La niñez solo sucede una vez

 

*Por Gabriela Soberanis Madrid

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“El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.” Oscar Wilde

 

Nos movemos dentro de una sociedad posmodernista que ha dado lugar a todo tipo de tendencias sociales; algunas han representado grandes avances para la vida, otras son objeto de reflexión y toma de consciencia. Estamos inmersos en una dinámica donde el día a día se compone de cambios importantes en los valores y costumbres, nuevos y muy variados estilos de vida, estructuras familiares diversas y un énfasis por el progreso, los logros y el éxito. Así como nos vemos favorecidos por estos escenarios en múltiples formas, también  algunos han representado un perjuicio para la sociedad, en particular para las nuevas generaciones: los niños de hoy.

No podemos pasar por alto el impacto que tiene en los niños los cambios culturales y de mentalidad, la desestructuración de las familias y las nuevas formas de convivencia, la centralización de un alto porcentaje de la población en temas relacionados con los negocios y la fuerte orientación hacia el conocimiento científico. Reconozcamos que bajo esta dinámica social y familiar no queda espacio ni consciencia para   verdaderamente contribuir al bienestar  emocional, físico y psicológico del niño. En el mejor de los casos, pasa a segundo término. Es inevitable que como resultado de esto se presenten desafíos que veíamos venir pero que, hasta hace unos años, pensábamos se presentarían como un derrumbamiento sonoro que nos daría oportunidad de despertar y tomar las acciones necesarias para resarcir los daños. Lo cierto es que los efectos llegaron de forma sigilosa y están aquí.

Estamos presenciando un mundo donde ser adulto, es el objetivo. La etapa de la inocencia en la infancia ha sufrido invasiones severas hasta reducirla de forma dramática. Está siendo interrumpida por diversos factores, entre ellos los que mencionamos anteriormente, pero principalmente por los mensajes que los niños reciben del mundo adulto y que son un reflejo de las exigencias de nuestra sociedad y nuestro entorno. Es triste ver que a una edad muy temprana los niños ya tienen preocupaciones que socavan su pureza, poniendo de manifiesto obsesiones por su imagen, necesidad de compararse con otros, preponderancia por competir e indiferencia a las necesidades de los demás. Los tergiversados estereotipos de éxito, belleza y felicidad que reciben los niños y las ideas equivocadas sobre temas que son esenciales para su desarrollo tristemente se ven reforzados en los núcleos familiares, en la mayoría de los casos, por adultos que carecen de un genuino interés por  la formación integral del niño. De lo contrario ¿por qué estaríamos enfrentándonos a tantos retos en la educación y crianza de los hijos? La respuesta es simple: ya no son niños los que estamos criando, sino pequeños adultos.

Nos hemos olvidado de cuidar los más valioso de la infancia: la inocencia. Si tuviésemos claro el valor que la inocencia tiene en la vida de las personas, dejaríamos de menospreciarla pensando que otros valores son más importantes. Hemos confundido inocencia con ignorancia e ingenuidad y hemos creído que este mundo es de los astutos y de los que llegan primero. Pero la realidad es que este mundo es de todos: ricos, pobres, blancos, negros, homosexuales, heterosexuales, jóvenes, viejos y niños … pero se ha convertido en un mundo exclusivamente de adultos. En un mundo donde se carece de la capacidad para sentir en toda la extensión de la palabra; es decir, para experimentar en un estado puro y natural, libre de temores, desde la simplicidad y con la capacidad de asombro y espontaneidad con la que todos, sin excepción, llegamos a esta vida. Lo que hemos perdido de vista es que, en contraste con la ignorancia y la ingenuidad, la inocencia nos provee de una visión dichosamente positiva del mundo.

¿Por qué hemos descuidado la inocencia de los niños? ¿Por qué hemos permitido que los niños se hagan adultos antes de tiempo? ¿Por qué hemos ignorado el valor de la inocencia sin siquiera darnos cuenta?

Hemos expuesto a los niños a vivir una brevísima infancia sin oportunidad de gozar del derecho justo y legítimo que cualquier criatura tiene de soñar, de jugar, de descubrir, de confiar, de creer que existe un mundo mejor y lleno de posibilidades que lo espera con los brazos abiertos. La inocencia es estar libre de maldad y creer que de la vida es posible esperar lo mejor. De la inocencia nace el amor, la generosidad, la capacidad de gozo, la espontaneidad, la confianza, el deseo de compartir y la gratitud.

Padres de familia, maestros, jóvenes adultos: la niñez solo sucede una vez y se va muy pronto. Cuidar la inocencia de los niños es contribuir a que en la vida adulta el individuo pueda acceder con mayor facilidad a la bondad, la sensibilidad y el amor que existe en cada ser humano. 

Para mi hija, mis sobrinos y todos los niños del mundo en su día.

*Dirección General de Enfoque Integral




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