El toque humano Maestro, un testigo con su vida

El toque humano Maestro, un testigo con su vida

Richard Clifford (*)

Cierta tarde lluviosa de primavera, en la “Ciudad Luz”, París, Francia, en 1844 un joven profesor de 31 años, licenciado en Derecho Comercial, Doctorado en Letras y titular de la cátedra de Literatura Extranjera en la Universidad de la Sorbona, dicta clases en las que destaca que la civilización universal sólo podrá progresar si se apoya en las verdades sociales y religiosas brindadas por el cristianismo.

Fue la inspiración de sus inalterables convicciones cristianas lo que impulsó a Federico Ozanam a ser el eje de la fundación de una magna obra de caridad cristiana que en poco tiempo se comenzó a difundir por todo el mundo. Puestas bajo el patronato de “San Vicente de Paúl”, esas “Conferencias de Caridad” están hoy día en 133 países del mundo, con más de un millón de integrantes, hombre y mujeres.

Por enésima vez, el maestro Ozanam se enfrentó a una clase mezclada con varios racionalistas y anticlericales, lo que mueve al brillante profesor a hablar más enérgicamente. Al término de la clase, uno de los más recios racionalistas se le acerca a Ozanam y sin decir palabra le entrega una nota y se marcha. El maestro, cansado por sus clases y agobiado por el peso del ambiente crítico que se le viene encima, pone la nota en el bolsillo de su saco; luego, Federico toma sus libros y notas y se va a casa.

Más tarde, en el pacífico ambiente de su hogar y la placentera compañía de su querida esposa, Amelia, Ozanam saca la nota, anticipando otro ataque contra la fe o nueva crítica a la Iglesia Católica. Lentamente lee la nota y sus ojos se humedecen; pone el papel en la mesita a su lado y reclina la cabeza sobre el colchón del sillón; sus labios se mueven como en una silenciosa oración; los ojos cerrados y el rostro tranquilo, el maestro susurra: “Gracias, Señor, por tanto favor”.

¿Qué hay en esa nota que le causa a Ozanam lágrimas y gozo a la vez? Allí sobre la hojita de papel, escrito en letras firmes de alguien decidido a expresar con firmeza su sentir, se lee el mensaje del adversario: “Señor Ozanam: cuando entré a sus clases era una persona carente de fe y de respeto por la Iglesia. Hoy, gracias a usted soy un hombre cambiado; sus convicciones, su misma vida cristiana me han hecho revivir”.

Relato esta vivencia como reflexión, a propósito del recuerdo del maestro, cuya labor ha de ser un “verdadero apostolado”. “El Maestro”, dice Gibrán, “no sólo os da su sabiduría, sino más bien su fe y su afecto”. Felicitamos a todos los maestros que, al estilo de Ozanam, están inspirados por su fe y por su amor, y reconfortados por la mística de su altísima vocación para dedicarse a formar a sus alumnos en su desarrollo intelectual y cultural, y en su orientación moral, “dando testimonio”, como dice el Vaticano II: “Tanto con su vida como en su doctrina, de su único Maestro Cristo”.- Nueva York, Nueva York.

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*) Misionero de Maryknoll, presbítero católico

Relato esta vivencia en recuerdo del maestro… del que dice Gibrán: “No sólo os da su sabiduría, sino más bien su fe y su afecto”




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