Propósitos de valor para una vida con sentido

Por Gabriela Soberanis Madrid (*) 

 

“Una persona debe establecer sus metas tan pronto como le sea posible y dedicar todo su talento y energía para hacerlas realidad. Con mucho esfuerzo puede lograrlo. O puede encontrar algo que sea aún más gratificante. Pero al final, no importa cuál sea el resultado, sabrá que ha estado vivo.” – Walt Disney

 

Hemos llegado al último mes del año: diciembre, el mes de las fiestas navideñas y de los recuentos. La época que nos predispone a ocuparnos de las celebraciones y a dejar de lado nuestros problemas y preocupaciones para relajarnos y disfrutar de las posadas, las cenas, los festejos y los brindis. También es el mes con el que despedimos el año, donde cerramos ciclos, nos preparamos para lo nuevo y vislumbramos las posibilidades del futuro.

 

Mucha gente consigue hacer una pausa en medio de este rebumbio de festejos del que es casi imposible sustraerse, para reflexionar sobre el camino andando, para revisar los resultados obtenidos y para plantearse nuevas metas. ¿Y qué hace el resto de la gente? ¿Será que las fiestas preceden en importancia a hacer un inventario de lo acontecido en el transcurso del año, la reflexión de lo que obtuvimos y de lo que queremos alcanzar? Algunos esperan llevar al cabo los rituales de fin de año con el deseo de lograr por medio de recursos mágicos lo que no consiguieron a base de esfuerzo y persistencia; otros, sencillamente deciden no hacer nada y dejan pasar la oportunidad de cuestionarse cómo quieren vivir el futuro.

 

Hacer un balance siempre será una sabia decisión. En la lista del recuento estará aquello que conocimos, aprendimos o disfrutamos; también lo que perdimos, lo que dejamos ir y lo que llegó de forma inesperada. Estarán los logros y las realizaciones o los yerros y los defectos con los que continuamos enfrentándonos. De cualquier forma, ningún balance es útil a menos que obtengamos de él el aprendizaje necesario para enmendar los errores cometidos y cambiar el rumbo de nuestras decisiones para que éstas finalmente nos guíen al destino al que ansiamos llegar. De aquí va a surgir otra lista: la lista de propósitos para el año que está por llegar.

Pero ¿qué propósitos vamos a hacer? Parece que, en líneas generales, la mayoría de la gente suele tener sueños y metas parecidas. La gente se propone ser más feliz –aunque no tenga claro lo que es la felicidad–, quiere estar en pareja, comprometerse o formar una familia. Desean bajar de peso, ponerse en forma, hacer ejercicio y comer más sano; leer más y ver menos televisión, aprender el idioma del futuro, y viajar a un destino exótico. O mejor aún, viajar a otro país y aprender el idioma de ese lugar. Conseguir un ascenso –o conseguir trabajo–, ganar más dinero, emprender un nuevo negocio o trabajar menos. Están los que se animan a emprender cosas nuevas: volverse vegetarianos, correr un maratón, aprender a cocinar, bailar, cantar, tocar un instrumento o escribir un libro. La lista es interminable, pero es simplemente una variación de las cosas que la gente sistemáticamente anota en su lista de propósitos para año nuevo. ¿Qué hay de los propósitos auténticos? ¿Los que surgen de las necesidades propias del individuo? Y no es que alguno de estos propósitos se contraponga al bienestar de cualquier individuo, pero el punto no es ése, sino ¿cuán propias son las metas que nos planteamos?

Identificar propósitos de valor y metas auténticas no es tarea fácil. Entraña un sincero examen de conciencia donde somos capaces de preguntarnos ¿son éstas mis metas o son de alguien más? ¿es esto lo que yo quiero o es lo que quieren otros para mí? Muchas personas creen que las metas que se han planteado son suyas y… nada más lejos de la verdad. Les cuesta ver cómo han perseguido sueños de otros, ya sea porque no se conocen, porque no confían en que lo que ansían para sí es de valor o, porque han permitido que la sociedad u otras personas se las impongan. Ante todo, las metas tienen que ser personales. Son una de esas cosas de la vida que no admite préstamos.

Dicho lo anterior, no hay duda de que los seres humanos necesitamos tener propósitos y metas. Son elementos clave en la vida de cualquier ser humano que tiñen de sentido a la existencia. Algunos las mantienen presente la mayor parte del tiempo, otros los recuerdan por momentos y para algunos son solamente sueños imposibles de alcanzar. Por eso, es imprescindible saber que no basta con fijarse metas ambiciosas, reales y con plazos concretos. No, no es suficiente, porque no es algo que haces en los momentos en los que te sientes estancado o algo que haces sólo después de cerrar una etapa significativa y comenzar un nuevo ciclo. Tampoco se trata de crear una lista de cosas que queremos lograr porque sí o porque otros lo consideran importante. Hablar de metas auténticas es hablar de los propósitos del alma; de desenterrar los sueños que yacen en lo más profundo de tu ser…

Por eso, creo que el desafío de este año que se termina no sólo estriba en darnos tiempo para ver el camino andado, sino en identificar la misión que estamos destinados a emprender y qué hará que se expanda nuestro ser en un futuro. No hemos de perder de vista que los propósitos de valor emanan de lo más profundo de nuestro ser. Provienen del interior de un individuo que se conoce y que sabe por qué está aquí y para qué. Sabe exactamente a dónde se dirige, aun cuando no sabe exactamente cómo llegar. 

Darnos el tiempo necesario en este último periodo del año para definir nuestras metas es quizás lo más importante que podemos hacer por nosotros mismos y por quienes nos rodean. De muchas formas, definir los objetivos que queremos alcanzar en el siguiente ciclo que nos corresponde vivir es forjar las bases para la calidad de vida que queremos tener.  Es escribir con una mirada en el presente lo que deseamos alcanzar en un escenario futuro.

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*) Directora general de Enfoque Integral. Consultoría, capacitación y “coaching”




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