Plaza de almas

De política y otras cosas

Por Catón

Siempre se arrepintió de sus palabras. Le dijo a su padre: “Todos tenemos que morir”. Eso era una verdad, pero el remordimiento de habérselo dicho lo acompañó hasta el último día de su vida.

Un psiquiatra amigo suyo quiso tranquilizarlo: “El lazo más fuerte que nos une a nuestros padres, y a ellos con nosotros, es el remordimiento”. La frase no le sirvió de ayuda. Su amigo sostenía la tesis de que todo en la conducta de los hombres —y, claro, también de las mujeres— se reducía a un reflejo condicionado, incluso en el amor y otros sentimientos aún más fuertes, como el odio o la venganza. Todo era reflejo condicionado. “Firuláis-campana-saliva”. A la luz de esa sencilla fórmula podía explicarse cualquier acción humana. La religión, el arte, la política, sobre todo la economía, que era lo más importante —opinaba él—, tenían su origen en reflejos condicionados. Por tanto, le dijo su amigo, él no era responsable de haber dicho esas palabras. Se las dictó algún oculto reflejo condicionado que estaba, con muchos otros, en el fondo de su consciencia. O de su inconsciencia, que a fin de cuentas venía a ser la misma cosa.

Él escuchó aquello, pero el razonamiento no lo convenció. ¿Qué reflejo condicionado podía ser aquel que lo llevó decir aquello? Cuando su padre enfermo le contó, angustiado, que tenía miedo de irse a dormir por las noches, pues pensaba que ya no iba a despertar en la mañana, él respondió, cortante: “Todos tenemos que morir”. Lo dijo fríamente. Estaba en plenitud de vida —40 años—, y a esa edad no piensas que algún día tú también morirás. La frase era aplicable a su papá, no a él. “Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre. Por lo tanto Sócrates cree que es inmortal”. Al día siguiente había olvidado sus palabras. Se dice que los viejos olvidan fácilmente. Es falso. Los jóvenes olvidan con mayor facilidad. Sólo la muerte de su padre, unas semanas después, le hizo recordar lo que aquel día le había dicho.
El viejo murió durante el sueño, como temía. Se durmió y no despertó ya.

“Tuvo la muerte del justo —dijo alguien en el funeral con tono de circunstancias—. De un sueño pasó a otro”. Pero en aquello no había nada de justo. Ahí estaba la mañana, y estaban el sol, y el periódico, y la mesa del desayuno, y su esposa en la cocina, y los hijos en el trabajo, y los nietos en la escuela, y la risa de las muchachas en el centro comercial, y el paso de la gente por la calle, y el ruido de los automóviles. Ahí estaba todo, pero él no estaba ya. Con tanto lugar que hay en el mundo él ya no tenía ningún lugar. Todo eso pensó el hijo. Recordó que cuando le dijo aquello a su papá creyó oír que él contenía un sollozo. Ahora fue él quien lo contuvo. Lo va conteniendo todavía, aunque ahora su edad es mayor que la de su padre cuando murió. Se pregunta si tiene miedo de morir, y no acierta a contestar. Eso sí: se ha hecho el propósito de no decirle a ninguno de sus hijos que teme irse a dormir porque quizá ya no despertará. Lo aterroriza la idea de que el hijo le responda: “Todos tenemos que morir”.

Quizá tenía razón su amigo el psiquiatra, y ese temor se debe a un reflejo condicionado. “Firuláis-campana-saliva”. Va, pues, por la vida, con su remordimiento, igual que si su padre caminara siempre junto a él. Daría cualquier cosa por no haberle dicho esas palabras, tan frías, tan duras, tan crueles. ¿Con qué derecho se las dijo? ¿Con qué autoridad? No sabía nada de la vida; por lo tanto tampoco sabía nada de la muerte. Y si no se sabe lo mejor es callar. Debió haber callado. Ahora tiene que vivir con su arrepentimiento. Algo recuerda, sin embargo, que le alivia esa carga. Unos meses después de la muerte de su padre nació su primer hijo. Cuando su esposa le mostró, feliz, al niño, él sintió un sacudimiento: el rostro del pequeño era el rostro de su padre. Parecía que había vuelto a nacer. Quizá su imaginación le jugó una buena pasada, pero volvió a ver a su papá, como si otra vez el viejo tuviera su lugar en el mundo. Ahí estaba la mañana, y estaba el sol y estaba todo lo demás. Y ahí estaba otra vez su padre, en esa criatura pequeñita que aún no abría los ojos a la luz. Ya los abriría. Todos tenemos que nacer…— Saltillo, Coahuila.

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