El toque humano

El toque humano

Las voces del más allá

Por: Richard L. Clifford (*)

Día lluvioso, sacudido y enfriado por fuertes vientos que venían del Noreste. Bien abrigado contra el frío, camino despacio, meditando sobre el bien cuidado césped del Cementerio de Misioneros en Maryknoll. En su suave terreno reposan numerosas filas de pequeñas lápidas de mármol. Todas son iguales, sencillas, sin mayores adornos o palabras superfluas. En la mayoría de ellas sólo se lee: “Busca Primero el Reino de Dios”.

Allí descansan en paz -como buenos soldados gozando de un merecido momento de tranquilidad y triunfo- misioneros que han entregado su vida a gente de tierras lejanas. Su nombre y su misión, incrustados en el mármol, dan elocuente, inaudible testimonio de una vida dedicada -digna y devotamente- al noble ideal de evangelizar: Promover la íntegra salvación de alma y cuerpo a innumerables personas, en múltiples rincones del mundo.

Aunque todo es silencio, escucho la voz de cada uno en diferentes tonos y variadas intensidades. Algunas las conozco, pues vivía y laboraba a su lado, como amigo y hermano misionero. Pero hay muchísimas voces que no me son familiares; sólo adivino a su dueño ayudado por lo que de él he leído o que me han contado.

Como una sola voz todos hablan -de manera pacífica y orgullosa-, sin remordimiento. Unos recuerdan experiencias difíciles y desafiantes, tiempos de frustración y fracaso. Otros hablan con gratitud y gozo de una vida enriquecida por el amor de la gente y por las vivencias compartidas, en una lucha para alcanzar la meta de sus sacrificios y sus sueños.

Suaves son las palabras de muchos, fuertes las voces de algunos. Todos relatan sus años en el campo más allá, sobre terrenos receptivos y resistentes, trabajados con perseverancia, cuya riquísima cosecha es motivo de alegría y satisfacción.

En cada voz se nota inmensa esperanza, mientras todos me confirman, en común: “Ten confianza; no tengas miedo. Todo esfuerzo, toda entrega vale la pena. Es una labor tan noble como necesaria. Camina suelto -con fuerza y valor- sobre el terreno que hemos forjado, donde hemos trabajado. No andas solo, nunca mires atrás ni cuentes el costo. Es una misión preciosísima”.

La tarde se pone gris, ensombrecida por la lluvia que cae gentilmente. Para mí es un momento maravilloso. Siento que el sol está radiando espléndidamente, dando un cariñoso abrazo a las lápidas delante de mi paso, como un general, congratulando y asegurando a sus tropas. Cada misionero parece pararse para dar un sonriente saludo. Todos están marcados con el signo de Cristo y bendecidos por la paz de Dios.

Ahora escucho esa voz del Señor que, ascendiendo al Cielo, nos habla con amor y confianza. Encargándonos la misión de continuar su presencia y su palabra, a través del testimonio de nuestra vida, nos dice: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura”.- Nueva York, Nueva York.

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*) Misionero de Maryknoll, presbítero católico




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