Fronteras imaginarias

Fronteras imaginarias

3_300314p4ASBphoto01

La pulverización de lo cerrado

Antonio Salgado Borge

Yo soy tú y lo que yo veo es a mí -David Gilmour, músico británico

En una de sus escenas más conmovedoras, la película Cloud Atlas (2012) muestra a Rufus Sixsmith y Robert Forbisher, dos de sus protagonistas, en el interior de una elegante habitación en la que se exhiben decenas de figuras de porcelana impecablemente escoradas.

Retador, Forbisher deja caer la fina pieza que tiene en sus manos, al tiempo que el espectador escucha su voz explicar a Sixsmith, su pareja sentimental: “ahora entiendo que los límites entre el ruido y el sonido son convenciones; todos los límites son convenciones, esperando ser trascendidos”. El ser humano tiene, efectivamente, la capacidad necesaria para hacerlo.

En días recientes, un grupo de científicos de la Universidad de Harvard dio a conocer su observación de ondas de gravedad producidas cuando el universo tenía apenas un billón de billón de billones de segundo de vida. De confirmarse, este descubrimiento abonaría en una medida no menor a la confirmación de la llamada Teoría de la Inflación, postulada hace más de 30 años por el científico del MIT Alan Guth (“The New York Times”, 22/04/2014).

De acuerdo con Guth, poco después de haber iniciado su existencia, el universo sufrió una repentina expansión que desenvolvió el tiempo y el espacio a una velocidad mayor que la de la luz. La inflación reforzaría, a su vez, la posibilidad de que el universo sea tan sólo uno entre muchos -multiverso-, situación que terminaría por eliminar finalmente cualquier noción de límite que podamos concebir y nos haría aún más pequeños de lo que ya sabemos que somos.

No sería la primera vez, y ciertamente tampoco la última, que el ser humano cambia su perspectiva dentro del cosmos. La más famosa de todas es, sin duda, la que debemos a Copérnico, quien en su libro publicado en 1543, postuló que tanto la tierra -otrora centro del universo- como los demás planetas giran en realidad alrededor del sol. Desde entonces, diversos giros copernicanos se han producido. Gracias a procesos de investigación marcados por una actitud colaborativa y escéptica, un grupo de personas dedicadas a la ciencia se ha encargado de ampliar, una y otra vez, las posibilidades de la existencia dentro de la patente inconmensurabilidad del ser.

Nuestra vida consciente, al menos como la conocemos, es finita. También lo es nuestra comprensión de la realidad. Quizás esto tenga algo que ver con nuestra obsesiva necesidad de limitar nuestra concepción de la existencia misma a la unidad mínima individual y decerrar lo más posible nuestro entorno en busca de seguridad y de certidumbre. Sin embargo, ni siquiera esta última representa una cápsula aislada. Los descubrimientos acontecidos en el campo de la física cuántica y de la astrofísica en el último siglo no sólo revelan que todo lo existente está hecho, en el último de los términos de lo mismo, sino que prueban que, a nivel cuántico, cada cosa está conectada con la totalidad del universo.

Sin embargo, nuestra resistencia a vernos en el otro nos divide, dejando el campo abierto para los procesos de alienación indispensables para la explotación y cosificación de unos seres humanos por otros -siempre minoritarios-. En sociedades como la nuestra en las que continúa creciendo el importantísimo reconocimiento a la dignidad de plantas y de animales, tendríamos que preguntarnos por qué no se ha avanzado a la misma velocidad en el reconocimiento de la humanidad compartida con el otro.

La película Cloud Atlas se encarga, justamente, de borrar las artificiosas fronteras con las que los habitantes de este planeta nos empeñamos en fragmentarnos. Quizás por ello, en un movimiento que a mi juicio es brillante, cada uno de sus actores principales encarna -sin importar edad, raza, sexo, creencia, preferencia sexual o condición socioeconómica- a un personaje diferente en cada una sus seis tramas. A través de acontecimientos en diferentes épocas y lugares, pero que tienen como eje conductor el devenir humano a través de los mismos, los límites convencionales son rebasados y las barreras artificiales que nos dividen son ahogadas por un incontenible espíritu humano que une en la diferencia y que se revela en todo esplendor.

“Uno puede trascender cualquier convención si tan sólo primero puede concebir hacerlo. En momentos como este puedo sentir tu corazón latiendo tan claramente como siento el mío, y sé que la separación es una ilusión; mi vida ese extiende mucho más allá de las limitaciones de mi yo”, enuncia la voz de Forbisher, al tiempo que él y Sixsmith, dos víctimas de las convenciones limitativas, materializan su giro copernicano haciendo pedazos las piezas de porcelana que les rodean y derribando las estanterías que las sostienen.

La pulverización de lo cerrado no sólo obliga a la inclusión de lo humano a abrirse ante la totalidad de posibilidades infinitas, sino que ofrece una inmejorable oportunidad para orientar el sentido de la humanidad a la luz de la comprensión del lugar de la conciencia y su relación con los otros dentro de un todo inconmensurable, tanto en lo micro y como en lo macro.

Buscando rebasar sus límites, el ser humano se ha llegado a la conclusión de que en el todo del que formamos parte no hay realmente separación sustancial. Los límites convencionales son artificiales, nos cierran sobre nosotros mismos y exaltan diferencias que, ahora sabemos, son fronteras imaginarias esperando ser trascendidas.- Mérida, Yucatán.

[email protected]

@asalgadoborge

—–

*) Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida




Volver arriba