Los zapatistas, 20 años después

Utopía ideológica que ha dejado a muchos indígenas aún más pobres

Andrés Oppenheimer (*)

Se han cumplido 20 años desde que rebeldes zapatistas se alzaron en armas en el sur de México y yo viajé a la selva de Chiapas para entrevistar a su carismático líder, el subcomandante Marcos. Nunca me hubiera imaginado que dos décadas después muchas de las comunidades indígenas controladas por los zapatistas serían más pobres que antes.

La rebelión de los indígenas zapatistas sacudió al mundo en las primeras horas del 1 de enero de 1994, el mismo día en que entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (Nafta) entre Estados Unidos, México y Canadá.
Los indígenas, ignorados durante siglos por el gobierno central, tomaron la plaza central de San Cristóbal de las Casas poco después de la medianoche, mientras las autoridades y las fuerzas policiales estaban celebrando el año nuevo con sus familias.

Los zapatistas, con sus rostros cubiertos con pasamontañas y armados con rifles AR-15, proclamaron una “revolución contra el capitalismo”.
Esa mañana del primero de enero, fui despertado temprano por una llamada de mi editor del Miami Herald, pidiendo que me tomara el primer vuelo a México. Horas más tarde, como cientos de periodistas de todo el mundo, viajé a la ciudad de México y de allí a Chiapas.
Durante los seis meses siguientes, la rebelión zapatista fue la noticia mundial. Era la primera vez que un hombre blanco —un revolucionario que fumaba en pipa, usaba un pasamontañas negro y se hacía llamar “subcomandante Marcos”— había logrado unir a los grupos indígenas del sur de México para que se sublevaran contra el gobierno.
Lo que resultaba más interesante, y más romántico, era que —a diferencia del cubano Fidel Castro y otros líderes guerrilleros narcisistas— Marcos parecía ser un revolucionario humilde. Ocultaba su verdadero nombre, y aseguraba que recibía órdenes de un comité de comandantes indígenas.
Los intelectuales de todo el mundo se enamoraron de lo que el escritor mexicano Carlos Fuentes denominó “la primera revolución del siglo XXI”. Los zapatistas se convirtieron de inmediato en un símbolo del movimiento antiglobalización.
Aunque la revolución zapatista dejó al menos 145 muertos, miles de heridos y 25,000 refugiados, no pude evitar simpatizar con sus demandas de justicia social cuando vi la pobreza en que vivían los indígenas.
Era obvio que el gobierno central no se preocupaba por ellos. Cuando entré en San Cristóbal de las Casas, la construcción más grande que vi no fue una nueva planta de agua ni de electricidad, sino un enorme teatro para la élite blanca de la ciudad.
Meses más tarde, cuando entrevisté al subcomandante Marcos con mi colega Tim Padgett después de que los zapatistas nos condujeron con los ojos vendados hasta las profundidades de la jungla, pude obtener un cuadro más claro de la jerarquía zapatista. Marcos estaba rodeado de indígenas armados a los que identificó como los comandantes zapatistas. Ellos lo escuchaban fascinados, y festejaban cada una de sus bromas. Claramente, Marcos no era un “subcomandante” sino el súpercomandante de los zapatistas.
Meses más tarde, bajo la presión de las fuerzas del gobierno, los zapatistas firmaron un tratado de paz con el gobierno. Y Marcos —un ex profesor universitario de la ciudad de México llamado Rafael Sebastián Guillén— desapareció de la luz pública, para reaparecer esporádicamente con manifiestos políticos y poemas en los diarios de izquierda de México.
Los zapatistas aún controlan varias comunidades en Chiapas, que se proclaman autogobernadas y no aceptan muchos programas del gobierno para construir caminos, escuelas y hospitales. Afirman que están construyendo un socialismo indígena.

Pero el mundo ha avanzado, y ellos se han quedado atrás. Desde 1994, México ha empezado a tener elecciones más creíbles, en las que la oposición ha ganado dos veces.

El Nafta fue muy beneficioso para México en los primeros siete años, hasta que los ataques terroristas del 2001 contra Estados Unidos impulsaron a Washington a establecer controles fronterizos que frenaron el comercio bilateral.
Según el Coneval, la agencia oficial de estadísticas de pobreza de México, 20 años después de la rebelión zapatista Chiapas sigue siendo uno de los estados más pobres de México. En el 2010, mientras la pobreza a nivel nacional era del 46%, la pobreza en Chiapas era de más del 78%. En San Andrés Larrainzar, una de las comunidades zapatistas más conocidas, la pobreza ha aumentado desde el 68.7% en 1990 hasta el 81.3% en 2010, según el Coneval.
Mi opinión: el subcomandante Marcos y los demás dirigentes zapatistas merecerían mucho más respeto si estuvieran aceptando la ayuda del gobierno para aliviar los obscenos niveles de pobreza de los indígenas chiapanecos.
Pero al rechazar la ayuda han puesto sus ambiciones políticas por encima del bienestar de los indígenas. Se han aislado, o refugiado, en una utopía ideológica que ha dejado a muchos indígenas aún más pobres que antes.— Miami, Florida (El Nuevo Herald)
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*) Periodista




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