El propósito de ser padres

 

*Por Gabriela Soberanis Madrid

 

“Tus hijos no tendrán éxito gracias a lo que hiciste por ellos, sino gracias a lo que les hayas enseñado a hacer por sí mismos”.   Ann Landers

 

En una sociedad tan cambiante como en la que vivimos hoy día, el papel de los padres es fundamental para la creación de una sociedad emocionalmente inteligente y sana. Estamos enfrentando tiempos donde necesitamos establecer límites a la vez que renunciamos a las imposiciones sin sentido y damos cabida al respeto de las diferencias y la individualidad de nuestros hijos. Esto representa claramente un desafío porque requerimos ofrecer un sentido de dirección cuyas raíces no solo sean humanas, sino también espirituales y de absoluta transformación.

A diario se escuchan, las vivimos y sabemos que existen situaciones de violencia abierta y pasiva, autoritarismo, permisividad, sarcasmo, elevadas y bajas expectativas de los padres hacia los hijos y un largo etcétera que explica porqué estamos viviendo una realidad donde los niños y jóvenes están en una franca guerra contra sí mismos y contra otros. La crisis de crianza de los hijos no se debe a la incompetencia de los padres – como a veces escucho decir – es básicamente una aglomeración de conflictos inconscientes, motivaciones sin clarificar y necesidades que no han sido satisfechas, además de que desconocemos nuestra verdadera misión como padres.

 

Como yo lo veo, esto resulta en una necesidad apremiante de romper paradigmas. Ya no es suficiente “educar” para criar hijos responsable, que sepan tomar buenas decisiones o encontrar pareja, tener hijos y crear una fuente de ingresos. No se trata de trasmitir un legado, de portar un apellido, de asegurar el éxito de nuestros sucesores. Tampoco de tener un título o una posición dentro de nuestra familia. Se trata de un propósito de vida y los padres necesitamos replantearnos ese propósito y cuestionarnos ¿cuál es la razón por la que nadie, absolutamente nadie viene con el conocimiento necesario y suficiente para ser padre? ¿por qué es que se nos presentan tantos desafíos en este menester? ¿quién puede decir que lo ha hecho inmaculadamente? ¿de qué se trata esto de ser un buen padre o madre?

Desde luego que yo misma he meditado sobre las posibles respuestas a cada una de estas preguntas y he reparado en que debe ser cierto que si nadie viene a este mundo sabiendo ser padre, si nadie se ha exentado de cometer errores, si no hay un fórmula para hacerlo “bien” o “mal”, eso quiere decir que nos hacemos padres para aprender con nuestros hijos algo que es fundamental en la vida de ambos: hacernos absolutamente responsables de la vida que construimos.

Sin importar lo que digamos, lo que cuenta es lo que hacemos. Solo podemos ser mejores padres en la medida que somos mejores personas. No es posible construir un mundo mejor si no hemos conseguido nosotros mismos ser mejores personas; más consideradas y comprensivas, más generosas y más humanas. Necesitamos tener presente que nuestra forma de guiar a los hijos es lo que puede dar cabida a una transformación en nuestra cultura y, si y sólo si, hay una transformación en los padres como individuos. La sociedad no puede cambiar sino rompemos las antiguas formas de criar a los hijos. Tengamos en cuenta que la educación es capaz de transformar la cultura, pero solo en la medida en que los padres también se estén transformando. De ello se deriva la necesidad de romper paradigmas en nuestra forma de educar y de concebir la paternidad.

Los padres necesitamos fungir como líderes, como agentes de cambio, como guías. Capaces de erradicar la educación basada en “dar las respuestas correctas” a nuestros hijos. Un padre tiene que promover la curiosidad, la habilidad para que los niños y los jóvenes formulen preguntas – aquellas que provienen de sus verdaderas inquietudes – sin exigir “respuestas correctas”. Porque no las hay. Ya no es suficiente señalarles lo que está bien y lo que está mal. Necesitamos promover  en nuestros hijos la capacidad de pensar por sí mismos, cuestionarse y responder a sus interrogantes; enfrentarlos a sus propios cuestionamientos y hacerlos reflexionar sobre la repercusión de sus propias creencias y comportamientos. Nuestro hijos necesitan  saber que siempre existe un amplio repertorio de posibilidades y alternativas de solución. Todo con el fin de ayudarlos a descubrir y comprender su mundo interior. ¿Acaso puede haber algo más importante en la vida de un ser humano que identificar sus más profundos sentimientos y motivaciones? Necesitamos animar a nuestros hijos a que escuchen su voz interior, que adquieran sus propios puntos de vista y, así, construyan sus propios sueños y realidades. Es que no veo qué pueda ser más significativo que contribuir a que los niños y los jóvenes aprenden a mirar en su interior en busca de quién realmente son.

