La inseguridad en las calles

De adicto a adicto

Por Ernesto Salayandia García (*)

¿Qué es el bolso para la mujer? Es, en mi opinión, el refugio de los recuerdos; ahí está guardado todo tipo de objetos que, en suma, hacen la historia de una mujer, como puede ser el cordón umbilical de su primera hija, el chupón de su primer hijo, la canica que se tragó y después arrojó; hay fotos de toda la familia, desde nueras, consuegros, sobrinos, pareja e hijos.

También en ese bolso hay desarmadores, navajas, una tuerca de no sé qué, pero para algo ha de servir; se suman también los cosméticos, el par de medias para las emergencias, yoyos, pelotas, gises, cartas, fichas, cupones diversos, imanes para pegarse en el refri y muchas cosas más, que hacen de su bolso “un verdadero convento que llena de madrecitas” y, parece mentira, todo sirve, como el corcho de la botella que bebieron y que fue guardado desde que le pidieron la mano, hay quien colecciona cajitas de cerillos o encendedores, por puesto las pinzas para depilar no faltan, ni la cucharita especial para enrizar las pestañas, ni el corta uñas, mucho menos el perfume y el desodorante, para lo que se necesite.

Son, pues, los bolsos, un cofre de herramientas; algunas, tal vez, nunca se usan, como una filosa navaja, las tijeras, cremas de todos sabores y colores, toallitas húmedas, hilos y botones; unas pastillitas para el aliento, otras para el dolor de cabeza o de estómago, agüita oxigenada y tantas cosas que están debidamente acomodadas; por ello, cuando algo se le pierde a una mujer, lo más fácil es poner de cabeza y echar todo para afuera.

Detrás de cualquier hecho delictivo, por lo general, hay consumo de drogas. Desde que presenté mi libro “La Saliva del Diablo”, hace ocho años, he venido afirmando que la inseguridad social en gran parte se debe al alto índice de drogadicción. Delitos como la extorsión, el secuestro, el asesinato, el robo en todas sus características, la violencia urbana y otros tienen en su haber el uso y consumo de algún tipo de droga y estos jóvenes, que son capaces de despojar a sus padres de sus joyas, objetos de valor, aparatos electrodomésticos, dinero y otros, piensan ¿por qué no tumbar a una débil mujer después de que retiró dinero del cajero y arrebatarle todas sus pertenencias? ¿Por qué no? De esta manera ocurren al día robos a mano armada de autos, asaltos a centros comerciales, bancos, escuelas, oficinas públicas y privadas, robos al transporte y la escala es cada vez mayor: robos en restaurantes, como el hecho reciente en la ciudad de Chihuahua, donde por cierto el malhechor está detenido y sometido a un proceso.

Nacidos para perder. Estos jóvenes, sin pena ni gloria, tienden a juntarse con otros iguales a ellos, igual de irresponsables y drogadictos; algunos se llenan de tatuajes, se marcan de por vida, otros, semana a semana, acumulan antecedentes negativos en las corporaciones policíacas, son inquilinos con frecuencia de los tribunales de menores y siempre están metidos en problemas; se les hace fácil entrar a una oficina, o a una casa o a un negocio y adueñarse de los objetos de valor que una persona adquirió a través de los años y de la noche a la mañana un desdichado drogadicto se los arrebata, y lo peor, es que mal vende lo que roba. En otras ocasiones los objetos robados son intercambiados por droga y armas, la adicción los mantiene en esta dinámica de lesionar a seres inocentes; con el tiempo se hacen doctores en la delincuencia, aprenden el mal en los centros de rehabilitación, en los tribunales de menores y en las experiencias amargas cuando tienen problemas con la ley y salen libres, y a los pocos días vuelven otra vez a consumir, otra vez a robar y otra vez a hacer daño. Por desgracia, este cáncer social crece impresionantemente todos los días y cada vez son más los menores infractores que ya no regresan a una vida normal, quedándoles pocos caminos: la cárcel, un hospital, un centro de rehabilitación, el siquiátrico o el panteón.

Mal de muchos, consuelo de tontos. Tanto drogadicto en la calle genera la inseguridad social que padecemos y el problema crece y crece sin que se le vea los pies al gato, sin que se perfilen esquemas de solución; el primer punto es el fracaso palpable y real que representa la gran mayoría de los centros de rehabilitación para niños, hombres y mujeres, donde los índices de recaídos son de 10 contra uno, es decir, de cada 10 adictos sólo uno se recupera, el resto sufre recaídas. Hay un negro historial de muchos anexos, donde se han violado todos los derechos humanos y constitucionales de los adictos, maltrato, violencia, violaciones, desnutrición y condiciones antihigiénicas; el problema es de forma y de fondo, no se respeta la Ley Federal de Salud, cualquiera puede organizar un centro de rehabilitación y abrir las puertas; la supervisión y la autoridad, brilla por su ausencia; más aún, no existe un programa profesional acorde con la realidad a las circunstancias, dejando a los adictos a la deriva, quienes pierden inútilmente tres meses de su vida encerrados en un esquema sin terapia ni ayuda profesional, y lo mismo sucede en los centros de readaptación social: los adictos no se recuperan y salen libres, sólo para recaer en las adicciones y cometer delitos contra la sociedad.

Cuando el destino nos alcance. No podemos tener un policía en cada cuadra, no hay recursos para patrullar colonia por colonia y atender el sueño tranquilo de toda una ciudad. Lo que debemos hacer es una cultura de prevención, profunda y profesional, conscientes de que este problema, el de las adicciones, le pega a todos, a los industriales, a los comerciantes, a los banqueros, a los maestros, a las religiones, le pega a todo el mundo; y los daños ahí están, con niños drogándose con inhalantes, mariguana o alcohol; ahí está la decadencia con niñas y niños prostituyéndose a cambio de sustancias. De igual manera, la ola impresionante de robos que no disminuye, por el contrario, crece como la espuma y son cada vez más menores, niños de ocho años, los que caen en las garras de las drogas; entre más temprano se inician, más difícil es salir adelante. Triste es el panorama en todo el país y más triste que la legalización de la mariguana tiene muchos simpatizantes que desconocen el daño social y la enfermedad mental, física, emocional y espiritual que es una adicción; por ello, la inseguridad está en las calles y todos estamos en riesgo. Mis artículos están a tu disposición en crisiscreces.com.- Chihuahua, Chihuahua.

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*) Periodista

»Por desgracia, este cáncer social crece de manera impresionante todos los días y cada vez son más los menores infractores que ya no regresan a una vida normal, quedándoles pocos caminos…

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