La resiliencia de Alice…

Letras marginales

Por Mario Barghomz (*)

El arte de vivir consiste precisamente en el arte de saber ir envejeciendo -Anselm Grun

Conocí a Alice en YouTube, en una de mis acostumbradas incursiones a la Red en busca de material visual con que en ocasiones ilustro alguna charla o ponencia.

Entonces tenía 107 años y su facultad neuronal y física era impresionante, digno ejemplo y testimonio para quienes con la edad se sienten acabados. Pero además Alice era una resiliente; es decir, una de esas personas que teniendo en la vida una dura carga trágica (dolor, sufrimiento, desdicha), desarrollan una capacidad extraordinaria de resistencia y fortaleza para superar el conflicto.

Alice Herz-Sommer fue recluida en el campo de concentración de Theresienstadt, República Checa, en 1943 durante la Segunda guerra Mundial. Se había convertido, hasta el domingo 23 de febrero pasado, en la sobreviviente más longeva del Holocausto nazi.

Mujer checoslovaca de ascendencia judía, Alice era una pianista que sobrevivió a la muerte en Theresienstadt gracias a su amor por la música que la inspiró para estar presente en más de 150 conciertos aún bajo reclusión y la amenaza de morir en cualquier momento.

La historia de Alice ahora se cuenta en un documental “La dama del número 6: la música salvó mi vida” que compitió y ganó un Oscar el domingo 2 de marzo pasado, en la categoría de mejor corto documental.

Alice tuvo que cumplir 110 años para morir, y no porque se resistiera o no quisiera, sino porque simplemente amaba la vida. A pesar de su trágica historia, que además compartió con su esposo (ejecutado en Auschwitz) y su hijo, preso con ella, Alice hablaba siempre de su placer de vivir, de su opción por el optimismo y la belleza simple de la naturaleza y la música.

Mujer entusiasta, vital en su espíritu, llena de energía y con un gran carisma; solía invitar a los demás a enamorarse de las cosas buenas de la vida, a no quejarse, a vivir amando la alegría, la amistad, el placer de los otros y el amor a la música.

La música para Alice era Dios. De alguna manera la identificaba con su salvación, con su amor a la vida y a los demás, a su hijo, a su paz y su tranquilidad. Su felicidad siempre radicó en ella; aún en los momentos más difíciles, Alice recurrió a la música para encontrar, como diría Víctor Frankl, el sentido de su vida, el valor que tuvo al verse todos los días condenada a morir.Ahora Alice se ha ido del mundo físico para quedar entre nosotros como el vivo testimonio de un ser resiliente que supo encontrar templanza en su desgracia, contemplación en su miseria, y gracia en su esperanza.Yo recuerdo a Alice como el alma ejemplar que vi desde el primer momento, como la mujer que elegí de ejemplo para enseñarle a los demás el optimismo que hay que mostrar al vivir. Porque quién mejor que Alice para darnos un ejemplo de existencia auténtica, de aplomo y resistencia, de optimismo y no de amargura ante la desgracia, de cómo hacer del sufrimiento una fuente de inspiración para fortalecer nuestro espíritu, y de poder en la lucha contra un mal mayor: el desencanto y la desolación humanas a lo que Jean Paul Sartre llama: Nada. Como un alma ejemplar y benigna seguramente amada por Dios, y salvada en la muerte por su gracia; Alice seguirá viviendo un buen tiempo aún entre nosotros, a través de su imagen, su palabra y su memoria, a través de su legado, como diría Karl Marx, que ha quedado entre nosotros como herencia y testimonio de su compromiso con el resto de la humanidad, con los otros que, como ella, esperan también superar su desgracia (la que ésta sea) para entender la vida y encontrarle su propio sentido a la existencia.

… ¿Descansa en paz!- Mérida, Yucatán.

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*) Escritor y filósofo

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