Historias de “Malolandia” 2

Historias de “Malolandia” 2

Una forma natural de vivir
Alberto López Vadillo (*)

Son las tres de la tarde, después de haber pasado por todos los filtros de prevención, estoy en el comedor del modulo de máxima seguridad del Centro de Reinserción Social. Aquí están los internos que por el delito que cometieron y sus antecedentes son considerados peligrosos.

Como les platiqué en la entrega anterior, llegamos hasta aquí gracias a la convicción, compromiso social y una fe a prueba de todo de una monja de Jesús María, la madre Teresa Ochoa; ella libró todos los obstáculos que se le pusieron y consiguió la autorización para entrar a predicar a este lugar… el “Reino de Malolandia”.

Después de varios meses de trabajo, en la que los conoció uno a uno, hace unos días me mandó buscar y nos pidió que le ayudáramos en una tarea que de suyo se mira, y en la misma proporción, tan titánica y compleja como loable e inspiradora.
—Quiero que me ayudes a formar una banda de música y un coro, aquí hay mucho talento —me dijo con voz triunfal; luego se acercó y por lo bajito continuó: —Además quiero que hables con ellos, pero como psicólogo, porque aquí hay muchos que crecieron como niños sin amor y me parece que hicieron de eso su forma natural de vivir.

Ninguna objeción fue admitida. Intenté razonar con ella desde todos los puntos vista, el psicológico, cuestiones de seguridad, algo de doctrina cristiana, simplemente no hubo forma, siempre encontró alguna respuesta sensata que darme y remató: “Hijo, ¿Tú crees en Dios? ¿Crees en él como quien cree que mañana saldrá el Sol?”, asentí con la cabeza. “Entonces deja que él haga la chamba dura, si él nos puso en esta tarea, él nos tiene que dar las herramientas para que lo logremos”, finalizó, con una expresión típica del Norte del país. “Venga, como dicen en mi tierra: ‘Caminando y meando para no hacer charquito’, ¿qué necesitas para empezar este proyecto?”.

Nos organizamos con la logística y los instrumentos que se necesitarían y después de unos días aquí estamos parados en el comedor, con una guitarra, una libreta, todos los conocimientos adquiridos durante estos 10 años que he vivido aquí, conviviendo y trabajando con muchos pacientes penitenciarios, y una fe que con el paso de los años se ha ido transformando de ser una fe infantil, donde se pide y se reza para que se concedan las cosas, a una fe donde he aprendido a aceptar la voluntad de Dios como lo que más me conviene, aunque no sea lo que me guste más.

Poco a poco fueron saliendo de sus celdas y acercándose al comedor; sus caras eran hoscas, sus expresiones duras, sus miradas desconfiadas y escépticas, hombres acostumbrados a vivir de forma natural sin amor.

Se sentaron en las mesas del comedor y comencé presentándome y contándoles del proyecto, me escuchaban sin mover un solo músculo facial; muchos de ellos son personas sentenciadas a la máxima pena en el estado, que son 40 años, condenados a permanecer en este módulo.

Personas que no tienen absolutamente nada que perder. Sin embargo, tengo que reconocer que el trabajo de la madre Tere se notaba, pues al momento de decir que era una idea de ella sus semblantes se relajaron y por primera vez pude ver una sonrisa en alguno de ellos.

Luego de presentarme llegó el momento de conocerlos y a través de la música comenzar a saber qué les gustaba hacer, qué música escuchan, quiénes eran y de alguna forma entender cómo se habían convertido en las personas cuyos actos los trajeron hasta aquí, muchos de ellos por el resto de su vida.

Uno se pregunta ¿qué experiencias de vida les pasaron para que pudieran interiorizar que sus actos eran parte de un trabajo  cotidiano?, ¿qué les llevo a pensar que la vida de otras personas tenía tan poco valor?, ¿cómo ellos se miran ante lo que les espera como forma de vida?

Hoy hablamos de imponer penas más altas, de más años de prisión, de cárceles más estrictas, incluso en el ambiente flota la idea de discutir formalmente la pena de muerte como una opción del Estado para procurar justicia. ¿Antes no valdría la pena responder las preguntas hechas con anterioridad?

Uno a uno se fueron presentando, su nombre, su lugar de nacimiento, su música preferida, el instrumento que más les gustaba, aquí hubo que aclarar que me refería a instrumento musical, cuando uno de ellos me dijo que el instrumento que más le gustaba era “el cuerno de chivo”, en fin, será un largo camino.

En total iniciamos esta aventura 16 personas que —a juicio de muchos— no merecen ningún tipo de consideración y que a través de la voluntad de una extraordinaria mujer de fe recibirán esta oportunidad de expresarse, de aprender y de canalizar sus emociones en el idioma universal del ser humano, la música, la que los regresa a su condición natural de personas y desde donde se puede transformar su forma natural de vivir… Que así sea…— Mérida, Yucatán.

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*) Psicólogo. Interno del Cereso meridano




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