Internet y censura

Por Antonio Salgado Borg

¿Y dónde estamos? Pues donde se supone que ya no deberíamos estar. -Lorenzo Meyer, historiador e investigador mexicano

Una bola de nieve se ha formado y, paradoja de paradojas, la libertad aún posible en internet podría ser lo suficientemente poderosa como para echar abajo un intento de censura sumamente peligroso para la democracia en nuestro país.

El pasado viernes, el doctor Lorenzo Meyer, uno de los intelectuales mexicanos más reconocidos tanto por su calidad académica como por su integridad personal, impartió, invitado por las escuelas de negocios de la Universidad Marista de Mérida, una conferencia en la que presentó su más reciente libro, un magnífico ensayo crítico titulado: “Nuestra tragedia persistente” (Debate, 2013).

Durante su ponencia, el doctor Meyer se declaró pesimista sobre el futuro inmediato de México y postuló que la combinación de un autoritarismo que trasciende al sistema político y que puede ser rastreado hasta las bases mismas de la sociedad, los reiterados fracasos del federalismo y los desastres panista y perredista -factores interrelacionados en más de un sentido-, no permite avizorar un futuro medianamente promisorio. Para el doctor Meyer, el triunfo en las elecciones presidenciales de 2012 de la peor versión del PRI vaticina que la presidencia de la república intentará controlar todo cuanto le sea posible, es decir, cuanto la sociedad le permita.

Uno de estos intentos se ha reflejado, con pasmosa claridad, en la reciente propuesta de ley de telecomunicaciones enviada recientemente por Enrique Peña Nieto al Senado. Este proyecto, además de contravenir el espíritu original de la reforma constitucional que le precedió, incluye diversos apartados que abren la puerta en México a la posible censura del internet o al espionaje gubernamental a través del mismo.

Tal parece que nos encontramos ante una nueva edición del viejo PRI. Nuestras autoridades pretenden facultarse para delimitar el contenido de las telecomunicaciones, intervenir discrecionalmente comunicaciones privadas, localizar geográficamente, en tiempo real, a los usuarios de internet y bloquear la señal de este servicio en manifestaciones con motivos de “seguridad pública”, complicando así cualquier posibilidad de difusión de violaciones a derechos humanos o el surgimiento de “primaveras” u ocupas mexicanos.

El pesimismo del doctor Meyer parece no ser, afortunadamente, inmutable. Su autoidentificación con esta posición es, a mi juicio, de carácter determinista, y se encuentra muy lejos de ser necesitarista. La diferencia entre una y otra estriba en que, mientras que los deterministas postulan que si una de las condiciones antecedentes es alterada, los efectos de los que ésta es causa se verán también modificados; los necesitaristas afirman la necesidad e inmutabilidad de las condiciones iniciales mismas (Della Rocca, 2008); es decir, para los primeros existen otras versiones del mundo posibles.

Quizá por ello, el doctor Meyer invitó a los ciudadanos conscientes, muchos de los cuales repudian el autoritarismo, a aportar a causas comunes a través de movimientos sociales, y aseguró que sí es posible cambiar a este país pero que semejante proeza requerirá de un proceso largo y tortuoso.

El reto consiste, entonces, en identificar y entender las condiciones que han posibilitado esta tragedia, que incluyen una intocada estructura socioeconómica prácticamente colonial, una relación de subalternidad con Estados Unidos y más recientemente, una sociedad mexicana que, al igual que el imperdonable Vicente Fox, no estuvo a la altura de la fallida transición democrática de 2000; momento que representó el desperdicio de una inmejorable oportunidad de eliminar muchas de las estructuras que imposibilitan el bien común.

El último intento de censura priista se inscribe -y probablemente se inspira- en el contexto internacional. Las filtraciones dadas a conocer el año pasado por un heroico Edward Snowden que revelaron redes de espionaje masivo en manos de gobiernos, empezando por el norteamericano, parecieron no incomodar a buena parte de los cibernautas. Tampoco despertó una indignación generalizada la noticia de que las videollamadas de 1.8 millones de usuarios de Yahoo fueron recolectadas y almacenadas en su totalidad por la Agencia de Seguridad Norteamericana entre 2008 y 2010 (“The Guardian”, 28/02/2014).

Empero, la propuesta del PRI va mucho más allá. La simple intención de censura por parte de un partido en el poder evoca tiempos no tan lejanos y constituye una posición tan indignante como imperdonable, por lo que muchos mexicanos han encontrado este proyecto mucho más ofensivo que el socialmente tolerado espionaje. Paradójicamente, y gracias a este intento, se ha abierto una importante ventana de oportunidad para explicitar la amenaza autoritaria, situación que ha conducido a que diversos activistas y organizaciones de la sociedad civil logren obtener la empatía de un buen número de usuarios de las redes sociales.

En “Nuestra tragedia persistente”, el doctor Meyer afirma que en la clase media se incuban las ideas más radicales -no revolucionarias- en torno al cambio político y social. Es precisamente en esta clase donde se encuentra un buen número de los cibernautas mexicanos. Es por ello que la fuerza con que se pueda articular la protesta ciudadana contra el intento de controlar el internet, tanto en las redes como en las calles, será un muy buen ensayo para medir el estado de forma de una parte de nuestra sociedad, cuyo mínimo esfuerzo es indispensable para defender el bien común, y para establecer las condiciones que nos permitan dejar atrás la tragedia persistente en la que nos encontramos subsumidos.

La gran pregunta es si estaremos a la altura de nuestras circunstancias o si permaneceremos expectantes y pasivos ante los reflujos autoritarios que nos tienen hoy ante otro punto de quiebre.- Mérida, Yucatán.

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@asalgadoborge

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*) Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director de la Universidad Marista de Mérida




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