Letras marginales: tendencia fatalista del mexicano

Por Mario Barghomz

La música popular, el cine realista, el folclor, las tradiciones, la comida típica, pero sobre todo las canciones vernáculas han sido hasta hoy para el mexicano, identidad y guía, forma y modo de ser, gusto por aquello que considera suyo y de nadie más.

Cantar a cuello abierto y con un descomunal derroche de energía que “la vida no vale nada” porque “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”; estimula sin duda el subconsciente de un ser desvalido y amargado, resentido y frustrado del placer de vivir.

Es esta forma de ser y este gusto, esta preferencia por lo amargo para denunciar la propia tristeza, lo que hace que el mexicano tenga una tendencia fatalista de la vida y su persona. En el terreno de la fama, la popularidad y el éxito de una canción como ésta (una de las más populares y emblemáticas del folclor mexicano), sin duda el grado de identidad con su público es importante.

Y este es el punto; ¿por qué una canción de frustración y amargura, de tristeza y despecho por la vida gusta tanto? ¿Por qué cantar con tantas ganas y a veces con tanta rabia una canción tan tóxica para la vida? Pero sobre todo; ¿por qué hacer de ella un ejemplo vernáculo de identidad nacional?

Cantar y preferir estas canciones propias de una cantina (borracho a veces, o no), nos muestra un evidente desprecio, gusto y desahogo por lo triste de percibir una vida sin valor ni alegría, vacía y adversa. Lo extraordinario (y bizarro, por supuesto) es que estas canciones se canten hoy, casi siempre y por costumbre, en un ambiente familiar, de celebración y festejo, de anodina complacencia cuando aparece el mariachi.

Aunque ya Octavio Paz en “El laberinto de la soledad” habla de esta dualidad en nuestra identidad mexicana, de esta bipolaridad entre la desgracia y la alegría, entre el desencanto y la fiesta, entre la exaltación y el llanto; carácter nato y típico del mexicano que él describe.

Pero si lo que buscamos es valorar la vida en su dimensión positiva, más allá del desahogo inconsciente de una borrachera, del exceso alcohólico o de una alegría desbordada, del gusto por lo típico o nuestro arraigo (ya anacrónico) a lo vernáculo; canciones como ésta siempre están de más en la alegría de un entorno familiar donde se viva un entusiasmo auténticamente sano, más afín al alma y la armonía humana, al espíritu y no al resentimiento y la desgracia, al puro desahogo y la resistencia de vivir menos atado a la desgracia y más libre a la gracia.

Si como dice esta canción, la vida no vale; ¿entonces qué vale? Visto desde la perspectiva teológica; lo esencial de la obra de Dios queda sin valor, su creación de seis días de labor, sobre todo el sexto día en que fue creada la vida del hombre.

Si la vida no vale nada, entonces ésta es falsa, y quien así la canta, también.

Cuánto desencanto y desconsuelo, cuánta negación y falta de esperanza, de todo amor y toda gracia, de toda posibilidad -diría Heidegger- en la libre voluntad de uno mismo al elegir no el optimismo de la alegría de vivir, sino la desgracia y la amargura para ser cantada. Al elegir no al ser auténtico, sino al que no lo es en su exaltada queja de vivir.- Mérida, Yucatán.

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*) Escritor y filósofo.




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