¿Igualdad de género?

Por Gabriela Soberanis Madrid

“Para combatir el antisemitismo no hace falta ser judío, como para luchar contra el racismo no hace falta ser negro. Lamentablemente, a veces parece que para combatir la discriminación de la mujer hace falta ser mujer.” – Soledad Gallego-Díaz.

Es parte de nuestra realidad que se le da un valor supremo a los roles, trabajos, tiempos y espacios masculinos sobre los femeninos. Basta con que ustedes mismos se pregunten ¿le damos más valor a la reproducción o la producción? ¿consideramos más valiosa la dependencia o la independencia? ¿obtenemos mayores ventajas de las emociones o de la razón?
Si bien cualquier balance que podamos realizar dejará de manifiesto que la evolución del papel de la mujer en los últimos años ha sido significativa y que constituye uno de los fenómenos más importante del XX, también es cierto que los progresos no han sido suficientes. Porque un verdadero avance no solo considera progresos a nivel político y legislativo, sino que constituye el reconocimiento verdadero de que las mujeres merecen todos los derechos considerados como universales: disfrutar de su autonomía, de educación a todos los niveles, de un trabajo bien remunerado, de libertad para expresarse y decidir por sí mismas, de seguridad social y de protección en todos los sentidos. Desde esta perspectiva, considero que falta mucho camino por recorrer.
¿Por qué este mundo ha sido dominado por hombres y que ha impedido que las mujeres gocen de mayores privilegios en todas las esferas existentes? ¿Qué se necesita para que las mujeres reconozcan que no tienen que portar todo el tiempo el rol pasivo, callado y dependiente? ¿Qué necesitamos para hacernos respetar en toda la extensión de la palabra? La información que a continuación les comparto ha dado lugar a mis interrogantes:

• La mujer trabajadora cobra un 30% menos que el hombre, en igualdad de condiciones.
• Las mujeres realizan el 67% del trabajo que se realiza en el mundo y sin embargo, sólo la décima parte es remunerado.
• A nivel mundial encontramos cifras que no superan el 16% de mujeres en puestos de dirección en grandes corporaciones y datos similares se estiman en los parlamentos.
• Las mujeres han tenido que luchar y, hasta morir por el derecho al voto. Aún países avanzados en su economía, como Suiza, consiguieron este objetivo hasta 1971.
• Una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de agresión.

Todos estos podrían parecer datos aislados. Por un lado se menciona el acotamiento de la mujer en el ámbito laboral, por otro, un notable porcentaje de participación en trabajos no remunerados, las diferencias retributivas en los empleos según el género, una evidente discriminación para ocupar puestos directivos, datos sobre las luchas por igualar los derechos de la mujer a los del varón y, aunado a esto, una triste realidad sobre el protagonismo en la violencia doméstica. ¿Cuál es el vínculo existente entre estos hechos?

Todos dejan ver una clara relación de poder de los hombres sobre las mujeres y ese poder ha dejado vulnerable a población femenina frente a muchas situaciones. Es una realidad que existe una falta de protección social que se refleja en la discriminación hacia la mujer en muchas aspectos de la vida cotidiana. Reconozco que las situaciones de desigualdad se deben a múltiples factores, algunos de ellos tan obvios como la falta de oportunidades que una mujer tiene para estudiar, trabajar, ganar su propio sustento y una consecuente dependencia en el plano económico y emocional hacia los hombres, que ha dado lugar a un círculo vicioso.

En México, los marcados roles de género se han tergiversado al punto en que ya muy poco tienen que ver con nuestras naturales diferencias, sino con el hecho de que alguien tiene que tener poder sobre de alguien y, en general, termina siendo el hombre sobre la mujer. Me gustaría detenerme en éste punto porque de aquí se desprenden muchos de los malos entendidos que han mantenido a la mujer en situaciones de desventajas.

Los roles constituyen las normas y expectativas que determinan la forma en que una persona toma decisiones, actúa y siente en función de su género. Como ya sabemos, los roles y los estereotipos han vinculado a la mujer con tareas y actividades asociadas a la crianza de los hijos, los cuidados de otros, el sustento emocional y todo aquello que está circunscrito al ámbito doméstico. De la misma manera, al hombre se le ha asociado con las tareas que tienen que ver con la fuerza física, los riesgos, el sustento económico y, en general, con las actividades que se desarrollan en el ámbito público. Así, en términos generales podemos decir que la mujer está predispuesta a cuidar de la progenie y el hombre a encargarse de la seguridad física y económica de la familia. Desde luego no necesitamos enfatizar que estos roles han ido sufriendo cambios dramáticos, lo que explica gran parte de las problemáticas que vivimos a nivel individual, familiar y social.

En virtud de que no considero que los hombres y las mujeres seamos iguales, tengo que resaltar el hecho de que no me encuentro en conflicto con los roles preestablecidos por la naturaleza y la sociedad. Estos roles podrían haber sido – en un principio – una clara expresión de nuestras diferencias y nuestras capacidades naturales y pudimos haberlas empleado como un medio para complementarnos y hacernos la vida más sencilla. A cambio, la realidad nos muestra un escenario por demás injusto, donde estos roles de género han sido utilizados como una expresión de poder para supeditar a las mujeres a un mundo de hombres, donde las desventajas se han hecho notar con claridad y han logrado asfixiar el verdadero potencial de las mujeres, dejándolas rezagadas y limitadas para ser todo lo que son capaces de ser.

