Hacer lo que Jesús hizo

Por Alberto López Vadillo

Durante muchos años he participado en diferentes celebraciones de Semana Santa, desde las tradicionales con mis padres, hace bastantes años, hasta las pascuas penitenciarias que en los últimos 11 años me han tocado compartir en el Centro de Reinserción Social, pasando por las heroicas pascuas juveniles y universitarias, o las pascuas misioneras en diferentes comunidades del interior del estado.

Todas tienen un sabor particular, se desarrollan con una dinámica diferente; los participantes son distintos y variados, los hay curiosos, como los adolescentes, o impetuosos y propositivos, como los universitarios, así como también silenciosos y observadores, como la gente del interior que sigue obediente las instrucciones de quienes vamos a “evangelizarlos”, aunque en el más de los casos son ellos los que nos han mostrado maneras más leales de permanecer en la fe; y en los últimos años los internos penitenciarios, que buscan en la pasión, muerte y resurrección de Jesús un bálsamo a sus espíritus atribulados por los remordimientos.

A pesar de lo distinto de cada grupo y de lo singular de cada pascua, todas tienen algo en común, siempre se presenta en ella la historia de Jesús; se cuenta una vez más la historia de cómo fue su pasión, muerte y resurrección.

Fue así que este año hicimos algo distinto, decidimos que íbamos a vivir la Semana Santa desde una experiencia nueva, al menos para mí, estimado lector; no recordamos una vez más la historia de Jesús, más bien quisimos conocer más al Jesús de esa historia que escucho desde que tengo uso de razón y lo hicimos a partir de hacer las cosas que el haría.

En esta ocasión nos metimos a trabajar con los internos penitenciarios más deteriorados, hicimos una pascua donde nunca se había hecho, con internos penitenciarios psiquiátricos, básicamente seres humanos que no tendrían que estar en el Cereso porque se consideran inimputables, esto es, no son conscientes ni responsables de sus actos y en su caso la ley indica que deberían ser entregados en custodia a un familiar, esto, claro, si apareciera alguno, cosa que por lo general y tristemente no sucede.

El lugar donde deberían estar estos internos es motivo de una complicada controversia; no pueden estar en el hospital psiquiátrico porque cometieron un delito, pero no deberían estar en un centro penitenciario porque son pacientes psiquiátricos y no hay los elementos necesarios para su atención, así que muchos van y vienen del hospital al Cereso, según su estabilidad y condición mental.

Lo mismo sucede con los internos penitenciarios geriátricos, hombres mayores de 70 años con una colección de enfermedades y padecimientos, que además, en el más de los casos, están con síntomas de demencia senil; la ley establece que podrían tener prisión domiciliaria o alguna de las variantes que se establece en la ley de ejecuciones y sanciones. Sin embargo, y para ser honestos, como muchas de las cosas de esta ley, se les presta poca atención o tienen poco interés los jueces de ejecuciones que tendrían bajo su responsabilidad hacerla valer y aplicarla adecuadamente, así como las autoridades de la Dirección de Prevención Social que debiesen tenerlos en cuenta dentro de los programas que entiendo desarrollan para la mejora de la calidad de vida de los internos penitenciarios.

Más allá de esto, el resultado de la experiencia fue extraordinario. Una vez más la sociedad civil organizada dio muestras de que puede hacerse cargo no sólo por su generosidad en la donación de recursos materiales, sino también por darnos su tiempo para trabajar y la voluntad para unir sus talentos individuales en una sola voz que, independientemente de los logros que se obtuvieron, que fueron muy buenos, es conmovedor y loable el hecho de que personas que no se conocen y que son completamente distintas entre sí trabajen para un fin común, en una armonía que a los oídos de Dios estoy seguro sonaba como melodía perfecta.

El sábado por la mañana, cada benefactor que asistió y participó con nosotros adoptó y se hizo cargo de un interno geriátrico o psiquiátrico; así pudimos asistir a la Misa de Resurrección que cada año oficia el señor arzobispo en el auditorio de este centro penitenciario. Al inicio de la misa se acercó a ellos y les dio una bendición especial; las sonrisas y el rostro de satisfacción de cada uno de los internos al momento de que el arzobispo ponía la mano sobre su cabeza y lo bendecía fue la respuesta a nuestra inquietud cuando iniciamos esta tarea.

Cuando llegamos e iniciamos los trabajos el miércoles vimos el panorama de estos internos y nos preguntábamos qué debemos hacer frente a tanto dolor sin sentido; la respuesta nos llegó en ese momento solemne de bendición, hacer lo que nos dictaría el Jesús que conocimos de esta historia, tomar lo que parece sin sentido y hacer algo significativo de ello… Que así sea…- Mérida, Yucatán.

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*) Psicólogo. Interno del Cereso de Mérida

Este año hicimos algo distinto, decidimos que íbamos a vivir la Semana Santa desde una experiencia nueva… quisimos conocer más al Jesús de esa historia que escucho…




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