Expandiendo la zona de confort

Expandiendo la zona de confort

 

*Por Gabriela Soberanis Madrid

 

 

“Un barco está seguro en el puerto, pero no es para eso para lo que fue construido ese barco.” – Desconocido

 

Zona de Confort, lo que los expertos definen como “el lugar más conocido por el individuo, que lleva a que se maneje siempre de la misma manera aunque a veces no le sea efectiva”. El concepto comenzó a cobrar fuerza cuando empezaron a ser notorias las grandes dificultades que los seres humanos experimentaban para hacer cambios, sustituir hábitos viejos por otros más sanos, establecer metas de valor y aceptar cambios significativos en sus vidas. El refrán “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, puede resumir el concepto.

 

Sin importar el tema del que hablemos, las grandes diferencias que existen entre los seres humanos, deben resaltarse. No podemos aseverar que una situación se manifiesta de la misma forma en una persona, que en otra.  Hoy que hablaremos de la zona de confort, ocurre lo mismo. La diferencia entre unas personas y otras y sus zonas de confort básicamente estriba en las aspiraciones y valores de cada una. Cada persona tiene su particular “zona de confort”, ese lugar desde donde opera su vida actual y que le resulta cómoda. Deberíamos entrecomillar la palabra cómoda, porque se trata de una pseudo comodidad que, mejor dicho, se parece más a la monotonía y al aburrimiento.

 

Sabemos – en teoría – que la vida está en constante cambio y, sin embargo, por generaciones la meta más importante de los individuos, dentro de las sociedades, ha sido alcanzar “estabilidad” y después, conservarla a toda costa. No me malinterpreten. Tener estabilidad, un cierto grado de seguridad y lograr a base de trabajo y esfuerzo una vida cómoda y agradable no tiene nada de malo. Sin embargo, lo que ocurre con muchos es que toda vez que llegan a ese lugar donde ya han alcanzado ciertas metas y han logrado cumplir con sus principales aspiraciones, se quedan ahí, estancados. Aunque tengamos una vida maravillosa, casi perfecta, quedarse demasiado tiempo en circunstancias que no nos hagan avanzar, es estar en nuestra zona de confort.

 

Es natural pensar que si estamos tan a gusto en nuestra zona de confort ¿qué sentido tiene salir de ella? La verdad de las cosas es que en una zona de comodidad hay muchos riesgos que pasamos por alto. En esa zona vivimos desconectados de la pasión por vivir, desconectados de nosotros mismos y de nuestro verdadero propósito. Paradójicamente, hacer las mismas cosas una y otra vez durante años, puede llegar a hacer que nos sintamos perdidos y sin rumbo. Parecería absurdo vivir así, pero la gran mayoría de la gente así vive: pobres, ricos, jóvenes y adultos. Algunas personas tienen la fortuna de darse cuenta que están atrapadas en su zona de confort, pero la mayoría de la gente tiene dificultades para percatarse de que están ahí. La misma rutina las envuelve y las engaña, dándoles un halo de seguridad, un falso sentido  de bienestar y una ilusión de permanencia que pueden llegar a confundir con tranquilidad y, hasta con gozo.

Podríamos imaginar a una persona en su zona de confort como alguien que se encuentra tirado sobre su sofá predilecto o acostado en su cama viendo la televisión sin gran cosa qué hacer. Desde luego, este escenario podría representar la zona de confort de algunos, pero no necesariamente lo es. La zona de confort está conformada por muchos elementos: conocimientos, habilidades, experiencia, actitudes, ideas, rutinas, hábitos y costumbres. Todo lo que es conocido para una persona y que le es familiar.

Sabes que estas en tu zona de confort si has permanecido en el mismo lugar por mucho tiempo, si tienes las mismas relaciones, las mismas conversaciones, el mismo círculo social, una rutina inalterable que te provee seguridad y si crees que no hay razón para modificar tu entorno porque así como está, está bien. La mayoría de la gente forma hábitos y rutinas a los que no están dispuestos a renunciar, y es que aunque éstos nos den estructura y un sentido de orientación al principio, la realidad es que al cabo de un tiempo nos crean limitaciones para ver la amplia gama de oportunidades que existen a nuestro alcance. Por eso, si no estás haciendo lo que más disfrutas en la vida, si no has salido de tu ciudad en mucho tiempo, si tienes un trabajo que no te gusta, si hacer lo de siempre te da tranquilidad, si te da miedo alejarte de lo conocido, si descubres que a pesar de todo esto no tienes ganas de hacer cambios, definitivamente estás en tu zona de confort.

