El rol de la mujer mexicana enel mundo y su actual evolución

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Verónica Cárdenas Sosa de Gual (*)

Una de las decisiones más importantes de mi vida y que me ayudó a acabar de forjar mi carácter fue haberme ido a estudiar en el año de 1982 al ITESM, mejor conocido como Tec de Monterrey, Campus Monterrey, mi alma máter.

Después de haber tenido la experiencia de participar por un año en un intercambio cultural a Estados Unidos con AFS acabando la preparatoria y vivir uno de los años más fascinantes de mi vida, regreso a Mérida con otra visión del mundo, con ganas de empezar mi carrera y prepararme bien para el futuro.

En aquellos años, principios de los 80, ninguna de mis amigas o compañeras de escuela tenía interés en irse a estudiar fuera de Mérida, a pesar de que la oferta de universidades en esos tiempos aquí era muy limitada. Compañeros míos del CUM (Centro Universitario Montejo), que ya estaban estudiando en Monterrey, me hablaban maravillas de lo que era la vida estudiantil en el Tec. Decidida a que eso era lo que quería, les pedí apoyo a mis papás para iniciar esta nueva experiencia.

Al hacer un recuento de todo lo vivido en Monterrey, además de todo lo aprendido en las aulas, hubo sucesos inolvidables como: vivir en una casa de asistencia conviviendo con 12 chicas que, al igual que yo, no conocíamos a nadie; más adelante vivir en forma independiente, aprender a valerme por mí misma y saber valorar lo que cuesta el dinero; formar el equipo de sóftbol de LAE llamado “Las Ejecutivas”; aprender computación con el sistema Pascal y Cobol; probar por primera vez los tacos de cabeza, asistir a las juntas de la Asociación de Estudiantes de Yucatán en el Tec, teniendo público para escucharnos hablar y muchas cosas más.

Sin embargo, hubo varias ocasiones en las que me preguntaba: ¿Qué hago aquí? Medio muerta de frío, caminando bajo la lluvia para llegar a clases, pasando hambre al final del mes hasta que llegara el depósito de mi mensualidad, lejos de mis amigos de toda la vida… La respuesta la entendí más tarde: todas estas vivencias me ayudaron a ser la mujer que soy hoy día.

Hacienda Teya, un sueño compartido. En 1974, mi padre, don Jorge Cárdenas Gutiérrez, con más ilusiones que dinero adquirió Hacienda Teya. A pesar de que todos pensamos que era una locura haber comprado una hacienda abandonada casi en ruinas, él, como siempre, emprendedor y entusiasta, no se desanimó. Con mucha visión comenzó un proyecto de reconstrucción que duraría más de 15 años, convirtiéndolo en el pionero del rescate de Haciendas de Yucatán reconstruidas con fines turísticos.

En 1990, ya restaurada y con bellos jardines, Hacienda Teya realiza su primera boda, marcando una nueva tendencia de realizar eventos en haciendas y jardines.

En 1995 se inaugura el restaurante dentro de la Hacienda, con tres objetivos principales: ofrecer exquisita comida yucateca, excelente servicio y un ambiente agradable y acogedor. Hoy por hoy, 18 años después, es la clave del éxito de Hacienda Teya.

En 1998, asumo la Dirección Administrativa y en el año 2001 la Dirección General, con el objetivo de mantener los estándares de calidad que nos han distinguido, así como preservar nuestras tradiciones culinarias y motivar a las generaciones más jóvenes a valorar la auténtica comida yucateca por encima de la sobreoferta de comida rápida, y hacer que la comida yucateca traspase fronteras.

Hacienda Teya ha participado en festivales, muestras gastronómicas y tianguis turísticos, poniendo en alto la gastronomía yucateca. También ha recibido varios reconocimientos y la visita de grandes personalidades; sin embargo, nuestro más grande orgullo y satisfacción es y será siempre la recomendación de nuestros clientes.

Estamos viviendo el reto de ser la primera generación administrando el sueño de nuestro padre que, como se sabe, sólo dos de cada seis empresas familiares sobreviven a la primera generación y sólo una logra llegar a la tercera. Nosotros, que hemos vivido la visión y la pasión del fundador, hemos organizado y profesionalizado la empresa para crecer y trascender a otras generaciones.

Voluntariado AFS. Combinando mi trabajo de esposa, madre de dos hijos maravillosos y la hacienda, también me doy el tiempo de hacer un trabajo voluntario para “American Field Service” (AFS), organización internacional sin fines de lucro que este año celebra 100 años de fundación. Esta organización, a través de su programa de intercambios para jóvenes, promueve el aprendizaje intercultural mediante la inmersión de los participantes en una nueva cultura, con el fin de ayudarlos a desarrollar sus conocimientos, habilidades y comprensión necesaria para crear un mundo más justo y más pacífico.

Este ciclo escolar AFS Mérida envió a 60 yucatecos a disfrutar de la experiencia que es vivir en países tan diversos como Francia, Suiza, Noruega, China, Rusia, Hungría, Eslovaquia y muchos más.

Reflexión final

El rol de la mujer mexicana ha cambiado; ahora cada mujer tiene el potencial para ser un agente de cambio en la sociedad, pero para ello tenemos que prepararnos, romper esquemas, pensar y actuar diferente para lograr que las cosas funcionen mejor dentro de nuestra familia, nuestra empresa, la ciudad y el país en el que vivimos.- Mérida, Yucatán.

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*) Licenciada en Administración de Empresas (1985) por el Tec de Monterrey, Campus Monterrey; es directora administrativa de Hacienda Teya y presidenta del Consejo Directivo AFS Intercultura México

»Nosotros, que hemos vivido la visión y la pasión del fundador, hemos organizado y profesionalizado la empresa para crecer




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