Después de la crucifixión

El Evangelio es vida (2)

Gaspar Jesús Azcorra Alejos (*)

El último día (el cuarto) que fueron, al llegar encontraron en la puerta del sepulcro un envoltorio como de lona. Se acercaron y abrieron el envoltorio y dentro encontraron una cabeza humana, la de su hermano.

Ya se imaginan el asombro y la emoción de las hermanas, no se puede decir alegría, pues no lo era (a nadie le alegra una cabeza humana ensangrentada), pero era como un descanso después de un largo peregrinar.

La limpiaron, la cubrieron de besos, no les importó el olor del inicio de descomposición. La perfumaron y embalsamaron como el cuerpo y la pusieron en el sepulcro.

Cuando ya se iban le dijo Martha a María: Espérame aquí con los criados cuidando el cuerpo de nuestro hermano, no podemos confiarnos, ahora que ya tenemos su cuerpo completo.

¿A dónde vas Martha? Voy a la casa, contestó, no me tardo, ahora regreso. ¿Qué vas a hacer, se puede saber? Y le contestó a María: cuando yo regrese, lo veras. Y sin más, se fue.

Como a la hora regresó con toda solemnidad y, como si fuera en procesión, trayendo un paño, bien doblado, que cuando llegó se lo extendió a María y le dijo: quiero que Jesús, que su divino rostro, vea cómo quedó su amigo Lázaro. Tan sólo quiero que lo vea, y después nos vamos. Ya así nuestro hermano descansará contento.

María asintió y le mostraron a Lázaro el rostro divino del maestro, y sucedió lo que nadie imaginó. Lázaro volvió a la vida. Su cabeza quedó maravillosamente viva junto a su cuerpo sin dejar siquiera cicatriz.

Cuentan que Lázaro ya no fue molestado por los jefes del pueblo y que murió de viejo, respetado por todos, hasta por sus enemigos. (Esta resurrección de Lázaro, nadie la divulgó. Ésa fue la condición que pusieron los sumos sacerdotes para olvidarse de Lázaro).- Mérida, Yucatán.

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*) Presbítero católico

Quiero que Jesús, que su divino rostro vea cómo quedó su amigo Lázaro. Tan sólo quiero que lo vea, y después nos vamos…




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