La segunda residencia en la playa, un patrimonio de experiencias

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Emilio Correa Arce (*)

Cuando tenía ocho años, mi padre hizo la mejor inversión de mi vida. Se aproxima la temporada veraniega que tanto nos fascina, que tanto nos define y me pregunto, ¿de dónde vendrá esta fascinación por el mar, por la playa? No sabría cómo contestar, pero intento verbalizar las emociones que me despierta: libertad, diversión, acción, tranquilidad, reventón… en fin, cuánto hemos vivido a la orilla del mar. Definitivamente la mejor inversión de mi papá ha sido la casa de la playa.

Estas experiencias se repiten familia por familia, generación tras generación, no importando sexo, edad o condición social; la playa nos transmite una seducción especial. Cuántas experiencias, cuántas historias, romances, se viven a la orilla de mar.

Sin darnos cuenta, en la playa se rompe la estructurada convivencia de las ciudades, se crean nuevos códigos de relaciones, de vestimenta; se crean nuevas amistades, nuevos vínculos que son para toda la vida. Mientras con mi vecino en la ciudad no paso de los buenos días, el vecino de la playa se convierte en parte de mi casa, de mi familia. Una dinámica tan única y especial que se da de una manera espontánea, o tal vez aprendida en generaciones anteriores, lo cierto es que podemos decir que somos distintos aquí que allá.

Todo lo que vivimos en la temporada yucateca, en los fines de semana largos o cualquier otro día del año que estamos en la playa es una reinvención de uno mismo. El último espacio donde los adultos somos más niños y los niños, más libres. La convivencia no es opcional: la familia, vecinos, amigos, invitados, polizontes y aviadores, todos caen sin el menor recato, siempre bienvenidos.

La temporada también es reventón, es fiesta, es pesca, es esquí, es fútbol playero, es playar, es hamacas, palmeras, terrazas, castillos de arena… en fin, una oda a la libertad de dos meses. Un sinfín de experiencias nos acechan día con día, muchas inesperadas, otras muy ansiadas, no hay espacio para retraerse. La temporada está en el ADN de los yucatecos, y los yucatequizados: es la marca que llevamos con nosotros y tanto añoramos cuando no estamos aquí.

(Recuerdo lo difícil que me resultaba tener que terminar mis vacaciones a principios de agosto para regresar a estudiar al Tec de Monterrey, un mes antes que el inicio de clases para mis compañeros aquí; nuestra temporada es un concepto que definitivamente resulta muy difícil de entender a casi cualquier otro connacional).

Después de la temporada, la orilla del mar con su magia siempre tiene algo para ofrecernos: la naturaleza en su estado más indomable y puro; sol, olas, viento, arena, siempre imponente, siempre vasto, se antoja eterno. Nos brinda un espacio de calma, de tranquilidad, de escape, de relajación, de meditación y encuentro con uno mismo.

Ahora, cuando trato de imaginar el espacio idóneo, me doy cuenta que más que el espacio, lo más importante son las experiencias, lo que hace tan maravillosa y fascinante nuestra vida playera. Y me vienen a la mente mis ocho años, mis 12, 18, 25, etcétera. Siempre hay un recuerdo imborrable que nos marca y nos define.

El dinamismo actual de la vida urbana. Con las agendas cada vez más apretadas, más tiempo en traslados, más actividades para llenar hasta el último espacio del tiempo de nuestra vida cotidiana, hace más perentorio la segunda residencia. El encuentro con ese espacio sagrado, ese espacio donde nos reinventamos, donde nos liberamos.

La segunda residencia va mucho más allá de unas vacaciones en un resort hotelero, no es un escape, es como un mundo paralelo. La segunda residencia es el espacio donde los sueños se convierten realidad, sueños de libertad, de armonía, de diversión, de convivencia, de relajamiento en el calor de hogar.

El nuevo empuje que está viviendo Yucatán en el sector inmobiliario y particularmente en los desarrollos de playa hace que invertir en una segunda residencia cobre más sentido. Desde el punto de vista de funcionalidad, los desarrollos actuales ofrecen espacios interesantes de convivencia y resuelven casi todas las contingencias que usualmente se presentan en las casas de playa. Nuevos modelos de adquisición, financiamiento de largo plazo y tasas de interés como nunca las habíamos visto, hace que ya no sean sólo unos cuantos privilegiados los que puedan gozar de una propiedad en la playa.

Asimismo, muchos propietarios ven a su segunda residencia, además de su recinto de esparcimiento, como una inversión patrimonial que además de grandes experiencias, les deja grandes rendimientos. Los niveles de plusvalía que gozan estas propiedades hacen que cualquier otra inversión financiera se vea ridícula a su lado. Esta tendencia de lograr índices de plusvalía muy altos se va acentuando cada vez más, ya que la playa es un recurso finito: cada vez hay menos y nosotros más.

La ocupación de las residencias a la orilla del mar ya no es un fenómeno de sólo dos meses, hay más gente que disfruta de la playa durante todo el año, esto permite que las propiedades en la playa sean cada vez más productivas. Los ingresos por rentas son muy superiores a los costos de mantenimiento, lo que hace más atractivo tener una segunda residencia.

Y bueno, resta decir que la inversión que hizo mi papá hace ya más de treinta años sigue rindiendo frutos para hermanos, sobrinos, hijos, nietos y los que vengan; el patrimonio de las experiencias sigue multiplicándose.- Mérida, Yucatán.

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*) Licenciado en Mercadotecnia por el Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey, con maestría en Filosofía de las Ciencias Sociales por la “London School of Economics and Political Science”. Tesorero de EXATEC Yucatán y director general de Buenavista Inmobiliaria, desarrolladora de Villas Wayak

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