Manifestaciones bananeras

Por Antonio Salgado Borge

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Los que lloran por las sociedades felices que se encuentran en la historia confiesan lo que desean: no la disminución de su miseria, sino su silencio -Albert Camus, escritor francés

Originalmente acuñado para retratar la perniciosa influencia que una compañía frutera ejercía sobre el gobierno de un país centroamericano, en muchas naciones desarrolladas el término peyorativo “república bananera” ha rebasado su acepción original y se ha convertido en un calificativo empleado para denotar y categorizar aquellos eventos que son considerados, sin importar su ubicación, indicativos de retraso o de subdesarrollo.

Así, cuando en algún país de los pertenecientes al (auto) denominado primer mundo se conoce que la carne de la lasaña empaquetada, distribuida por una importante cadena de supermercados, es de caballo, o que la falta de higiene en los hospitales públicos cobra la vida de algunos de sus usuarios, no faltan las alarmadas voces que reprochan a sus autoridades las negligencias o complicidades que han permitido que en su nación surjan manifestaciones que, aunque esporádicas, resultan tan ridículas o inverosímiles que parecerían sólo imaginables en países con condiciones económicas, políticas o sociales menos favorables.

Resulta tan problemático como simplista etiquetar a un determinado país como “república bananera”. Sin embargo, me parece que los yucatecos bien podemos valernos de este término para construir una suerte de antiideal que agrupe todas aquellas actitudes o eventos que consideremos indignos del modelo de estado en que queremos vivir, y para identificar la presencia de este tipo elementos perniciosos en nuestro contexto local. Para esta tarea, la más reciente edición del carnaval de Mérida representa una inmejorable oportunidad.

En este sentido, es posible afirmar que exhibimos cualidades de “república bananera” cuando la Alcaldía de Mérida, a pesar de las condiciones de pobreza que prevalecen en varios puntos de la ciudad, se deja seducir por tentaciones populistas o económicas e insiste en destinar millones de pesos a la organización de una fiesta que tiene al alcohol como su principal protagonista y que desde hace años se encuentra, en cuerpo y alma, en manos de empresas cerveceras y radiodifusoras.

También mostramos una faceta bananera cuando insistimos, dogmáticamente, en sacralizar una celebración apelando llanamente a la tradición; sin darnos cuenta de que, al igual que el significado de muchas palabras y ceremonias añejas, en el contexto actual ésta podría carecer de sentido. Bananero es, también, dejar de lado la posibilidad de replantear no sólo la ubicación, sino el formato de un evento para rescatarlo de una crisis de orientación que le ha llevado a perder su coherencia como tradición cultural.

Parecemos una república bananera cuando un comediante local decide, de entre todas las causas posibles, emplear su poca o mucha fama para hacerse pasar por un esporádico defensor del interés público y para convocar a un “carnaval alterno” -éste en Paseo de Montejo-, en protesta por una causa tan vana y superficial como el cambio de sede de una fiesta de escasa trascendencia. Ni la miseria, ni la corrupción, ni la impunidad, ni las violaciones a los derechos humanos que a diario se viven en esta ciudad fueron causas que propiciaran la indignación de este antihéroe orgánico, que aparentemente ha considerado que la gravedad de trasladar el carnaval a Xmatkuil es de tal magnitud, que ameritaba su decidida emergencia como vocero del incontenible llamado al ejercicio del legítimo derecho de libre manifestación de los meridanos.

Exhibimos síntomas bananeros cuando los dos principales partidos políticos de nuestro estado emplean su tiempo y esfuerzo no para defender sus respectivas visiones de desarrollo o para contrastar sus ideas, sino para demostrar el supuesto éxito o fracaso del cambio de sede de una fiesta, supuestamente en manos del Ayuntamiento de Mérida. El carnaval de 2014 fue motivo para que panistas y priistas se enfrascan en una lamentable guerra en las redes sociales; el primero en voz de funcionarios públicos municipales y de simpatizantes incondicionales, y el segundo a través de un séquito de aplaudidores conformado por integrantes de su costosa estructura de beneficiarios y por gatilleros cibernéticos convertidos en comediantes involuntarios.

Finalmente, se antoja sumamente bananero considerar seriamente que el éxito o fracaso de un evento de esta especie puede ser el factor que decida el rumbo de las próximas elecciones municipales en Mérida. Al atribuir semejante importancia al cambio de sede de una fiesta que abarca apenas cinco días del año, y que no representa ningún beneficio tangible para los ciudadanos meridanos, se subestima al capital social que sostiene a esta ciudad. En el mejor de los casos, estamos ante una lectura limitada y simplista de un contexto sumamente complejo; en el peor, se trata de un deseo -consciente o inconsciente- de ver materializada una suerte de distópica democracia bananera.

El carnaval de Mérida ha explicitado, en más de un sentido, el espíritu bananero que se encarna en algunos de los más lamentables signos de subdesarrollo presentes en nuestro sistema político. A pesar de que la exhibición de este tipo de elementos puede resultar vergonzante, me parece que bien podríamos aprovechar el surgimiento de manifestaciones de esta naturaleza para focalizar algunas de las aberraciones estructurales que limitan el desarrollo de las posibilidades reales de nuestra ciudad y de nuestro estado.

Por paradójico que resulte, en ocasiones es más sencillo lograr aquello que queremos a partir de la definición y el descarte de lo que no queremos. Es ésta la oportunidad que hoy se nos presenta.- Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*) Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida




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