Epifanía en los Alpes italianos

Ofrenda de Reyes

Beatriz Castilla Ramos (*)

A María Inés, mi nieta

De manera sorpresiva regreso a uno de los sosegados paisajes de los Alpes italianos salpicado de coquetas aldeas, ahora teñidas de nieve.

Desde el crepúsculo las coplas de las cascadas abrazan los silentes poblados cuyas linternas se acompasan para rememorar el nacimiento del niño Jesús: esencia de la Epifanía.

Su significado, “manifestación divina”, procede del griego y se encarna a través de los Reyes Magos, quienes guiados por la estrella llegaron al humilde pesebre de Belén para adorar y honrar al Rey de Reyes. ¡Cuál fue mi encanto, al sentirme envuelta en una celebración insólita de la Epifanía que dista mucho de la creencia tradicional, que son los Reyes Magos quienes llevan dulces y regalos a los niños, previamente solicitados por sus cartas!

La “Fiesta de la luz” que celebra el nacimiento y la manifestación de “Gesú Bambino”, luz de los pueblos -esplendor de su amor divino- es recreada en algunos de esos pueblos de Val Fassa di Trento el 6 de enero, inicio de la Epifanía.

Los diminutos personajes ataviados con tradicionales y hermosos trajes que heredan por generaciones, y que portan con gallardía tanto los pequeños Reyes Magos como todos los integrantes de la procesión, siguen la luz de la estrella cometa que lleva de estandarte uno de los chiquitines a fin de trazar el camino al pesebre.

Jamás sospeché que los reyes magos y su corte iniciaran un recorrido de casa en casa, a fin de recolectar unas monedas para entregar a los pobres, al mismo tiempo que entonan en coro canciones propias de la tradición: “Partimos del Oriente con la guía de una estrella que se detuvo en el pesebre… Somos los tres reyes magos que venimos a adorar a Jesús”.

“Los pequeños reyes magos”, después de postrarse a los pies del humilde pesebre, calentado sólo por el aliento del buey y del burrito, le ofrendan unas frazadas y una sabana que atesoraban en una canasta para envolver al niño Jesús y así protegerlo del gélido invierno acrecentado al interior de la gruta donde se ubica el pesebre.

La oscuridad de la noche cede el paso a la luminosidad que emana de la inmensa fogata que marca a su vez los pasos del sendero al pesebre.

¡Feliz día de la Epifanía!, que nos recuerda: “Yo soy la Luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12).- Mérida, Yucatán.

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*) Doctora en Sociología, antropóloga e investigadora de la Uady




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