Dile al tiempo que (no) vuelva

Agenda ciudadana

Por Lorenzo Meyer (*)

Celebración. En virtud de nuestra historia política, la presencia, discurso y entusiasmo manifestado por Enrique Peña Nieto en la ceremonia con que los priistas celebraron el 85 aniversario de su partido pueden ser considerados como signos ominosos para la democracia de nuestro país.

El júbilo de los priistas reunidos en el auditorio Plutarco Elías Calles el pasado 5 de marzo se explica tanto por la celebración del aniversario de su partido, como por su regreso a la plenitud del poder y, sobre todo, por el anuncio del presidente del PRI en el sentido de que se acabó la “sana distancia” entre el gobierno y ese partido supuestamente establecida hace 19 años por Ernesto Zedillo como prerrequisito para la democratización de México. Con Peña Nieto, se dijo, lo que va a imperar en la relación entre la agrupación política que controló la presidencia de manera ininterrumpida entre 1929 y 2000 y el gobierno será una “legítima, franca y sana cercanía”.

Ya con el trasfondo de la “sana cercanía” entre PRI y presidencia, Peña Nieto se limitó a reafirmar “mi gran orgullo de ser priista” y rematar con algo que para quien no sea de esa filiación y tenga conciencia histórica sonó a amenaza: “El PRI de hoy es fiel a sus principios”.

El Siglo XX. En la reunión mencionada se afirmó algo que es una verdad tan grande como una catedral: que el PRI es la organización “sin la cual no se podría explicar la historia del siglo XX”. En efecto, en esa institución recae buena parte de la responsabilidad de que hoy México sea un país caracterizado por su corrupción, su desigualdad social, su capitalismo mafioso (“crony capitalism”), un crecimiento económico mediocre desde 1982, una fuerte degradación ecológica, una gran desconfianza en sus instituciones públicas, violencia, inseguridad y otros rasgos del mismo tenor. Por 71 años el PRI monopolizó el poder como parte de un sistema autoritario y de presidencialismo extremo y, por lo tanto, es corresponsable del diseño de la “casa común” postrevolucionaria y de las inercias que se establecieron entonces, inercias tan fuertes que dos administraciones panistas consecutivas prefirieron adaptarse a ellas que modificarlas.

Principios. Peña Nieto aseguró que el PRI actual es fiel a sus principios, pero ¿cuáles son éstos? Una característica de ese ente y del sistema que se construyó a su alrededor fue su ausencia de ideología. Y es que se trata de una organización que lo mismo fue de izquierda (cardenismo) que de derecha (alemanismo), populista (echeverrismo) o neoliberal (salinismo) y todo lo que cabe en el medio. Parte del éxito del PRI se explica justamente por esa carencia de principios ideológicos, pero también por su fidelidad a otros principios no escritos pero sí practicados y que en mucho contradijeron la legalidad misma del país.

La letra intermedia de las siglas del PRI se refiere a la Revolución de 1910 y esa revolución tuvo como bandera “el sufragio efectivo”. Sin embargo, el principio realmente efectivo del partido creado por Calles fue lo contrario: llevar a cabo un fraude electoral cada vez que no resultó suficiente la inequidad en la contienda para asegurar el triunfo. Recién nacido el PRI como PNR, en la elección presidencial de 1929 su candidato ¡ganó con el 93.6% de los votos!, y sólo le reconoció el 5.3% a su oponente, José Vasconcelos. El fraude en grande también se practicó en las elecciones de 1940, 1952 y 1988. En otras ocasiones los resultados variaron entre lo increíble, como la victoria con el 100% de los sufragios de José López Portillo en 1976, y lo muy dudoso, como fue la “elección Monex” de 2012. Y qué decir de las centenas de elecciones fraudulentas, dudosas o inequitativas estatales o municipales, como las del Estado de México, donde en 84 años el PRI no ha perdido nunca la gubernatura.

El PRI no nació para ser “un partido”, sino “un todo”. Apareció como una solución sobre la marcha a la crisis que produjo entre la clase política el asesinato en 1928 del presidente (re)electo y último gran caudillo de la Revolución: el general Álvaro Obregón. Nació no para competir por el voto, sino como un auxiliar del “Jefe Máximo de la Revolución Mexicana”, Calles, para administrar un poder ganado por las armas pero amenazado por las fuertes tensiones dentro de la “familia revolucionaria”. Una vez establecido el presidencialismo sin contrapesos en el cardenismo, el PRI simplemente fue el partido que no podía perder por ser un instrumento de la presidencia autoritaria y contar con todos los recursos del Estado.

La lista de las contradicciones entre los principios formales y los reales del PRI es larga. Y mientras ese partido esté en el poder y sea fiel a su origen, la aspiración mexicana a la democracia estará en problemas. El proyecto de Peña Nieto es lograr que vuelva el tiempo priista -que siempre es largo-; por lo tanto, el proyecto de la parte democrática de México debe ser impedirlo, aprovechar lo que se ha avanzado en pluralismo para impedir esa cercanía PRI-gobierno que nunca ha sido sana.

Resumen: El anuncio de que la “sana distancia” entre el PRI y el gobierno se ha trocado en la “sana cercanía”, no puede menos que despertar fundados temores entre los no priistas.- México, D.F.

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*) Historiador y analista político

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