Mirador

Por Catón

Argos era un hermoso perro, un pastor alemán. Cuando mi amigo -su dueño- y yo charlábamos, él seguía con atenta mirada nuestra conversación, y no hacía ninguna demostración externa de escuchar las tonterías que decíamos. Porque las entendía, estoy seguro. Pero las sabía perdonar.

Los perros, igual que los santos y que los seres que aman, lo perdonan todo.

Un día Argos desapareció. Confiado, siguió quizás a alguien que le hizo una caricia y luego lo robó. No sabemos. El caso es que desde ese día Argos ya no estuvo ahí diciéndote con ambos extremos de su cuerpo que te quería: con su ladrido alegre y con su cola jubilosa.

Los hijos de mi amigo lloraron. Y él lloró también, aunque a escondidas. Pasaron ocho meses, Y un día Argos volvió a casa. Apareció así, de pronto. La sirvienta, nueva en la casa, le dijo a mi amigo que en el jardín estaba un perro que no se quería ir.

Mi amigo fue a verlo y ahí estaba Argos, flaco, lleno de señales de golpes, con una cicatriz en torno de su cuello, como si hubiera estado siempre atado. Mi amigo llamó a sus hijos y ellos lloraron otra vez. Y mi amigo también lloró, ahora a la vista de todos.

Homero escribió de un perro que también se llamaba Argos y que murió de alegría al ver llegar a su amo, ausente durante muchos años.

Muy bien conocía a los hombres Homero. Por eso pudo escribir acerca de los perros. Son tan humanos. ¡Hasta mañana!…- Saltillo, Coahuila.

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