El toque humano

Impulso del amor personal

Autor: Richard L. Clifford (*)

La primera vez que tuve la dicha de ir a Roma hice un inolvidable y prolongado viaje en barco, el cual me ofreció una dorada oportunidad de pasar bastante tiempo en silencio y reflexión.

Cuando cruzamos las cristalinas aguas azules del Mar Mediterráneo me puse a pensar -romántica e históricamente- en los viajes sobre estas mismas aguas del intrépido misionero San Pablo, y en aquella travesía mediterránea que llevó a San Pedro hasta la “Ciudad Eterna”, donde estableció la sede de nuestra iglesia.

Hoy, en la magna fiesta de San Pedro y San Pablo me encuentro pensando, otra vez, en aquellos dos pilares de la Iglesia Católica que consagraron el suelo romano con su martirio, a eso del año 67.

Muchos conocemos a San Pablo por sus clásicas epístolas sobre la vida cristiana, llenas de sabias enseñanzas y acertados consejos. Consumido por el amor a Cristo, “El amor a mi Cristo gobierna mi vida” (2Cor. 5, 14), Pablo sufría hambre y sed, soledad y abandono, cansancio y encarcelamiento, insulto y fracaso -y aun la muerte misma- por la causa del Evangelio (2Cor. 6, 4-10).

San Pedro, a su vez, humillado después de pronunciar enérgicamente su profundo amor por Jesús, “Estoy dispuesto a dar mi vida por Ti” (Juan 23, 37), afirmó tres veces su entrañable afecto por el Maestro. Allá en Roma pidió ser crucificado cabeza abajo, pues se sentía indigno del idéntico suplicio del Señor.

Este amor personal a Cristo -expresado y vivido por Pedro y Pablo- aún vibra en cada cristiano que no vacila en su fe ni tiene vergüenza de vivirla, virtuosamente, en su diario caminar. Este mismo Espíritu le impulsa con un profundo respeto y fidelidad hacia la Persona de Cristo presente en Su Iglesia.

Hasta que Cristo no viva realmente dentro de nosotros como persona, nuestra fe en Él y nuestra identificación con la Iglesia serán sólo tradición, cultura, costumbre, devoción, conformidad o compendio de leyes y normas. Nuestros tiempos actuales reclaman por aquellos hombres y mujeres que son verdaderamente amantes de Cristo, los que viven práctica y perseverantemente la palabra y la acción: que lo llevan convincentemente al campo, a la calle, al hogar, a la oficina, al colegio, al trabajo, a cada persona con quien se encuentran en el camino. Éste es el Cristo de Pedro y Pablo, el Cristo de nuestra fe y de nuestra Iglesia, abrazado, admirado, amado y acompañado personalmente y en servicio a los demás.

Éste es el Cristo del comprometido cristiano y del fiel servidor de Su Iglesia. Como “cristianos” profesamos su doctrina, pero esta asociación no llega a ser identidad personal sino hasta que Cristo sea alguien para nosotros: no sólo una idea o creencia, un nombre o “clasificación”, sino una persona que nos anima, mueve, inspira, empuja, conforta.

Juntos, en el “Barco de Pedro”, navegamos sobre las “aguas mediterráneas” de este mundo hacia la anhelada “Ciudad Eterna”. Inspirado por los que nos han precedido y apoyados por la unidad que compartimos, pedimos constancia en nuestro amor al Señor y fidelidad a la Iglesia que orgullosamente formamos en Cristo Jesús.- Nueva York, Nueva York.

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*) Misionero de Maryknoll, presbítero católico

Las citas

“¿Racionalizar la fe? Quise hacerme dueño y no esclavo de ella, y así llegué a la esclavitud en vez de llegar a la libertad en Cristo”

-Miguel de Unamuno (1864-1936)

Filósofo y escritor español

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