Discriminación de EE.UU. a México

Por José Santiago Healy

Las visitas de presidentes norteamericanos son cruciales para México y más en momentos como el actual, cuando el gobierno de Enrique Peña Nieto intenta relanzar al país en materia económica, comercial y educativa.

Pero lamentablemente la gira del máximo representante del vecino país, el presidente Barack Obama, se desarrolló una vez más entre desiguales y en medio de mensajes confusos y por demás contradictorios.

La cumbre realizada en Toluca fue el pretexto para celebrar el aniversario número 20 del Tratado de Libre Comercio que integran México, Estados Unidos y Canadá.

Por eso estuvo presente en la reunión el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, además de académicos, empresarios y líderes de las tres naciones participantes.

Pero mientras el presidente Peña Nieto hablaba de aumentar la integración económica entre los tres países, Estados Unidos mantiene en los hechos su habitual reticencia y cerrazón en abrir más áreas de cooperación, entre otras el importante rubro migratorio.

Cuando nació la Comunidad Europea se trazaron metas que con todo y los vaivenes se han cumplido al paso de los años. Los europeos gozan de libertad de tránsito, una apertura laboral envidiable y, por si fuera poco, comparten la misma moneda.

Así un español puede trabajar en Alemania mientras que un italiano está facultado para transitar libremente por cualesquier nación perteneciente a la Comunidad Europea. Las diferencias económicas, barreras culturales e incluso de idioma han sido paulatinamente superadas.

No ocurre igual en la relación de México con Norteamérica y Canadá. Para viajar a Canadá como turista se requiere una visa mientras que durante el gobierno de Obama las visas para empleados e inversionistas mexicanos redujeron su duración a un solo año, al tiempo que crecieron los requisitos para ser tramitadas.

Barack Obama pregona en México, y en cuantos foros puede, su respaldo a la reforma migratoria que prometió desde el inicio de su gobierno, cuando paradójicamente se ha ganado el título del presidente con el mayor número de indocumentados deportados en las últimas décadas.

Y como si fuera mera coincidencia, un día antes de la cumbre mexicana, un indocumentado fue acribillado por un agente de la Border Patrol en la frontera de San Diego y Tijuana porque supuestamente fue agredido a pedradas. Como ha ocurrido en decenas de ocasiones, el caso no merecerá ninguna sanción para el agresor y pronto pasará al olvido.

Pero si un norteamericano es lastimado en territorio mexicano, entonces sí la justicia de ambos lados se acciona y más pronto de lo esperado se juzga y se castiga a los culpables.

Un ejemplo más de esta relación desigual y contradictoria la dio en su visita el presidente Obama al declarar que “los Estados Unidos siguen estando comprometidos con la reducción de la demanda de drogas y del tráfico ilegal de armas y de dinero”.

¿Cómo decir lo anterior cuando se ha flexibilizado y, en algunos casos, legalizado el uso de drogas, como ocurrió con la mariguana en Colorado y Washington? El gobierno de Obama decidió permitir su comercio y consumo en esas entidades mientras brillan por su ausencia los programas serios para combatir el uso de narcóticos en escuelas, universidades y fábricas.

Así las cosas, México tendría que endurecer su postura en temas como la migración y el combate al narcotráfico, al tiempo que pone la mesa para atender a los apetitosos inversionistas que pronto llegarán a explotar los yacimientos petroleros del país.

Ya sabemos que tampoco podemos ponernos al tú por tú con la primera potencia del mundo, pero podríamos obtener mayores y justos beneficios por abrir paso al comercio, las inversiones y el turismo norteamericano.

Ya no somos el país tercermundista, inculto y miserable de antaño, tenemos problemas y algunos graves, pero somos una nación dinámica y con un amplio porvenir integrada por 112 millones de ciudadanos. Por ello es prioritario superar la discriminación de Estados Unidos y de cualquier otro país sobre México.

Apunte final

La venta de WhatsApp a Facebook por 19 mil millones de dólares demuestra la supremacía económica de la industria digital en este siglo XXI. También evidencia el temor de Facebook por perder mercado ante los 450 millones de usuarios de WhatsApp.

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*) Periodista




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