Mujeres que inspiran

 

*Por: Gabriela Soberanis Madrid

 

 

“Lo que todavía nos falta a las mujeres aprender es que nadie te da poder. Simplemente lo tienes que tomar tú.” Roseanne Barr.

 

Hasta hace todavía pocos años no podía ver la trascendencia de conmemorar el 8 de marzo. Hoy, después de algunas experiencias que han marcado mi vida como mujer, puedo darme cuenta cuán importante es esta fecha, más que para extender felicitaciones, para reflexionar sobre lo que hemos avanzado en la igualdad de géneros y lo que nos hace falta todavía por recorrer.

Hablar de discriminación al sexo femenino es referimos al hecho de dar por sentado que a la mujer le corresponden determinadas obligaciones y responsabilidades, circunscribirla a ciertas actividades  o excluirla de algunos privilegios o derechos.  Por eso, hablar de equidad de géneros no es insistir en que hombres y mujeres son iguales, especialmente cuando las características biológicas o fisiológicas de nuestros respectivos sexos nos evidencian lo contrario. Hablar de igualdad de géneros es ser consciente que hombres y mujeres tienen los mismos derechos humanos por nacimiento y que, aunque algunas de las diferencias son innatas, seamos capaces de identificar cuáles de ellas han sido reforzadas y exageradas por el ambiente y la educación.

Desde tiempos ancestrales la mujer ha sido considerada principalmente para atender las tareas domésticas  (cuidar y educar a los hijos, cocinar, coser, lavar y planchar). No había cabida para la idea de que tuviese derecho a estudiar, trabajar o participar en política. De forma natural, las mujeres aceptaban este hecho a riesgo de perder su identidad sexual. A lo largo de la historia la mujer ha tenido que luchar para tener la posibilidad de educación, de un trabajo remunerado y de independencia en todo sentido, al mismo tiempo que se ha visto sometida a las exigencias y escrutinio de la sociedad para tener una conducta intachable y no ser juzgada o excluida por tomar decisiones relacionadas con su maternidad, estado civil, profesión y prioridades en la vida. Lamentablemente fuimos desprovistas de toda capacidad para actuar y decidir, producto de una educación estructurada, rígida y carente de sentido que remarcó los roles del hombre y la mujer, atándonos a la discriminación y privándonos de nuestra libertad en prácticamente todo las facetas de la vida. Nos convertimos así en el sexo débil, castigado cuando quería ejercer su natural derecho a vivir la vida como le plazca, un derecho que heredó por nacimiento pero que fue arrebatado por condición.

Son múltiples las causas de la discriminación a la mujer. La desigual distribución del poder entre hombres y mujeres es una de sus manifestaciones más claras y tiene su origen en las primitivas estructuras patriarcales, forma en que la mayoría de las sociedades humanas se organizaron. Estas circunstancias socio-políticas  dieron lugar a que el poder fuese ejercido por los varones y así, las mujeres quedasen subordinadas a ellos. El patriarcado resaltó la división sexual del trabajo, creando roles remarcados donde los hombres salen del hogar para ganarse el sustento y las mujeres se ocupan de las tareas de la casa y el cuidado de los hijos. Fue claro dentro de estas estructuras la falta de remuneración y reconocimiento al trabajo femenino, creando una total dependencia económica de la mujer hacia al hombre. No es de extrañarse que dada esta dinámica y habiendo otorgado un papel preponderante al género masculino, hayan sido los varones quienes gozaran de los medios para estudiar, prepararse y desarrollar sus talentos en pro de un crecimiento económico, social y político, donde se excluía por completo la participación de la mujer. Habiendo dado acceso a los hombres a ocupar una posición privilegiada dentro de la sociedad se les facilitó, por sobre las mujeres, decidir el rumbo de sus vidas y satisfacer sus necesidades sin ningún reparo. ¿Por qué  las mujeres han sido forzadas a una disyunción? ¿Por qué han tenido que sacrificar a sus hijos para ganarse la vida con su profesión o sacrificar su profesión para asegurar el bienestar de sus hijos? ¿Por qué no hemos reivindicado el derecho innato a satisfacer nuestras necesidades básicas y de autorrealización igual que el hombre?

No hay duda de que hemos evolucionado desde esos tiempos donde el sexo femenino era dominado, tratado como propiedad de los hombres de su vida: padres, hermanos, maridos y, a veces, hasta de los hijos. Pero pese a todas las luchas internas y externas y los logros que hemos tenido al respecto, la historia y la realidad nos siguen mostrando una clara desventaja con respecto al género masculino.

