Guardiola en Michoacán

Desde la portería hasta el centro delantero

Jorge Zepeda Patterson (*)

A Fausto Vallejo, el gobernador de Michoacán, debe gustarle el béisbol o el básquet porque resulta evidente que lo suyo no es el fútbol (y tampoco Michoacán, podrían decir algunos de sus detractores). El jueves pasado el nuevo Comisionado para la Seguridad, enviado a la entidad con poderes plenipotenciarios por parte de Peña Nieto, había dicho que él no podría ganar la guerra solo, de la misma manera que “Messi por sí mismo no te puede ganar un Mundial”. Se necesita, dijo Alfredo Castillo, “un buen portero, buenos defensas, buenos medios… y se necesita un buen director técnico que los haga jugar”. Obviamente el abogado mexiquense se comparó con Pep Guardiola y para que no hubiera dudas afirmó que estaba leyendo un libro del ex entrenador del Barcelona.

Al día siguiente el gobernador, que al parecer tampoco entiende mucho de alegorías, confundió al Comisionado con el director técnico: “Hoy veía en el periódico unas declaraciones de Guardiola…”.

En el fondo, a juzgar por las primeras decisiones del poderoso comisionado, tampoco él ha entendido muy bien la filosofía de Guardiola. Alfredo Castillo se trajo todo el equipo desde Toluca, en total 11 elementos para cubrir desde la portería hasta la posición de centro delantero. El nuevo procurador de Michoacán es el ex subprocurador del Edomex, y el flamante titular de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado fungía como ex director jurídico de la procuraduría toluqueña. Una decisión extraña porque el libro de Guardiola, intitulado “Otra manera de ganar”, argumenta la necesidad de apostar por los cuadros locales, por elementos surgidos en las propias filas de la institución que se viene a dirigir.

En realidad la contradicción con la filosofía de Guardiola va incluso más allá. Los funcionarios mexiquenses y los soldados llegados a Michoacán constituyen un ejército de ocupación. Si no entienden que la única pacificación posible en Michoacán es la que puedan construir los michoacanos entre sí, cualquier esquema de intervención está condenado al fracaso.

Habría que insistir en que los integrantes de Los Templarios o de La Familia Michoacana no llegaron de afuera. No se trata de una operación para “desalojar” a narcos que aparecieron en suelo michoacano para mortificar a la población local. Tanto los delincuentes como las brigadas de autodefensa son pobladores de Tierra Caliente.

No cuestiono la decisión del gobierno federal de intervenir en el enfrentamiento entre narcos y vecinos armados que podía derivar en una guerra civil entre la población local. Lo que cuestiono es la pretensión de que se pueda lograr un proceso de pacificación de largo plazo sin considerar a las brigadas de autodefensa como parte de la solución.

Se dice que lo único peor frente a un Estado fallido es una sociedad fallida. Me parece que las brigadas de autodefensa, con todas sus ambigüedades y los riesgos que conlleva la justicia por propia mano, constituyen un esfuerzo de los vecinos para no ser avasallados por los poderes salvajes ante la ausencia de Estado. Sí, algunos de ellos han sido armados por bandas rivales a Los Templarios; otros por intereses políticos con agendas escondidas. Pero es lo que hay; las comunidades son imperfectas y llenas de contradicciones, de la misma manera que no todo semillero de jugadores está conformado por Messis en potencia.

Luego de la pomposa declaración de Osorio Chong el lunes pasado, en el sentido de que las brigadas de autodefensa quedaban fuera de la ley y toda persona a la que se encontrara un arma sería detenida, la realidad se ha impuesto a los dictados caprichosos emitidos desde la metrópoli. Los convoyes militares que recorren las carreteras sólo son buenos para las fotos, pero lo único que provocan es que el trasiego de los criminales se realice por caminos secundarios. No es casual que a pesar de las declaraciones del secretario de Gobernación el ejército haya tenido que recurrir a estas brigadas locales porque sólo ellas pueden establecer retenes que se integran a la vida diaria de las comunidades. Sin ellos los soldados son incapaces de reconocer entre narcos y pobladores.

Pero si Alfredo Castillo quiere hacer honor al libro que está leyendo tendría que operar con eso. El éxito o el fracaso del Guardiola de Toluca dependerá de su capacidad para convertir en jugadores institucionales a estos valores locales. No pueden quedarse como brigadas de autodefensa al margen del Estado, pero tampoco pueden ser desechados arbitrariamente. En tal caso Castillo, sus funcionarios del Edomex y sus soldados tendrían que quedarse en Michoacán hasta que se hagan viejos.— México, Distrito Federal.

Web: www.jorgezepeda.net

@Jorgezepedap

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*) Periodista




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