El valor del emprendimiento

El valor del emprendimiento

Por Gabriela Soberanis Madrid

“Algunas personas sueñan con hacer grandes cosas, mientras otras están despiertas y las hacen”.- Anónimo

 

En las últimas dos décadas del siglo XX se inició una transformación sin precedentes en la forma de organizar la economía. Con ella, pudimos apreciar la velocidad de la innovación tecnológica que dio lugar a una nueva forma de concebir los negocios, básicamente lo que conocemos hoy como globalización. Hoy, en pleno siglo XXI nos encontramos frente a la liberación de los mercados; ya no existen barreras para el comercio internacional y hemos visto unificarse e integrarse el sistema financiero mundial. Se ha creado una riqueza nunca antes vista. Esta es la forma como los clientes de todo tipo de negocio se han empoderado para elegir entre múltiples ofertas, reclamando la más alta calidad, pero ante todo, exigiendo innovación tanto en los productos como en el servicio. En pocas palabras, la innovación es lo que caracteriza hoy en día a la economía del mundo. Con esto, es un hecho que nos encontramos frente a una necesidad inaplazable: formar gente que esté a la altura de estas exigencias en todos los ámbitos: social, económico, cultural, ambiental, político, local y regional.

De la mano con el tema de la innovación, está el de la creatividad y de estos dos elementos se desprende el concepto de emprendimiento. Fomentarlos se ha vuelto un aspecto clave para avanzar en una economía tan competida como en la que nos encontramos y no hay duda de que son la respuesta a las necesidades tanto económicas como sociales de nuestro país y, del mundo.

 

La raíz etimológica de la palabra emprendedor proviene del latín prendere, que significa coger o tomar. Así, un emprendedor es ante todo una persona capaz de identificar una oportunidad y tomarla, al mismo tiempo que no tiene reparo en organizar los recursos que se requieren para que esa oportunidad rinda frutos. Habitualmente asociamos el término con una persona que crea una empresa, alguien que empieza un proyecto por iniciativa propia o aprovecha una oportunidad de negocio. Pero un emprendedor es más que eso y emprender, en serio, implica acciones sostenibles y duraderas que van más allá de tener un negocio o una empresa.

 

Cuando escucho hablar de emprendimiento siempre pienso que entraña una decisión, la capacidad de un individuo de poner en marcha su imaginación y de asumir algún riesgo por una iniciativa que tiene el potencial de cambiar el rumbo de la historia y tal vez, mucho más. Pero hemos de distinguir entre una persona con tintes aventureros y un emprendedor de verdad. El primero tiene entre manos ideas innovadoras y tal vez el ímpetu para echarlas a andar, pero casi siempre carece de un plan o, por lo regular, tiene un Plan B; aquel que podría ejecutar en caso de que su plan A no tuviese éxito. En cambio, el emprendedor responsable tiene muy claro lo que quiere alcanzar. En su escala de prioridades no existe un Plan B porque está convencido del valor de su Plan A y hará todo lo que esté en sus manos para lograr lo que se propone. Digámoslo de otra manera, para un verdadero emprendedor solo existe esta intención: materializar sus sueños.

 

Como hemos dicho antes, es una realidad que ante los nuevos retos a los que se enfrenta la economía se requiere de individuos con posibilidades de generar bienes y servicios de forma creativa, sistemática, ética, responsable y efectiva. Se necesita gente que tenga el valor de poner en acción una idea y que sean capaces de hacer, mediante un sistema organizado tanto de relaciones interpersonales como de recursos, que esas ideas logren concretarse y ponerse al servicio de los demás.

 

Así, alguien que se llama a sí mismo emprendedor debe poseer un conjunto de aptitudes y actitudes que lo diferencian de los demás. Es una persona que tiene una firme convicción en sus ideas y es capaz de llevarlas a cabo para hacer la diferencia a su alrededor y, hacer esa diferencia en grande. Es alguien que no se conforma con lo que ha logrado hasta el momento, está en una constante búsqueda de nuevos proyectos, nuevos desafíos y se siente capaz de avanzar un paso hacia delante, ir más allá de donde ya ha llegado. Se distingue por su grado de responsabilidad no solo hacia su desarrollo personal, sino también hacia el impacto que su desarrollo tiene a nivel colectivo. El emprendedor de corazón tiene grandes atributos: cuenta con una sana autoestima,  ética y transparencia, capacidad de liderazgo, cuidado y respeto por el medio ambiente, espíritu colaborativo, creatividad, autonomía de pensamiento y acción, gusto por la innovación, sentido de pertenencia a la comunidad, interés en aprender constantemente y de incorporar la investigación a su trabajo cotidiano.  Estos individuos reconocen que tendrán que hacer sacrificios para lograr sus objetivos y que harán lo que mucha gente no está dispuesta a hacer. Pero a diferencia de todos los demás, tienen la promesa de una futuro brillante en el que podrán gozar de éxito y satisfacción en muchos sentidos y vivir el resto de sus vidas de una forma muy diferente a la mayoría.

 

Adicional a todo lo que he descrito anteriormente existe un elemento clave en el emprendedor: cuenta con una visión muy amplia de su entorno y de quienes le rodean. Puede ver más allá de la oportunidad que se le presenta para hacer algo diferente y rentable. Existe en sus más profundas inquietudes el compromiso hacia otro seres humanos, hacia la sociedad, hacia el medio ambiente y hacia todo cuanto sea capaz de transformar. Como yo lo veo, el emprendimiento es la respuesta a muchos de los problemas que vivimos en el mundo.

 

Lamentablemente no hemos promovido lo suficiente la cultura del emprendimiento. Aún cuando su importancia es indiscutible y vemos la apremiante necesidad de contar con más personas interesadas en crear algo beneficioso para sí mismos, así como algo útil para las generaciones de hoy y las futuras, en países como México tenemos muy pocos progresos al respecto. Tanto nuestro sistema educativo como las estructuras sociales y familiares de nuestro entorno se han enfocado más en formar empleados y asalariados en vez de impulsar la formación de emprendedores que sean capaces de hacer crecer el sector productivo y generar cambios reales en la calidad de vida de quienes forman parte de su entorno.

 

Necesitamos empezar a ver el emprendimiento como una necesidad de la enseñanza básica, algo que debemos infundir en los individuos desde los primeros años de vida. Las personas necesitan creer desde muy temprana edad que tienen algo valioso qué aportar al mundo y que pueden lograrlo a través de la creación de proyectos productivos y de valor que provienen de ellos mismos y que, a la larga, les permitirá tener éxito tanto personal, como profesional y económicamente.

 

Estas líneas son un llamado al sistema educativo de nuestro país, a nuestra sociedad, a las familias y a los individuos para que comencemos a dar mayor importancia al emprendimiento. Me parece importantísimo que como parte de la educación a niños y jóvenes se promueva la innovación, la creatividad y el deseo de aportar algo de provecho a la humanidad. Es fundamental que las futuras generaciones empiecen a valorar más el esfuerzo y el mérito de emprender y que lo hagan en su justa dimensión. El emprendimiento es la clave para hacer cambios de valor en nuestra economía y en nuestra sociedad. No solo crea fuentes de trabajo, sino que inspira a tener una mejor calidad de vida, a pensar por nuestra cuenta, a dar lo que venimos a dar y a ofrecer alternativas de solución a casi cualquier problema que exista en la humanidad. En pocas palabras, es capaz de cambiar el mundo.

 




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