Pero no me malinterpreten. Con lo anterior no estoy sugiriendo que una mujer tendría que tomar el rol de un hombre para hacerse valer, pero si considero necesario señalar que los logros alcanzados en cuanto a la igualdad de género no ha permitido del todo que se rompan paradigmas, que olvidemos las discriminaciones y que dejen de persistir las amenazas de retroceso. Como yo lo veo, existen cuatro aspectos que son prueba fehaciente de que todavía hay mucho por hacer:

a) La violencia de género.
b) La desigualdad laboral.
c) La doble carga de trabajo que sufre la mujer.
d) La realidad de una democracia no paritaria.

Concentraré la mayor parte de mi atención en el primero punto porque lo veo como la causa y consecuencia de todos los demás. Por donde queramos verlo, las modalidades de maltrato y de violencia surgen, sin variación alguna, como un medio de control hacia las mujeres. En sus diferentes expresiones, son uno de los aspectos que más aleja a la mujer de la posibilidad de sentirse libre para ser y hacer y ocupar un lugar preponderante en la sociedad.

En un estudio nacional realizado por especialistas de la UNAM y de la CONAVIM, se encontró que en México todas las mujeres han sufrido algún episodio de violencia en algún momento de su vida. Estos hechos no distinguen nivel social, económico o cultural. Según este estudio, la frase más común de las mujeres es: “Tengo miedo. No soy feliz”. Personalmente me impactó saber esto porque no solo considero que un hombre jamás debería ser objeto de temor para una mujer (por el contrario, debería ser fuente de seguridad y protección), sino que esta es la expresión más contundente de que estamos muy lejos de alcanzar la igualdad de género.

Sabemos que todavía prevalecen las culturas con costumbres recalcitrantes que han logrado perpetuar la sumisión de las mujeres y que las mantienen en un nivel de inferioridad a costa de su propia vida. Pero quisiera que veamos otra realidad; una que también existe y es el hecho de que en muchos países ya se cuenta con información suficiente sobre lo que una mujer debe y no debe tolerar. De cómo puede sustraerse de situaciones de riesgo y peligro y así, proveerse una vida más digna en todo sentido. Pero ¿qué ocurre? Las mujeres permanecen en situaciones de violencia y desigualdad, no necesariamente debido a la falta de información, sino debido a la falta de autoestima.

Así, me parece que más concretamente la igualdad de género tiene que ver con la forma en que nos han educado a hombres y mujeres en el respeto y en el amor. Si queremos sustraernos de cualquier situación que ponga en riesgo nuestro seguridad, nuestra dignidad o nuestra integridad física, psicológica o emocional, necesitamos redefinir lo que consideramos que merecemos, lo que consideramos amor y lo que significa tener una sana autoestima. Muchas mujeres permiten situaciones inaceptables porque tienen miedo a estar solas, porque no creen que son capaces de salir adelante, porque temen a la desaprobación, a salirse de lo que se espera ellas y porque desconocen la fuerza que puede haber en su interior. Pareciera como si en la educación recibida las mujeres perdimos la confianza en nuestra capacidad de pensar, de tomar decisiones, de ser autónomas, de defender nuestros derechos y de bogar por lo que es más importante para nosotras. Nos hemos dejado definir por los roles creando estereotipos que nos limitan y que nos supeditan a mantenernos marginadas en muchos aspectos. Muchas mujeres se sienten una extensión de los demás, particularmente de sus parejas o los hombres de sus vidas (padres, hermanos, hijos, sacerdotes, consejeros, etc), lo que impide que se sientan libres para actuar y construir vidas de valor sin ceñirse al escrutinio de la sociedad y de quienes las rodean.

Estoy convencida que un hombre de calidad jamás se aprovecha de la fragilidad de una mujer cuando reconoce que dentro de ella existe una fuerza interior; pero ¿de quién es la verdadera responsabilidad de sacar esa fuerza interior? De la mujer. Por eso es que debemos de dejar de culpar a los hombres por controlar y dominar este mundo. Por aprovecharse de su fuerza física. Por no dejar espacio para que las mujeres ocupen puestos de valor. Tenemos que dejar de estar esperando que nos den respeto, que nos den un lugar, que nos permitan hacer esto o aquello. Las cosas hay que tomarlas y punto. O dejarlas y ya. Debemos de dejar de esperar que otros hagan lo que está en nosotras pedir: que nos remuneren mejor, que el reparto de las responsabilidades del hogar sea más equitativa, que la distribución de nuestros tiempos sea más justa, que haya mayor equilibrio en la toma de decisiones, que se respete nuestra integridad física, emocional y mental. Y si piensas que nada de esto es posible, entonces estás más a la merced de tu propias ideas que del dominio de cualquier hombre. Porque no hay ningún obstáculo para la mente, no hay absolutamente ninguna cerradura capaz de imponerse a la libertad de tus pensamientos. Y eso no tiene nada que ver con el género.

Una mujer tiene que tener su nivel de dignidad siempre por encima de su nivel de miedo. Es la única forma en que se puede dar a respetar y encontrar un lugar digno independientemente de dónde se encuentre. Una mujer necesita convencerse de que para lograr la igualdad de género, ante todo necesita amarse y respetarse a sí misma lo suficiente como para poner de manifiesto su fuerza interior. Necesitamos ser nosotras las que cultivemos un modelo de comportamiento que dignifique nuestra presencia y le de valor a nuestro género. Esto implica que más allá de que impulsemos modelos económicos, educativos, culturales y laborales de igualdad de género, promovamos relaciones basadas en el respeto, la libertad de expresión y el bienestar común.




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