Los mitos y el gran vacío

Agenda ciudadana

Lorenzo Meyer (*)

Mitos. Norman Mailer, el reconocido y polémico escritor estadounidense de la segunda mitad del siglo pasado, vio a los grandes mitos nacionales como “tónicos” colectivos, aunque si se abusaba de ellos, podían ser dañinos. El “excepcionalismo norteamericano” es un buen ejemplo. Para muchos estadounidenses el verse a sí mismos como parte de una sociedad cualitativamente diferente del resto del mundo ha actuado como un gran tónico. Los norteamericanos que lo toman asumen el carácter excepcional de su nación como producto único e irrepetible del tipo de colonización en el siglo XVII, del éxito de su revolución de independencia y de su apego a valores políticos fundamentales: libertad, igualdad, individualismo, antiestatismo, capitalismo y populismo (Seymour Martin Lipset, “American exceptionalism”, Nueva York, Norton, 1966). Supuestamente, ese conjunto de valores ha proporcionado a los norteamericanos éxito económico y una fuerte identidad nacional y seguridad en su destino común, pero también, y esa es la parte peligrosa del mito, un irritante sentido de superioridad que una y otra vez se ha traducido en imperialismo puro, duro y simple.

La Revolución Mexicana fue otro gran mito que, en menor grado, tonificó a una sociedad que hasta entonces tenía pocos elementos de cohesión, pues su experiencia histórica anterior estaba llena de vivencias negativas y su vida colectiva tenía los rasgos propios del subdesarrollo -debilidad económica e internacional, pobreza generalizada, una acusada desigualdad social, falta de confianza en los diferentes elementos de su estructura institucional, entre otros- a los que se sumaba el deprimente efecto del contraste inevitable y cotidiano con la avasallante y amenazante sociedad vecina del Norte.

La Revolución Mexicana se convirtió en nuestro gran mito justamente porque intentó revertir o atenuar algunas de las características anteriores. En primer lugar, porque respondió al agravio moral que generaba una dictadura oligárquica; la rebelión de “los de abajo” derrotó y acabó con un ejército profesional y luego, en un proceso un tanto contradictorio, eliminó el corazón de esa oligarquía: la clase terrateniente.

En la Constitución de 1917 puso como objetivos fundamentales mejorar las condiciones de las clases trabajadoras en una época en que el grueso de los gobiernos de América Latina combatían las demandas de una mejor redistribución de los beneficios en la relación capital-trabajo. El nuevo régimen impulsó una política educativa pensada en función de las masas, apoyó al indigenismo y a una “alta cultura” identificada con los intereses de las mayorías, y finalmente se enfrentó con cierto éxito a las potencias imperiales de la época.

El mito revolucionario coexistió con una práctica autoritaria y caciquil, y donde la corrupción de la nueva clase política evidenciaba a cada paso la contradicción entre los ideales del discurso y la realidad.

Sin embargo, las ganas de creer en un proyecto colectivo sobrevivieron a la contradicción. En su estudio comparativo de 1963 sobre la cultura cívica, los profesores Gabriel Almond y Sidney Verba encontraron que pese a tener clara conciencia de las fallas de su sistema político, un buen número de mexicanos se mostraban orgullosos de una Revolución Mexicana que les daba sentido de identidad y de futuro que entonces faltaban en Italia o Alemania (“The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations”, Princeton University, pp. 38-39, 310-312).

¿Vivir sin el “gran relato”? A partir de los años 80, la clase gobernante abandonó el mito de la Revolución Mexicana. Sin embargo, en la imaginación popular sobrevivieron dos de sus subproductos: las figuras de Francisco Villa y Emiliano Zapata, es decir, los grandes exponentes del caudillo popular que por un momento humillaron a los poderosos. Zapata y Villa son figuras que aún sirven para mantener y alimentar la idea de la legitimidad de la rebeldía contra las estructuras de poder corruptas e injustas.

Villa y Zapata, sin embargo, no son sustitutos del “gran relato” que proveyó la Revolución Mexicana y del que por un tiempo la mayoría de los mexicanos se sintió parte. La privatización, la globalización y el predominio del mercado puede entusiasmar hoy a la elite del poder, pero difícilmente a la mayoría. Es verdad que el capitalismo sí es parte del mito popular norteamericano, pero en ese caso, como se señaló al inicio, el capitalismo es sólo de uno de sus componentes y, además, al norte del Bravo la mayoría aún no considera que la realidad contradiga abiertamente al mito que, para ellos, no es mito sino una realidad.

En México, por el contrario, la sumisión a las reglas del mercado no mejoró las formas de vida de la mayoría, ni durante el liberalismo porfirista ni en el neoliberalismo de la actualidad.

Al desaparecer lo que subsistía del “gran relato mexicano” lo que queda, por ahora, es un gran vacío. Un futuro que hoy por hoy no pareciera ser otra cosa que la prolongación de un presente gris y brutal.

Resumen: “El mito revolucionario fue un elemento de identidad que funcionó. Tras su destrucción, no ha sido reemplazado por ninguna otra gran propuesta equivalente, y se nota”.- México, Distrito Federal.

Web: www.lorenzomeyer.com.mx

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*) Historiador y analista político




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