¿Pedro, Judas o Jesús?

Actitudes

José Santiago Healy (*)

Llegó la Semana Santa y con ella el tiempo para descansar y para reflexionar en torno al centro de esta celebración: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Es contradictorio que en los tiempos que vivimos se haya perdido en sectores de la sociedad la esencia y práctica de los sucesos religiosos.

En Estados Unidos se toma como ofensa enviar una tarjeta navideña con mensaje cristiano a un practicante de otra religión, pero en cambio el 25 de diciembre es un día de asueto para todas las escuelas, empresas y oficinas de gobierno, sin distinción de creencias.
Lo mismo ocurre el Viernes Santo en México que es día festivo nacional, pero la mayoría de los ciudadanos se van de vacaciones y se olvidan del significado real de este suceso.

Para la religión católica y otras que reconocen a Cristo como hijo de Dios, el Domingo de Resurrección es la celebración más importante del año porque concreta la liberación de la esclavitud del pecado en que vive el hombre y se abre el camino para su salvación eterna.

En la pasión y muerte de Jesús se adquiere además el sentido y valor a la vida humana. Decía Juan Pablo II que “desde la cruz, Cristo hace un llamamiento a la libertad personal de los hombres y mujeres y llama a cada uno a seguirlo en el camino del total abandono en las manos de Dios”.

Nos cuesta mucho trabajo entender el por qué del sufrimiento que tuvo que pasar Cristo, que lo condujo a una muerte cruel y dolorosa, pero quizás sea más fácil captarlo si lo adaptamos a la vida del mundo moderno.

Porque sin duda y desde luego sin ser el verdadero Jesús, hoy en día infinidad de humanos son humillados, traicionados, discriminados y torturados como lo fue Jesucristo.

Para empezar, tenemos al papa Francisco, a obispos y sacerdotes que un día sí y el otro también son insultados y vendidos, en ocasiones por los mismos católicos, quienes imitan el papel de Judas Iscariote.

Lo mismo ocurre con inmigrantes, presos inocentes, menores abandonados, enfermos, desempleados y menesterosos que sufren los peores abusos e incluso la muerte por no tener quien los defienda como le sucedió a Cristo.

Por ello vale la pena hoy reflexionar sobre qué papel jugamos en estos tiempos y en cual encajaríamos si viviéramos en la Tierra Santa de hace veinte siglos.

¿Somos acaso ese Jesús humilde, bondadoso que se entrega a los demás y que en las peores circunstancias sabe perdonar y amar a sus semejantes? ¿Tenemos la mansedumbre suficiente para afrontar con paz y fe las adversidades propias de la vida diaria?

¿O por el contrario somos los fariseos de aquella época que no creían en nada y que atacaban a Jesús cuantas veces podían a pesar de las evidencias de su divinidad?

¿O somos como Pedro que nos entregamos de lleno a Dios, lo colmamos de atenciones, realizamos el bien diariamente, pero a la menor contrariedad acabamos por negar a Jesucristo?

¿O somos el Judas Iscariote que adula y se entrega a su jefe y hermano, pero a la primera oportunidad le da la espalda a cambio de algunas monedas, un regalo o un cargo político?

¿O acaso somos como Simón de Cirene, quien ayudó a Jesús a llevar todo el peso de la cruz hasta el Gólgota y se reconfortó con ello a pesar de las duras implicaciones?

Convendría, pues, reflexionar en estos días santos sobre el papel que jugamos hoy en esta vida moderna llena de contradicciones, pasiones mundanas y ambiciones materialistas.

Vale recordar que si bien la Resurrección de Cristo es la máxima festividad en la Iglesia Católica, tampoco es el fin último de la religión.

Como lo dijo el papa Francisco el pasado miércoles “la resurrección de Jesús no es el `final´ feliz de un cuento de hadas, no es el happy end de una película, sino que es la prueba de que Dios actúa en el momento más difícil, en el momento más oscuro”.

Y concluye: “No bajemos de la cruz antes de tiempo. Y no olvidemos en esta semana besar muchas veces el crucifijo”.— Chulavista, California.

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*) Periodista

 




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