Mezcla mexicana: petróleo & corrupción

Mezcla mexicana: petróleo & corrupción

Por Lorenzo Méyer (*)

Un triunfo más del Norte sobre el Sur. Como bien observara René Delgado, de la pila de supuestas reformas que sacó de su alforja Enrique Peña Nieto al inicio del sexenio sólo una le importaba: la energética (“Reforma”, 5 de abril). Ésa es la que le han celebrado urbi et orbi el gran capital nacional e internacional, la que cambió la Constitución y franqueó de nuevo el acceso a ese capital a la explotación de un recurso natural no renovable cuyo valor de mercado es de miles de millones de dólares.
Vale subrayar que desde los 1940 Washington presionó a México para que se hiciera lo que finalmente se hizo.
Material peligroso. Políticamente, el petróleo es muy corrosivo. Consideremos el caso de Canadá, un país desarrollado, democrático, preocupado por su ecología y con una estructura institucional fuerte. Sin embargo, esa estructura perdió solidez al entrar en contacto con los intereses petroleros. Hoy, el gobierno conservador de Stephen Harper está obsesionado por explotar, y rápido, la enorme riqueza potencial de sus arenas bituminosas.
Entre 2008 y 2012, las empresas petroleras han dirigido al gobierno de Harper 2,733 comunicaciones demandando cambios en la legislación. El resultado de esta presión es que ya se han derogado o modificado ¡70 leyes que protegían el medio ambiente!, Canadá ya se retiró del Protocolo de Kioto, canceló o disminuyó recursos para investigación ambiental y una agencia gubernamental acusó a un médico de conducta “poco profesional” por sugerir que el aumento de casos de cáncer en una región está relacionado con la explotación de esas arenas (“The New York Times”, 30 de marzo).
Corrupción y abuso. Desde cierta perspectiva, se puede argüir que el tema más importante de nuestra vida pública no ha sido tanto la lucha en torno a los modelos económico o político —monarquía constitucional o república, centralismo o federalismo, conservadurismo o liberalismo, estatismo o libre mercado, autoritarismo o democracia— sino la omnipresencia de la corrupción y sus terribles efectos sobre cualquier definición de interés público.
En todas las épocas la estructura de poder en México ha rezumado corrupción y abusos, pero la actual pareciera superar a las pasadas. Basta con abrir la prensa para comprobarlo. Mexicana de Aviación, la línea aérea más antigua del país, reprivatizada en 2005 y hoy en quiebra por los manejos de un empresario prófugo. Otra empresa, Oceanografía, defraudadora en serio y en serie desde hace años, pero que hasta muy poco mantenía una relación privilegiada con Pemex. Una Comisión de Salarios Mínimos que paga a su presidente 115 veces el salario mínimo. El secretario de gobierno de Michoacán, y por un tiempo gobernador interino, que está siendo investigado por su relación con el crimen organizado.
El presidente del PRI de la ciudad de México ha sido obligado a renunciar por algo que se sabía desde hace años: la organización dentro del partido, y con dinero público, de una red de prostitución.
Un censo de trabajadores de la educación que muestra que 30,000 de ellos están “comisionados fuera del aula” y a 39,000 ni los conocen en sus supuestos centros de trabajo.
Varios alcaldes han declarado que congresistas de sus partidos les gestionan recursos públicos a cambio de un porcentaje de los mismos —“moche”— o de que se contrate la obra pública con sus asociados.
En fin, que esta lista puede hacerse interminable si se enumera todo el rosario histórico de actos de corrupción y arbitrariedad relacionada directa o indirectamente con el ejercicio del poder.
Petróleo y corrupción. Ya es un escándalo que la entrega del petróleo nacionalizado al gran capital privado se haya hecho a contrapelo de la opinión pública (véase el peso de la opinión en contra en “Este País”, noviembre de 2013) y que esa decisión no se quiera someter a consulta popular pese a que lo demandan más de millón y medio de firmas (“La Jornada”, 3, diciembre, 2013). Sin embargo, lo más preocupante es que esa entrega ha tenido lugar en el entorno de un sistema institucional débil y corrupto. No es necesario una gran capacidad predictiva para suponer que el poder corruptor de los grandes intereses petroleros que ya están, y los que desembarcarán apoyados por sus gobiernos, harán que casos como el de Oceanografía se vea como peccata minuta y al gobierno de Canadá como un ejemplo de independencia frente a las presiones de una industria que carga con una rica historia mundial de abusos.
Una conclusión. Lázaro Cárdenas ganó un lugar privilegiado en nuestra historia por muchas razones, entre ellas por la forma tan audaz en que aprovechó la coyuntura internacional —vísperas de la II Guerra Mundial— y la base social creada por su gobier no —producto de la reforma agraria y la política sindical—, para recuperar el petróleo de la nación. Sin duda Peña Nieto también pasará a la historia por su audacia, porque 75 años después de la hazaña cardenista, le devolvió a la gran empresa privada lo esencial del control y explotación de nuestro petróleo.— México D.F.
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*) Analista político y periodista




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