La zona de confort tiene muchas caras. Contrario a lo que pensamos, un número considerable de personas sufren en su zona de confort en vez de sentirse “cómodos”. Por eso es que anteriormente dijimos que se trata de una falsa idea de comodidad. Existen muchos indicios que pueden alertarnos de que nos encontramos en esta zona de peligro – además de los que ya citamos -: criticar, quejarse, lastimarse y lastimar a otros, estar deprimidos, angustiarnos, preocuparnos, tener miedo, estar enojados o estresados, la mayor parte del tiempo. Estos estados nos pueden resultar familiares y, de forma inconscientes, no estamos seguros qué haríamos sin ellos. Nos resulta conocido sentirnos así, por eso no hacemos nada por cambiarlo. Lo triste es que si estás así, no estás creciendo. Estás sufriendo.

Desde cualquier ángulo que lo queramos ver, permanecer en la zona de confort – o al menos en la misma zona de confort – de ninguna manera puede ser positivo. Está comprobado que muchas enfermedades psicosomáticas se derivan de mantenerse demasiado tiempo en la zona de confort. Ciertamente tiene algunas ventajas, pero la más grande desventaja, que nulifica todas las posibles conveniencias de estar ahí, es que no deja lugar para el crecimiento. Si no hay cambio no hay crecimiento. Y dejar de crecer es igual a agonizar, es una señal de que nos hemos conformado con lo que somos y tenemos, ya sea por ignorancia o miedo, porque no hemos podido vislumbrar nuevas oportunidades o porque nuestros anhelos han sucumbido en la rutina. Veámoslo así: pese a todo lo sí pueda haber en tu zona de confort, hay una sola cosa que jamás vas a encontrar en esos terrenos conocidos: plenitud.

Como podemos apreciar, la zona de confort es también una zona de peligro latente. El peligro está en no advertir los cambios que se requieren hacer para continuar creciendo, en permanecer inmóviles ante la inminente necesidad que tenemos de transformarnos. La gente teme abandonar la zona conocida, quizás porque cree que no podrá volver a ella. Pero eso no es cierto. La zona de confort no se va a ningún sitio, siempre permanece ahí. La idea de “salirnos” de la zona de confort tiene como propósito expandirla no perderla; y sin embargo, perdemos mucho más por temor a hacer cosas nuevas y diferentes o dejar aquellas que creemos que nos pertenecen y nos hacen sentir cómodos. Ignoramos que introducir cambios puede llevarnos a vivir experiencias mucho más gratificantes, pero sobre todo, liberadoras. Por eso es que salir de la zona de confort implica un esfuerzo. Hay que luchar y, al principio, nos sentiremos inseguros, vulnerables y hasta débiles ante las nuevas situaciones de “riesgo” que estamos enfrentando. Debemos recordar que la incomodidad es parte del proceso de crecimiento y, generalmente, significa que estamos aprendiendo y avanzando.

Olvidemos la idea de abandonar la zona de confort y pensemos en una idea más inclusiva, en donde estamos ampliando esa zona conocida, añadiendo experiencias, conocimiento y aprendizaje. De modo que no se trata de un cambio en el que pierdes lo que ya tenías, si no que se trata de un proceso de renovación donde te atreves a descubrir, a arriesgar y a aventurarte en terrenos que no son familiares. Se trata de abrirte a nuevas posibilidades, incorporar otras ideas y hacer lo que jamás pensaste que harías.

Cuando nos atrevemos a introducir cambios significativos en nuestra vida, lo que estamos haciendo es derribar barreras. Los cambios nos confrontarán con nuestros miedos y con nuestro lado más oscuro, pero no se trata de que eliminemos el miedo, sino que a pesar de el, nos atrevamos a movernos hacia adelante. Esto tiene que provocar una superación que potenciará nuestras capacidades y nos llevará a tener una vida mucho más satisfactoria.

Expandir la zona de confort es una tarea continua. Podemos optar por ir hacia lo seguro o ir en ascenso. Pero si elegimos lo segundo, constantemente tendremos que enfrentar los miedos y superarlos. Para progresar en la vida tenemos que estar preparados para pasar por tiempos de incomodidad, de miedo y de lucha y expandir la zona de confort es una forma muy poderosa de acceder a lo mejor de esta vida.

Tomemos en cuenta esto: “Las zonas de confort son ataúdes forrados de felpa. Cuando te quedas en un ataúd forrado de felpa, mueres.” ¿Dónde quieres estar tú?

 

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

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