actual de la seguridad en nuestro estado como un punto de partida desde el cual avocarnos a establecer las condiciones necesarias para que se extienda el nivel y el alcance de la protección a la que tenemos derecho como ciudadanos. La vida es una y su calidad no es un asunto secundario. Mientras las condiciones para disfrutarla tranquilamente no estén garantizadas, en mayor o menor medida todos seremos candidatos a ejercer nuestro derecho de autodefensa.- Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director de la Universidad Marista de Mérida



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