Los niños de hoy

Letras marginales

Mario Barghomz (*)

Para Petete; nieta y niña de mi corazón

En la época de Jesús, estamos hablando del Siglo I; la mayoría de los niños moría antes de los cinco años, y los que lograban sobrevivir hasta los nueve o 10, también era difícil que llegaran a cumplir 15. La expectativa de vida en esos tiempos era de 30 años; el 75% de los seres humanos moría antes de cumplir esa edad. Sólo el 3%, dice el estudio antropológico de esa época, llegaba a cumplir 50 ó 60.

Hoy, sólo el 1% de nuestros niños llega a morir sin que se pueda hacer nada por ellos. Nuestra expectativa de vida, desde mediados del Siglo XIX, aumenta dos años cada década, de tal manera que los niños nacidos a partir del año 2000, y si nuestra ciencia y evolución continúan con el avance hasta hoy demostrado, podrán vivir 100 ó más años.

Nuestros niños de hoy, pese a todos los prejuicios y anacronismos que persisten en nuestra época, sobre todo por aquéllos que defienden al pasado (el suyo, por supuesto, no el universal humano) como lo más justo y apropiado para cuidar, educar y desarrollar el crecimiento de un niño en nuestro tiempo; como evitar la tecnología o que continúen bajo el yugo de la nalgada, la amenaza y la antigua crianza de la “abuela sabia”, la costumbre y los principios caseros; son más libres, más abiertos, menos sencillos y más complejos, más avispados, adelantados a un proceso de crecimiento que en los años 40 y 50 se veía bloqueado, tanto en las casas como en las escuelas, por el pensamiento maniqueo de una instrucción y una educación castrante sometida al arbitrio de una evidente ignorancia.

Nuestros niños de hoy son evidentemente más sanos, física y mentalmente; demuestran cualidades impensables en el pasado reciente, el nuestro y el de nuestros padres; son niños de una generación evidentemente más preparada, más alerta y atenta tanto a la ciencia médica como a la nutrición más conveniente, a la posibilidad de una educación menos utópica y más exigente, a la conveniencia del uso de una tecnología personal, a su control y dominio desde los primeros años.

Nuestros niños de hoy tienen una carta de derechos que prohíbe legalmente a los mayores (padres, maestros o cualquier otro) abusar en cualquier sentido de su persona. Generaciones anteriores tuvieron que tolerar y admitir que era el garrote de sus padres lo que mandaba en sus casas, o la humillación y el castigo a que los sometían los maestros en su escuela lo que forjaba su carácter y los hacía buenas personas.

Nuestros niños de hoy tienen la posibilidad de ser ellos mismos desde los tres años, de que padres más abiertos, atentos y generosos, y maestros evidentemente más preparados y reservados por respeto y obligación hacia sus personas los guíen de una manera más propia, moral y científica. De que el maltrato hacia ellos (el de sus mismos padres) hoy sea un delito, y el abuso a su inocencia en la falta de diálogo y prejuicio de quien cuida, cría o educa sea y se vea también como la actitud supersticiosa e ignorante de quien pretende saber (sin saber) cómo corregir, instruir, orientar o educar una conducta infantil, que si en mucho depende del amor y el instinto de una madre durante los primeros años, poco o nada dependerá, asimismo, de lo que se ignora o no se sabe en un mundo (el de los niños) cada vez más ajeno a la ignorancia.

En lo que no han cambiado los niños de hoy respecto a los de otras generaciones o los del pasado remoto es en la esencia y el sentido de ser niños, alma y sentimiento por vivir, por desear ser amados y protegidos. En eso seguimos siendo iguales a todos los niños del mundo y del pasado. ¡Feliz día del niño, Petete!- Mérida, Yucatán.

[email protected]

—–

*) Escritor y filósofo




Volver arriba