Mirador

Viene un zenzontle al árbol de mi casa y canta, y la mañana se levanta a oírlo.

Por la noche hay un grillo en el jardín: el fin del día se alarga en el acorde monocorde de la pequeña canción, mínima como la voz de una violeta.

Zenzontle matutino y grillo nocturnal… Las complicadas armonías con que el ave hace malabarismos en la luz se vuelven ritmo elemental cuando en la noche canta el grillo. Igual el tráfago del día que se aquieta en la sombra. E igual también, supongo, la tarde de la vida. En ella todo se hará mansa quietud, simplicidad gratísima. Entonces, guardando en la memoria la espléndida melodía del ruiseñor, deleitaré el oído con la sencilla música del grillo, tan semejante al latido del propio corazón.




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