La economía yucateca del siglo XXI: Lentes inversoras

Antonio Salgado Borge (*)

El principio del individualismo, perseguirel autointerés, estaba condicionado a la proposición de que el autointerés era racional -Herbert Marcuse, filósofo alemán

La pobreza material de Yucatán está directamente relacionada con la pobreza intelectual con que se ha manejando su economía; saber fundamental para el desarrollo de cualquier estado. Es evidente que Yucatán carece de un proyecto económico serio. Ya sea por la negligencia, la indiferencia o la falta de capacidad de nuestras autoridades, la economía yucateca, famélica desde hace décadas, se encuentra hoy estancada.

El reciente anuncio de la creación de un Centro para la Competitividad de Yucatán (CCY) con el fin de recolectar, analizar y dar sentido a información que permita diagnosticar los principales problemas económicos de nuestro estado, y aportar ideas para resolverlos -un proyecto cobijado por la Coparmex (Diario de Yucatán 11/05/2014)-, se enmarca en este contexto. El oscurantismo económico que nos ha caracterizado es tan denso, que es fácil ver que un esfuerzo de esta naturaleza podría tener un efecto positivo en la economía de nuestro estado. Sin embargo, considero que existen elementos para afirmar que, para que el CCY tenga un valor real, éste debe cumplir ciertas condiciones fundamentales.

Debido a su origen, es lógico que uno de los fines de la constitución del CCY sea “apoyar a la comunidad empresarial yucateca”. Este objetivo no tendría por qué estar totalmente reñido con la “utilidad social” postulada como otro de sus fines principales; pero la experiencia a nivel nacional e internacional nos demuestra que cuando las élites económicas logran influir en las políticas públicas, éstas no necesariamente benefician a las mayorías (“The New Yorker”, 18/04/2014). En este sentido, el CCY debe enfocar la economía desde una óptica que beneficie a la comunidad local y no seguir una inercia ideológica que suele transportar los intereses de los grandes capitales nacionales e internacionales, contrarios, en muchas ocasiones, a los de los empresarios yucatecos.

El debate sobre las ideas que se discuten a nivel mundial suele tardar en llegar a Yucatán. El principal reto para el CCY será desembarazarse de los paradigmas plagados de anomalías que caracterizaron a las dos últimas décadas del siglo XX y abrir la puerta a teorías que han resultado mejores que sus competidoras. Recurro al filósofo Thomas Kuhn de nuevo para resaltar que un cambio de paradigma no se limita a interpretar los datos actuales con otros ojos, sino que implica colocarse una suerte de “lentes inversoras” que permitan ver los mismos objetos con una luz diferente: “Lo que antes eran patos ahora son conejos”. Con un cambio de paradigma se responde ante un mundo distinto, ya que la determinación misma de qué es un dato y su estabilidad depende de los instrumentos y conceptos empleados para interpretarlo (Kuhn, 2013).

La pretensión de generar empleos a través de maquiladoras, que buscan mano de obra barata y que están orientadas a la exportación o a través de la industria de la construcción, representa preservar ad infinitum las paupérrimas condiciones de vida de la mayoría de los yucatecos y, con ello, el nulo crecimiento de las empresas locales y de la economía del estado. Yucatán es una de las entidades con más bajos niveles de salarios en un país cuyo salario mínimo es el segundo peor -sólo por arriba de Haití- de todo el continente; por lo que un cambio de paradigma económico se trata de un asunto de la mayor urgencia.

Por fortuna, basta mirar fuera de nuestras fronteras para descubrir que tenemos dónde apoyarnos. No es casualidad que el libro más vendido en Estados Unidos sea, contra toda probabilidad, “Capital en el siglo XXI”, del economista francés Thomas Pikkety; obra compleja de más de 500 páginas que tiene como temas principales la inevitabilidad de la concentración de la riqueza en el sistema capitalista, su efecto letal para el crecimiento económico y la necesidad de aplicar esquemas de gravamen progresivos para corregirla. Esta problemática ha sido abordada ampliamente por premios Nobel como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, llegando a ser incluso reconocida públicamente por el Fondo Monetario Internacional (“The Guardian”, 26/02/2014).

Unas “lentes inversoras” también mostrarían al CCY que hay elementos que, a pesar de no ser considerados convencionalmente datos económicos, tienen una importancia mayor para el desarrollo de la economía que muchos de sus indicadores más sagrados. Es por ello que valdría la pena seguir los consejos de los presidentes de las universidades de Stanford y de Michigan (“The Washinton Post”, 14/11/2014), y asumir como prioridades primerísimas el establecimiento de condiciones que permitan el desarrollo de investigación científica, paso indispensable para alcanzar el grado de innovación que produce mayores utilidades y mejores fuentes de empleo, y de las humanidades, que ayudan a orientar el desarrollo hacia un rumbo democrático que evite escenarios totalitarios.

Hace 40 años el psicólogo norteamericano Walter Mischel condujo un experimento en el que dejaba a niños de cuatro años sentados a solas en un cuarto enfrente de una mesa en la que se hallaba un malvavisco (“The Economist”, 03/03/2011). Antes de salir de la habitación, el psicólogo les explicaba a los pequeños que podían comerse el dulce sin problema; pero que, en caso de no hacerlo y de esperar a su regreso, recibirían adicionalmente otro malvavisco. Aquellos niños que fueron capaces de aguantar las ansias de devorar el primer malvavisco, es decir, de diferir la gratificación, obtuvieron en el transcurso de su vida académica mejores calificaciones, tuvieron una menor tasa de deserción de la universidad y tienen mejores trabajos que los que no pudieron contener su impulso inicial.

La política económica yucateca se ha basado, cuando bien nos va, en parches y remedos que suelen responder a intereses específicos. Un despegue económico con “utilidad social” pasa necesariamente por nuestra capacidad de aprender a diferir la utilidad particular presente en aras de establecer las condiciones generales necesarias para un beneficio mayor en el futuro. El éxito o fracaso de nuestra economía dependerá, por lo tanto, del alcance y de la calidad de nuestras lentes inversoras.- Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*) Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director de la Universidad Marista




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