Estampa

¿A que no saben qué?

Jorge H. Álvarez Rendón

Se dio baño de pich, bebió apurada su chocolate y agarró la libreta azul con el bendito cuestionario
—Aligera, María del Carmen… Ahí viene el camión… No olvides tus tortas.
Ay, Jesús. Por fin había llegado el día de la excusión, del tan cantado paseo que les ofreció la maestra Mechita desde quién sabe cuándo..
—Quiero que conozcan un teatro de verdad, uno bonito, antiguo, como ya no se hacen.
Sólo ir hasta Mérida ya era un buen paseo. Más de 60 kilómetros desde la hacienda. Ver las anchas calles, cantidad de automóviles, subirse a las combis con gente amontonada. La maestra Mechita los guiaba dando saltitos, muy nerviosa:
—No se separen, por favor… Irene, cuida de los más chicos, hijita… Aquieta al Carlos.
Frente a un edificio atabacado que le dijeron era la universidad, María del Carmen contempló el teatro predilecto de la maestra. Que muy histórico, que muy famoso. Tres grandes puertas de madera, segundo piso de pilares, techo alto con estatuas como de señoras.
—Ya les están esperando, crucen la calle con cuidado… es la 60, una de las más importantes de esta ciudad… Nacho, no hagas caballadas, de favor.
Ay, Dios…, lo que la maestra Mechita les había referido de aquel teatro lo tenia bien apuntado María del Carmen a la mitad de su libreta. Se llamaba como un escritor famoso. Se terminó de construir hacia 106 años, en 1907, antes de la revolución del pobre Pancho Madero…
La escalera grande, de mármol, estuvo rechula. Una vez, en una de las telenovelas que ve con chichí Mallín en las tardes había aparecido una igual, adornada con flores, liadísima la alfombra roja…
Por un momentito, mientras subía,  dejó de ser la chamaca de la hacienda, la alumna de sexto año… Su vestido ya no era chachal, el de todos los días, sino de tela fina, con muchos holanes. Se imaginó alta —no kis lum como ahora— blanca blanca y olorosa a perfume bueno.
La gran sala apareció radiante. Sillas rojas de terciopelo. Palcos a derecha e izquierda. Un círculo de dos niveles superiores donde se trepa la gente que no cabe abajo. Se sentaron para escuchar a la maestra Mechita que estaba emocionada a pesar de tanto jaleo.
—Este es un espacio para el arte. Un lugar de todos. Quizá antes fue solo de los ricos, pero ahora, hasta la gente sencilla puede ocupar un lugar, seguir los espectáculos. Que lo tengan presente.
¿Tanto habrá cambiado la vida en 107 años? ¿De verdad podían venir aquí todos? ¿Hasta su primo Jonás, el gusarapo? María del Carmen alzó la vista y contemplo la araña de cristal, el candelero enorme que fue obsequio de una presidenta… hijo de la reventada soga ¿Quién se subirá a limpiarla? Si solo el quinqué de Laurencia da trabajo…
—Aquí tocan varias orquestas —recalcó la maestra Mechita— pero ahorita están de vacaciones. Ya otra vez que vengamos nos tocarán algo bonito, suave suave…
En los balcones, como labradas y en resalte, hojas arrolladas y unos como frutos. A María del Carmen le dio ganas de tener un bajador y atrapar algunos, a lo mejor eran caimitos de pulpa o ciruelas chibales.
—Si se portan bien, ahorita nos llevan a comer granizados al Paseo de Montejo ¿lo oyeron?
María del Carmen salió del teatro todavía imaginando que era una muchacha de antes, bonita y mimada, cundida de pulseras… Sólo hasta que le sirvieron su nieve de tamarindo volvió a ser la misma de siempre.
Era bonito soñar, pero había que aceptar la realidad. No tiene nada de malo ser de una hacienda, que tu abuela y tus tías hablen la maya. No era una muchacha de las antiguas. Tampoco era bonita. Cuando se alebrestaba, Carlos le decía que era cruza de mona con saraguato… bueno, bueno, pero así y todo era feliz, muy feliz.
Nada más bajar del camión frente a su casa, corrió donde sus primos esperaban en la sombra. Se paró de jarras frente a ellos y decidió contarles su aventura en la ciudad:
—¿A que no saben qué?— Mérida, Yucatán.
[email protected]
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*) Cronista de Mérida



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