Las estadísticas no mienten. En México, la mayoría de las mujeres de nuestra población siguen sufriendo de condiciones desiguales. Lo vemos en el ámbito laboral, social, económico y familiar. Basta mencionar solo algunos ejemplos para ponernos en contexto: cuando frente a un mismo trabajo las mujeres perciben un salario inferior que los varones; cuando las empresas siguen marginado a la mujer para ocupar puestos de mayor jerarquía;  cuando en las relaciones de pareja el hombre sigue pensando que dando lo necesario para vivir, la mujer tiene que someterse a sus deseos, alimentando así, la creencia en ambos, que la  mujer es incapaz de sostenerse por sus propios medios.  Cuando prepararse académicamente, crecer en el ámbito profesional, obtener remuneraciones justas por su trabajo, combinar las responsabilidades profesionales con la de ser madres y/o esposas y crecer de una forma integral se convierten en un verdadera desafío, son evidencias contundentes de que los retos para el género femenino han sido múltiples e implacables.

Desafortunadamente la codependencia material, económica y emocional de las mujeres hacia los hombres es un escenario muy frecuente en nuestra sociedad. Nos enseñaron a tener miedo a la soledad y por ende, a la libertad y a la toma de decisiones. Y tal y como dijo Marcela Lagarde alguna vez “El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía”.  No tenemos que irnos más lejos indagando en condiciones de maltrato extremo, donde las mujeres son sometidas por su ignorancia y pobreza. No. Basta con ver lo que ocurre en el seno de los hogares de nuestros vecinos, padres de familia de los colegios a los que asisten nuestros hijos, centro de trabajo que dirigen hombres con los que compartimos socialmente. ¿Dónde está la libertad de la mujeres? ¿Dónde está el libre albedrío?

Lamentablemente persisten los prejuicios relacionados con el sexo femenino (inestabilidad emocional, pasividad, debilidad, miedo, etc.) y que las estadísticas desmienten pero que son insuficientes para empoderar a las mujeres y darles una participación de igualdad en todos los ámbitos de la vida. ¿De quién es responsabilidad esto?

 

La responsabilidad es nuestra, de las mujeres. No de los hombres. Si bien necesitamos hacer un trabajo conjunto, donde ambas partes tomen consciencia de cuán perjudiciales son los prejuicios que hemos alimentado en relación a ambos sexos, empoderarnos y encontrar un lugar justo en la sociedad es una tarea individual. Nadie puede hacer por nosotras, lo que solo a nosotras nos corresponda hacer desde el lugar donde nos encontremos.

 

Para eso están las historias de mujeres que nos inspiran. Las mujeres que encontraron la fuerza dentro de sí para bogar por la justicia, la libertad y la equidad de oportunidades. Mujeres que decidieron manifestarse en las diferentes esferas de la vida social: educación, ciencia, política, artes, cultura, negocios, medios de comunicación, etc. sabiendo que tenían algo crucial que aportarle al mundo para crecer, crear, innovar, renovar y humanizar. Por mencionar solo algunas de las figuras femeninas que han cambiado el rumbo de la historia y que han dejado huella con su trabajo y sus talentos están: Coco Chanel, María Montessori, Madre Teresa de Calcuta, Margaret Thatcher, Oprah Winfrey, Michelle Weiner-Davis, Indra Nooyi y Madonna. Mujeres que se han convertido en un ejemplo para todas las demás, porque desde las condiciones más adversas pudieron ser agentes de cambio, trascender en pensamientos, actos y decisiones y aportar valor a este mundo.

Para mi es una bendición haber nacido mujer y gozo de mi femineidad, pero reconozco el desafiante papel que nos ha tocado ejercer en medio de condiciones hostiles y desiguales. Hemos tenido que luchar para ir ocupando espacios preponderantes en la vida, de los que se nos ha excluido y/o exigido sin consideración alguna solo por ser mujeres.

El Día Internacional de La mujer es un día muy especial. Es una invitación para hacer una recapitulación de dónde estábamos y donde nos encontramos hoy. Es un día para reconocer las diferencias que tenemos en relación al sexo masculino y celebrarlas, al mismo tiempo que validamos y honramos nuestras semejanzas siendo justos para reclamarlas. Es una llamada a no desistir, a continuar teniendo el valor de romper con esos moldes de comportamiento que nos impusieron a través de una educación obtusa y limitada y permitirnos ser todo lo que somos capaces de ser y de hacer no solo para lograr una igualdad de condiciones para la vida, sino para vivir una vida plena, feliz y con sentido.

Gracias a todas las mujeres de mi vida que me inspiran a ser una mejor persona, pero sobretodo a mi madre que me impulsó a estudiar y a incursionar en el campo laboral obviando los obstáculos que, como género, muchas de nosotras tenemos.

 

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

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