Y como padres, tenemos que estar dispuestos a reconocer que no siempre tenemos las respuestas… Porque ¿quién puede tener las respuestas de un mundo que no le pertenece? Seamos realistas y aceptemos nuestras limitaciones, nuestros errores y dejemos que los hijos descubran las suyas y cometan los propios. Suena fácil, pero ¿cuántas veces nos encontramos atrapados en la necesidad de hacerles “la vida fácil”, de resolverles lo que ellos están en condiciones de resolver por sí mismos? Lo único que logramos con esto es obstaculizar su desarrollo. Jamás debemos ofrecer una ayuda innecesaria, porque el resultado es la muerte lenta del verdadero potencial de su ser. Tengámoslo muy en cuenta: nuestra misión no consiste en darles todo lo que somos y tenemos, sino ayudarlos a que puedan hacer más por sí mismos cada día. No es una cuestión de sacrificio y entrega, sino de ejemplo y de guía.

Un padre comprometido con su propósito tiene la capacidad de desafiar positivamente a sus hijos, exigirles que respondan conforme a su edad, animarlos a dar su mejor esfuerzo. Promoverán la exploración de soluciones, perturbarán su zona de confort para que el niño o el joven responda sanamente a sus necesidades más complejas, aprenda a reflexionar y pida ayuda cuando la necesite. Un padre que sabe que no se trata de “educar” sino de guiar, incentivará el poder de la vocación y la capacidad de decisión de sus hijos, de acuerdo a su edad. Establecerá una relación de resonancia con ellos y sabrá que es esencial crear un puente de conexión y aprender a sensibilizarse ante sus necesidades, luchas, temores y esperanzas, muchas veces inconfesados pero reales. Solo así podemos ser capaces de respetar la autonomía de los hijos y crear las condiciones necesarias para que descubran la maravilla de ser ellos mismos. No una copia de alguien más, especialmente de nosotros. Ayudamos a nuestros hijos cuando les ofrecemos nuevas perspectivas, algunas que tal vez ellos no habían considerado, pero que son libres de tomar o rechazar. Asegurémonos que cuando un niño o un joven se someta a la autoridad del adulto, esta sea siempre temporal, circunstancial. Jamás definitiva.

 

Nos hemos basado en la idea de que los padres tenemos que prepararnos y formarnos, al menos para improvisar lo menos que sea posible en la educación de nuestros hijos. Pero hemos perdidos de vista que nuestra preparación está ante todo en nuestro deseo de ser mejores personas en todos los sentidos posibles y las acciones que tomemos en esa dirección. No hay buenos padres a través de personas mediocres. Podemos ser buenos padres cuando estamos en la búsqueda de nuestro crecimiento individual y somos capaces de dar a nuestros hijos exactamente lo que necesitan, cuando nosotros mismos nos estamos haciendo responsables de lo que necesitamos para continuar con nuestra evolución.

Mafalda lo dice de una forma única: “Padres e hijos reciben el título el mismo día, pero ninguno de ellos ha asistido a un curso para ejercer su profesión”. Si la idea fuera tener todas las respuestas, seguramente alguien ya las habría tenido de antemano. La idea es crecer juntos. Acompañarnos en esta aventura para hacernos padres e hijos en el camino. Porque evidentemente no nos hacemos padres por tener hijos, nos hacemos padres porque deseamos cumplir con nuestro propósito. Dejemos de preocuparnos por cuánto hacemos por ellos y empecemos a pensar en qué tenemos qué hacer para que nuestros hijos sean cada vez más independientes. Enseñémosles con nuestros ejemplo. Hagámonos cargo de nosotros mismos. Seamos responsables. Seamos compasivos con otros. Cultivemos relaciones sanas. Tengamos presentes nuestros talentos. Amémonos. Seamos felices. Hagamos por nosotros lo que solo nosotros podemos hacer para tener vidas más plenas. Eso es lo que tenemos que dejarles a nuestros hijos. El ejemplo de lo que hace un adulto responsable, libre y feliz.

*Dirección General Enfoque Integral

Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito

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