Figuras desproporcionadas

Mandela y Fox

Jorge Zepeda Patterson (*)

La muerte de Nelson Mandela es un buen recordatorio del hecho de que la historia también está hecha de pequeños o grandes actos heroicos de personas concretas y no sólo de tendencias estructurales, determinaciones económicas e idiosincrasias culturales.

La historia de Sudáfrica habría resultado distinta, sin duda, si la voluntad de Nelson Mandela hubiera flaqueado en los 27 años que estuvo en prisión. Rechazó una y otra vez las promesas de liberación a cambio de aceptar su culpa por delitos políticos de los que él moralmente se sentía inocente. Cuando salió de la cárcel su imagen pública era de tal magnitud que cambió la historia de su país. Al momento de su muerte Mandela era la persona más amada y respetada universalmente.

La comparación con Vicente Fox y Nelson Mandela que anticipa el título de esta columna es evidentemente desproporcionada. Como Brasil y México en fútbol, que corresponden a un combo diferente. Pero hay algo que lleva a una comparación inevitable: ambos fueron la figura central en “la primavera democrática” por la que transitaron sus respectivos países.

Una de las tragedias de la historia de México es que la caída del viejo régimen en el año 2000, luego de 70 años de preeminencia priista, es que —en lugar de Václav Havel o Nelson Mandela— nos tocó Fox. En ese momento frágil en que la historia es de plastilina y por breves momentos los procesos estructurales admiten la intervención de la fiabilidad humana, justo en ese momento, no nos tocó Lázaro Cárdenas o un Gómez Morín, vamos, ni siquiera un Reyes Heroles. No, justo en ese momento la historia nos jugó una mala pasada y puso en el centro del escenario un personaje caricaturesco como Fox.

Este viernes en la FIL de Guadalajara, en un homenaje en honor a Jorge Ibargüengoitia, Juan Villoro comentó que la vigencia del mordaz escritor se mantenía incólume a treinta años de su muerte. Y no podía ser de otra manera, dijo Villoro: el propio Fox, también guanajuatense, parecía producto caricaturizado de alguna de las novelas de Ibargüengoitia. Sólo un personaje de “Los Relámpagos de Agosto” podría haber sido capaz de emitir frases como “comes y te vas” o “las mujeres, esas lavadoras con patas”.

Desde luego que el fracaso de la alternancia no puede ser exclusivamente atribuido a Fox. Pero sí es cierto que los dos primeros años luego de su triunfo, el país perdió la oportunidad histórica para aprovechar el impulso de renovación que de alguna forma recorría el ambiente político. En la opinión pública había la sensación de que, en efecto, estábamos viviendo un tiempo extraordinario: el poder de nuestro voto, contra toda probabilidad, había sacado por fin al PRI de Los Pinos, ¡y sin violencia alguna! Nos sentíamos aspirantes a país de primer mundo, y se hablaba incluso de que el PRI quedaría desmantelado y con alta probabilidad de desaparecer con los estertores del viejo régimen.

Incluso aquellos que no habían votado por el panista abrigaron la sensación de que el país vivía un momento histórico. Mandela en Sudáfrica y Václav Havel en Checoslovaquia aprovecharon la energía inaugural que los instaló en el poder para impulsar modificaciones estructurales a contra pelo de las inercias del sistema.

Fox careció de toda perspectiva histórica en ese sentido. Aunque tenía un patrimonio político enorme, nacional e internacional, gracias a haber sido la figura que venció al poder monolítico del PRI, nunca quiso ponerlo en riesgo.

Vivía obsesionado por las encuestas (él inauguró la costumbre de hacer un sondeo diario) y prefirió acomodarse al status quo en lugar de desafiarlo. Confundió la presencia en los medios con liderazgo.

Creyó que su aversión a la pompa oficialista equivalía a una democratización del poder. Ciertamente su actitud ayudó a desmantelar a la institución presidencial, pero sin que eso significara un traslado a de ese poder a un tejido de instituciones democráticas.

El vacío al que condenó a la vida política fue llenado de inmediato por los poderes fácticos que adquirieron una fuerza mayor a la que ya tenían (monopolios, grandes empresarios, líderes sindicales, gobernadores). En cierta forma resultó un salto hacia atrás.

Mandela y Fox. Por distintas razones las primaveras democráticas que encabezaron estas figuras políticas duraron un suspiro, pero la de Sudáfrica terminó cambiando la vida de aquél país; mientras que la nuestra culminó reinstalando al PRI doce años después.

Para desgracia de México, la oportunidad histórica para dar el giro democrático, coincidió con la preeminencia de un personaje tragicómico: el vaquero bigotón de las ocurrencias patéticas.— México, Distrito Federal.

@jorgezepedap
Web: www.jorgezepeda.net

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*) Periodista




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