Hay que tomarlo de la mano

Hay que tomarlo de la mano

Por Carlos Guillermo Guzmán Escalante

El que tiene a Cristo lo tiene todo y la Semana Santa es la oportunidad como cristianos de tenerlo, buscarlo, encontrarlo, dejarnos llevar por Él. Es la oportunidad de acompañar a Cristo en su pasión, en su muerte pero sobre todo en su resurrección.

Es la semana de salir de la rutina de las vacaciones tradicionales, de renunciar a la playa, a los viajes, a la diversión, a las cosas materiales, a la televisión y acompañar a Jesús en la parroquia, la capilla o el centro de oración en los oficios que se realizan, en las Pascuas matrimoniales o juveniles que se organizan, participar con entusiasmo, entrega y gratitud; hacerlo no es cosa de abuelitas ni de rezadoras. Hacerlo es buscar a Cristo, como hombres de bien y bajo la guía del Espíritu Santo, para devolverle tantito de lo que Él hizo por nosotros.

Hace un año, pasada la Semana Santa, en una hermosa mañana de mayo, llegué a practicarme unos estudios por algunas molestias que sentía en la espalda y en las costillas, no salí del hospital, sino tres días después con un diagnóstico de cáncer en fase 4 que atacaba el pulmón derecho y algunas vértebras de la columna.

La noticia en ese momento no la alcanzaba a comprender, no entendía qué estaba pasando ni por qué; ¿en qué fallé?, me preguntaba, y la típica duda: “¿Por qué a mí?”.

Fueron varios días de una terrible incertidumbre en los que tuve que ausentarme de mi vida normal; fueron muchos días en los que estuve lejos de mi parroquia, de la Eucaristía diaria, de mi apostolado, del consejo de los sacerdotes y, aunque sentía la presencia del Señor en diversas manifestaciones, no podía alcanzar a entender lo que Él quería de mí con esta prueba.

Al regresar gradualmente a mi vida normal y encontrar el consuelo de Cristo en los brazos sacerdotales de monseñor Joaquín Vázquez y los presbíteros Saúl y Jorge, así como en el consuelo y orientación espiritual de mi madre en la fe, Teresita Ochoa, R.J.M., pude entender más: “Pase lo que pase, el Señor siempre te dará lo mejor”, ahí acabaron el miedo y la duda, salí a dar lo mejor de mí en esta batalla, pude participar en muchas alabanzas, en la Divina Misericordia, en San José de la Montaña, en el Divino Niño, en la parroquia de la Asunción, me puse en la manos completas de Aquél que nunca nos abandona.

Él, a través de muchas manifestaciones, me fue poniendo el camino y yo a tratar de seguirlo, entendiendo que muchos hermanos con enfermedades “incurables” no viven a plenitud porque no buscan a Aquél que lo puede todo, y comprendí que mi experiencia y la felicidad que hoy vivo las tenía que compartir.

Un grupo de grandes amigos se unió en oración y cada mes religiosamente nos reunimos en familia a rezar el rosario niños, jóvenes, mamás y papás que dejan todo un momento para orar por mi salud y la de muchos más; eso sólo se puede dar por la mano providente del Señor.

En este tiempo, a través de muchas personas y circunstancias, he encontrado el hermoso rostro de Jesús: en el doctor Jorge, mi médico y amigo; en todos mis compañeros de trabajo y en mi gran empresa, la mejor de todas, en mis compañeros de misa diaria, en Francisco un interno del Cereso castigado permanentemente en el módulo de “alta peligrosidad”, que ha recibido la palabra de Dios y que en sus cartas me ha ofrecido cualquier parte de su cuerpo para ser trasplantada en mí, un gesto de generosidad y amor por el prójimo que no se puede entender fuera de la fe en Cristo, nuestro Señor.

Volvamos a Cristo todos, el Jueves y Viernes Santos, así como en la Vigilia Pascual, en especial tú que te sientes enfermo, triste, cansado, abandonado, sin esperanza. Jesucristo nuestro salvador está allá, sólo tenemos que tomarlo de la mano. ¿Señor a quién iremos?- Mérida, Yucatán.

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*) Mercadólogo




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