El toque humano: Los regalos de Reyes

Richard L. Clifford (*)

En una hora muy temprana escribo los primeros apuntes de esta sencilla reflexión. Sentado frente a aquella gruta del “Nacimiento” acompaño a los pastores y animales que rodean al Niño Jesús. Mientras tanto, fijo mi mirada en los tres Reyes de Oriente —Melchor, Gaspar y Baltasar— recién llegados, guiados por esa estrella que alumbra el portal.

En la tenue luz y el magno silencio, interrumpido suavemente por débiles notas musicales, me concentro en estos sabios huéspedes, ofreciendo al Señor sus regalos de oro, incienso y mirra, que el meditativo momento singular se vista de un interesante simbolismo.

Al comenzar el nuevo año —con la esperanza de una fresca experiencia y el anhelo de un tiempo mejor utilizado—, entramos a 2014 suplicando al Señor una reforzada fe, la cual, como el oro llevado al Niño Jesús, otorga un brillante valor a nuestras convicciones, compromisos, y relaciones humanas que nos acompañan por el camino de la vida.
Este oro de la fe enriquece nuestra vida, ayudándonos a mantener un gran aprecio por lo espiritual.
Acercándonos más al Señor, nos llenamos —como viajeros venidos de lejos— de “una inmensa alegría”.
Mirando atrás las huellas dejadas sobre nuestras serpentinas sendas, rogamos a Dios que, como incienso elevado al cielo, el pasado haya difundido cierto “perfume” del buen testimonio de una vida dignamente llevada a cabo, inspirada en los más grandes ideales y los más nobles principios cristianos.

Enraizados sólidamente en las virtudes y los valores que embellecen la vida humana, pedimos la gracia de marchar adelante, conscientes de nuestras responsabilidades, y compartimos con los demás sus aspiraciones y ansiedades con interés, servicio y amor fraternal.

Sobre todo pedimos que este incienso sirva para aclarar nuestra visión, a fin de entender mejor el verdadero sentido y santidad de la vida. Empujados a seguir adelante con paso firme, tomamos la mano de la Divina Providencia que nos sostiene en cada momento y nos ayuda a cumplir bien nuestra misión singular, por más sencilla e insignificante que parezca.
A lo largo del nuevo camino que emprendemos en esta hora, recordamos aquella mirra ofrecida al Niño Jesús, anticipando su muerte por nuestra redención. Recordemos que estamos destinados a dejar este mundo con la esperanza de una existencia más amplia y feliz.
Que esta mirra nos recuerde que Cristo es la razón y recompensa de nuestro ser, la palabra que debemos escuchar, testimoniar y abrazar, constante y confiadamente.
Totalmente entregados a Él, Nuestro Señor nos ofrece en este nuevo año, en este mismo momento, la bendición de Su amor y Su paz.— Nueva York, Nueva York.
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*) Misionero de Maryknoll, presbítero católico



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